Cuatro enseñanzas clave de Magnifica Humanitas
- Escritor Invitado
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Por Jared Staudt
San Agustín utiliza la imagen de dos ciudades para definir el conflicto central que atraviesa toda la historia: el amor desordenado a uno mismo, que constituye la Ciudad del Hombre, y el amor divino que da forma a la Ciudad de Dios. No sorprende, entonces, que el primer papa agustino, el papa León XIV, estructure Magnifica Humanitas, su primera encíclica, en torno a esta imagen: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos” (1). En contraste con Babel, una torre destinada a demostrar el orgulloso poder de la humanidad para alcanzar el cielo, el papa León presenta la reconstrucción de las murallas de Jerusalén por parte de Nehemías como un modelo de cooperación pacífica para la gloria de Dios y el bien común.
Aunque en Magnifica Humanitas el papa León ofrece una amplia visión de los desafíos que enfrenta el mundo actual, destaca de manera especial el crecimiento omnipresente de las tecnologías digitales, particularmente de la inteligencia artificial. Para ayudar al lector a comprender la visión de esta extensa encíclica, de unas 40 mil palabras, me gustaría ofrecer un breve recorrido por cuatro de sus principales planteamientos.
Mirar al pasado para encontrar sabiduría para el futuro
El papa León publicó la encíclica exactamente 135 años después de que su homónimo, el papa León XIII, promulgara Rerum Novarum. Esa encíclica abordó las “cosas nuevas” de la Revolución Industrial, que transformaban tanto la economía como la vida familiar. Para ofrecer la sabiduría de la Iglesia ante los desafíos que enfrentaba la sociedad a finales del siglo XIX, el papa León XIII retomó elementos fundamentales del pensamiento escolástico, especialmente el de santo Tomás de Aquino (véase su encíclica Aeterni Patris), y los aplicó de nuevas maneras, sentando así las bases de la Doctrina Social de la Iglesia.
El papa León XIV dedica buena parte de la encíclica a resumir las aportaciones de sus predecesores (capítulo primero) y a presentar los principios fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia que estos desarrollaron (capítulo segundo): la dignidad de la persona humana, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.
El hecho de dedicar los dos primeros capítulos a la enseñanza de la Iglesia durante los últimos 135 años indica que, aunque enfrentemos problemas nuevos, no tenemos que inventar las soluciones desde cero. La Doctrina Social de la Iglesia aplica la transmisión de la revelación divina a las cuestiones más urgentes de cada época. Es “una realidad viva, en diálogo con la historia, las culturas y las ciencias y, al mismo tiempo, conserva un núcleo de verdad que no declina. Por eso puede ser considerada una forma de sabiduría capaz de orientar todavía hoy la vida personal y social de los creyentes” (46).
La humanidad es el criterio para evaluar la tecnología
El propio título de la encíclica alude a la grandeza de la humanidad, creada por Dios a su imagen y semejanza. A lo largo del documento, el papa León insiste en la necesidad de contar con criterios que protejan a la sociedad frente al peligro de someter a la persona a cálculos anónimos que privilegian la eficiencia por encima de todo.
Las máquinas pueden realizar muchas tareas con mayor rapidez y eficacia que los seres humanos, pero el objetivo de la tecnología debe seguir centrado en la persona y en el servicio del verdadero bien de la humanidad. “La humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor” (126).
Aunque ofrece numerosos elementos de reflexión, podemos centrarnos en dos principios fundamentales para evaluar y orientar los nuevos avances. En primer lugar, las innovaciones tecnológicas “han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?” (85). La tecnología puede favorecer el bien común si está al servicio de la vida en comunidad y no en detrimento de su florecimiento.
Para lograrlo, necesitamos “algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites” (97). No podemos simplemente ceder el control de los aspectos más importantes de nuestra vida, porque eso significaría subordinar a la persona, su dignidad e incluso sus más altas aspiraciones a fuerzas mecánicas.
Unidad y paz como objetivos fundamentales
El papa León insiste en que la tecnología debe promover el bien de todos y no únicamente el de unos cuantos. Una de las mayores amenazas de la inteligencia artificial es que pueda quedar subordinada a los intereses de una élite poderosa, ya sea empresarial o política. Frente a este riesgo, el papa León plantea un principio fundamental: “La primera tarea que nos corresponde es no demonizar ni idolatrar los medios, sino gestionarlos a partir de un punto fijo: la verdad es un bien común y no una propiedad de quienes tienen poder o visibilidad” (137).
En lugar de desplazar la capacidad de decisión de las personas, las nuevas tecnologías deben permitir que más personas participen en el trabajo y en relaciones humanas que den fruto.
Desde el inicio de su pontificado, el papa León se ha presentado como un papa de la paz.
Magnifica Humanitas refleja claramente esta preocupación al señalar que la guerra se vuelve cada vez más impersonal y desvinculada del pensamiento moral. Por ello, nos exhorta a dar aún mayor prioridad a la paz: “En un mundo cada vez más interdependiente, la paz no es un tema entre otros, sino una condición del bien común universal y una prueba para la madurez moral de los pueblos, y especialmente de quienes son llamados a puestos de responsabilidad en el gobierno” (182).
Sin este compromiso, la dignidad humana corre el riesgo de quedar más sometida a los algoritmos que a una conciencia moral.
Construir una nueva civilización del amor mediante acciones cotidianas
Finalmente, el papa León ofrece esperanza al recordar que, a pesar de los enormes desafíos, no estamos indefensos. Observa que “se insinúa una tentación sutil: pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestras decisiones no cambian nada” (212).
La cultura humana se fundamenta, en última instancia, en realidades espirituales que orientan nuestras aspiraciones y nos sostienen en medio de la adversidad. En la encíclica, el papa León se dirige a toda la humanidad e invita a construir juntos una ciudad fundada en el amor. “La civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que hacen frente a la deshumanización” (213).
Para combatir la deshumanización, debemos dar prioridad a acciones que reflejen la dignidad humana y negarnos a entregar nuestra vida a fuerzas impersonales. En este sentido, el santo padre hace un llamado: “Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres” (239).
Esto exige “reflexionar críticamente, de elegir y amar gratuitamente, y de establecer relaciones auténticas” (233). El papa León habla de ello como una educación que todos debemos emprender mientras “necesitamos formarnos para vivir en el mundo digital de manera humana” y acompañamos a nuestros hijos para que desarrollen el sentido de responsabilidad necesario para proteger su propia dignidad (238).
La primera encíclica del papa León XIV presenta con claridad algunos de los desafíos más urgentes que tenemos por delante y, al mismo tiempo, nos anima a no caer en la desesperanza, sino a poner de nuestra parte para construir una ciudad que rechace el orgullo de Babel y preserve la grandeza de la humanidad que Dios nos ha dado.






