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Image by Simon Berger

Perspective

¿Por qué vivir juntos antes de casarse puede afectar el matrimonio?

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 11 minutos
  • 5 min de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Por Mary Beth Bonacci.


El show de televisión del Dr. Phil está arruinando mi vida.


Sus videos cortos siguen apareciendo en mi muro de Facebook y termino perdiendo demasiado tiempo viéndolos. Me han llamado especialmente la atención los episodios en los que aparecen parejas comprometidas que claramente son incompatibles, pero que intentan resolver sus problemas. Y yo les grito a la pantalla: “¡Simplemente terminen! ¡No se casen! ¡Salgan de ahí!”.


Y entonces descubro que ya tienen tres hijos. Una casa, un perro y, probablemente, hasta un negocio juntos. En ese punto, irse ya no es una decisión tan sencilla.


La vez pasada hablamos del bajo índice de divorcio entre las parejas que esperan hasta el matrimonio para tener relaciones sexuales. Ahora quiero ir un paso más allá y hablar del impacto de la convivencia previa al matrimonio en la vida matrimonial.


Alerta de spoiler: no es bueno. Las parejas que viven juntas antes de casarse presentan tasas más altas de divorcio y, entre las que permanecen unidas, niveles más bajos de satisfacción matrimonial en general.


Hay que comenzar con una aclaración: no todas las parejas que viven juntas antes de casarse terminarán divorciándose ni serán infelices. De hecho, algunas de mis parejas favoritas vivieron juntas antes de casarse. Hoy en día, prácticamente todas las parejas lo hacen. Eso no significa que las consecuencias sean graves en todos los casos. Pero las tendencias generales no son alentadoras.


¿Por qué?


El doctor Stanley Scott, quien ha estudiado ampliamente los efectos de la convivencia prematrimonial, resume el problema con gran claridad. Dice que las parejas que viven juntas suelen terminar “dejándose llevar, en lugar de decidir”. Es decir, dan el siguiente paso no porque hayan tomado una decisión deliberada, reflexiva y acompañada de la oración, sino porque ya están demasiado entrelazadas. Han construido demasiadas barreras para salir de la relación y, por eso, resulta más fácil seguir adelante que tratar de desenredar sus vidas.


Una de las decisiones más importantes que la mayoría de las personas toma es elegir a su cónyuge. Es la persona con la que despertarán cada mañana durante el resto de sus vidas, con quien educarán y formarán a sus hijos, quien los conocerá y a quien conocerán más íntimamente que a cualquier otra persona. Esa decisión influirá en todos los aspectos de su vida.


Por eso, es una decisión que debe tomarse con objetividad, cuidado y reflexión. Cuando alguien está considerando el matrimonio, necesita evaluar cuidadosamente las alternativas y pedir la guía de Dios en la oración.


Incluso en las mejores circunstancias, puede ser difícil mantener la objetividad, reconocer incompatibilidades o señales de alerta cuando sentimos un profundo afecto por alguien. Recuerdo que una vez terminé una relación con una persona a la que quería mucho y, literalmente, tuve pesadillas durante un mes. Pero no vivíamos juntos ni compartíamos la misma cama, y eso me dio la objetividad necesaria para reconocer que no éramos una buena pareja.


¿Cuánto más complicado habría sido si nuestras vidas hubieran estado mucho más entrelazadas, si hubiéramos seguido el modelo tan común hoy en día?


Para muchas parejas, la historia suele desarrollarse así: primero empiezan a dejar algunas de sus cosas en la casa del otro. Después, cuando termina el contrato de renta, se dan cuenta de que sería mucho más económico vivir juntos. Probablemente ni siquiera se han detenido a pensar seriamente: “¿Es esta la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida?”. De hecho, quizá crean que vivir juntos les permitirá “probar” si el matrimonio es una buena idea. O tal vez uno de los dos quiere casarse y el otro no, así que piensan que vivir juntos es una buena forma de “demostrar” que serían buenos esposos o buenas esposas. Las razones pueden ser tan variadas como las personas involucradas. Pero, independientemente del motivo, ese tipo de “pruebas” o “audiciones” rara vez da buenos resultados a largo plazo.


Mientras tanto, ya unieron sus hogares. Comparten domicilio. Mezclan sus finanzas. Con el tiempo quieren muebles mejores y compran algunos entre los dos. Adoptan un perro porque los perros son adorables. Tal vez compran una casa porque todos dicen que comprar es mejor que rentar. Y muchas veces también llegan uno o dos hijos, ya que el embarazo es más frecuente entre las parejas que viven juntas.


Cada uno de esos pasos crea una barrera más para terminar la relación. Si deciden separarse, tendrán que dejar su casa, quizá incluso venderla y buscar un nuevo lugar para vivir. Tendrán que dividir el dinero y discutir quién se queda con el sofá, con el perro y quizá hasta con los hijos. En ese momento, resulta mucho más fácil dejarse llevar por la corriente.


Las parejas terminan casándose, no porque cada uno haya hecho por separado el trabajo de discernimiento y haya llegado objetivamente a la conclusión de que Dios los llama a unir sus vidas, sino porque el matrimonio parece ser simplemente la siguiente estación del recorrido, y bajarse del tren ya es demasiado complicado. En la práctica, sería como enfrentar un divorcio, pero sin las protecciones legales que este ofrece.


Y así terminan casándose con alguien a quien quizá, en otras circunstancias, no habrían elegido.

Peor aún, los estudios también muestran que los hábitos y actitudes que suelen desarrollarse durante la convivencia pueden acompañar a la pareja después del matrimonio. Sin el compromiso permanente propio del matrimonio, quienes viven juntos suelen adoptar una mentalidad más provisional: “Si esto no funciona, puedo irme”. La puerta de salida permanece abierta. Y no siempre se cierra simplemente porque firmen un acta de matrimonio.


Hacer que un matrimonio funcione exige entrega total. Los esposos no pueden vivir con el temor de que el otro tenga un pie fuera de la relación. Cuando esa manera de pensar, temporal y condicionada, llega al matrimonio, debilita el compromiso necesario para entregarse plenamente el uno al otro y superar juntos los momentos difíciles.


Por eso se observan niveles más bajos de satisfacción matrimonial y tasas más altas de divorcio.

Una vez más, esto no ocurre en todos los casos. Algunas personas terminan casándose con alguien a quien habrían elegido de cualquier manera, ya hayan vivido juntos o no. Otras comienzan a convivir cuando la relación ya está muy avanzada, después de realizar el discernimiento y de decidir casarse. Esas parejas suelen obtener mejores resultados, aunque todavía no tan buenos como los de quienes esperan a vivir juntos después de unirse sacramentalmente en matrimonio.


Por estas y muchas otras razones, la Iglesia siempre ha desaconsejado la convivencia antes del matrimonio. No se trata de mojigatería. Es, simplemente, un conocimiento profundo de la naturaleza humana, unido a un gran respeto por la institución del matrimonio y por la realidad de que, según marche el matrimonio, así marchará también la sociedad. Y el matrimonio suele ir mucho mejor cuando la decisión de casarse se toma con cuidado y deliberadamente.


Las propuestas de matrimonio deben surgir de un amor profundo y de un compromiso verdadero, no de la conveniencia, la presión o la necesidad.


Cuando llegue el momento de elegir a su futuro cónyuge, asegúrense de que realmente están tomando una decisión y no simplemente dejándose llevar por la corriente.

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