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Perspective

Momento papal de los Estados Unidos

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 25 minutos
  • 4 Min. de lectura
El papa León XIV sonríe mientras saluda a un niño vestido de papa desde el papamóvil, recorriendo la plaza de San Pedro en el Vaticano antes de su audiencia general semanal, el 11 de marzo de 2026. (Foto: CNS/Lola Gomez)
El papa León XIV sonríe mientras saluda a un niño vestido de papa desde el papamóvil, recorriendo la plaza de San Pedro en el Vaticano antes de su audiencia general semanal, el 11 de marzo de 2026. (Foto: CNS/Lola Gomez)

Por el Dr. Jared Staudt


“Todos los caminos llevan a Roma”. Este dicho proverbial del antiguo imperio siguió siendo cierto incluso cuando los discípulos de Jesús se abrieron paso por el mundo. La Ciudad Eterna, capital de uno de los imperios más grandes del mundo, ha servido como centro de la Iglesia de Cristo durante dos mil años, unificando y fortaleciendo a las comunidades cristianas en todo el mundo.


Mientras Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su fundación, tenemos la alegría inesperada de ver a uno de los nuestros ascender al trono papal. Es una ocasión notable para una Iglesia tan joven y marca un punto de inflexión significativo tanto para la Iglesia como para nuestro país.

Aunque el evangelio tardó mil quinientos años en llegar a las Américas, sin duda ha echado raíces aquí. Poco menos de la mitad de los católicos del mundo vive en América del Norte y América del Sur en conjunto, 47.8 % en 2023. Por lo tanto, no debería sorprendernos que las Américas hayan comenzado a dar sus primeros papas.


Muchas personas predijeron, entre ellas el cardenal Francis George, una de las voces más destacadas, que Estados Unidos nunca daría un papa mientras fuera una superpotencia. Parecería una influencia indebida en la Iglesia, dada su relevancia política y económica. Sin embargo, el papa León XIV no es el estadounidense típico. Pasó la mayor parte de su vida fuera de su país natal como sacerdote misionero y obispo, superior de la Orden de San Agustín en Roma y dentro de la curia papal. Él encarna la identidad de Estados Unidos como un gran crisol de culturas, con ascendencia europea, latinoamericana y africana, y un ministerio que ha cruzado continentes. En León vemos el liderazgo y el servicio estadounidenses en su máxima expresión.


Al mirar la historia, encontramos que el poder político predominante de cada época con frecuencia ha dado papas. Surgían candidatos convincentes de las culturas más avanzadas,

atentas a las necesidades del momento. Por ejemplo, cuando Bizancio gobernaba Roma, hubo muchos papas griegos y, más tarde, durante el auge del califato de Damasco, muchos papas sirios. En el apogeo del Sacro Imperio Romano Germánico, comenzamos a ver papas alemanes llamados a la ciudad como reformadores para romper el dominio de las familias nobles que luchaban por el papado. Con el ascenso del reino francés, predominaron los papas franceses, aunque ello resultó desastroso cuando trasladaron la corte papal a Aviñón. Y en el mismo año en que España descubrió el Nuevo Mundo, el infame español Alejandro VI, el Borgia, fue elegido papa. Después de cuatrocientos años de papas italianos, que dieron estabilidad a la Iglesia tras la Reforma y las revoluciones políticas de la Edad Moderna, esta miró más allá de la Cortina de Hierro y eligió a un papa polaco para encabezar su postura contra la opresión comunista, lo que inauguró una nueva era de papado internacional.


La elección de Juan Pablo II se convirtió en un momento decisivo para Polonia, al satisfacer siglos de esperanzas y aspiraciones contenidas. Tras sufrir particiones entre vecinos hostiles y la ocupación tanto del nazismo como del comunismo, Polonia llegó a considerarse una nación mártir, cuyo sufrimiento tendría un propósito redentor. La oportunidad llegó al preparar a uno de sus hijos para el ministerio petrino, infundiéndole la fe conquistada con esfuerzo y la confianza fortalecida por siglos de perseverancia fiel. Su elección también marcó un punto de inflexión para el mundo, pues Juan Pablo encabezó una revolución moral que resultó decisiva para la caída pacífica de la Unión Soviética.


Si Juan Pablo fue llamado desde Polonia para enfrentar el desafío del comunismo, el papa León, con su trasfondo estadounidense, ha expresado su interés en abordar la revolución de la inteligencia artificial, ampliando la doctrina social de la Iglesia para responder a la necesidad urgente de orientar los nuevos desarrollos tecnológicos. Dado que Estados Unidos ha estado a la vanguardia de esta innovación, resulta apropiado que un estadounidense haya sido llamado a guiar a la Iglesia en este momento crucial.


Esta es la oportunidad de Estados Unidos para dejar su mayor huella en el mundo. Para los católicos, al mirar con los ojos de la fe, sabemos que las contribuciones espirituales superan los acontecimientos que suelen ocupar el centro de atención en los libros de historia: batallas, crisis económicas y acciones de figuras políticas. Los primeros papas estadounidenses podrían llegar a ser una de nuestras mayores contribuciones a la Iglesia y al mundo. ¿Cuáles son los dones que nuestra nación aporta en este momento? Estados Unidos es conocido por su énfasis en la libertad, que se presta a defender la dignidad humana, pero también puede conducir a una autonomía excesiva. Tenemos un optimismo que alimenta una actitud de “sí se puede”, valorada por otras naciones. Somos emprendedores y administradores eficientes y estamos abriendo camino en el desarrollo tecnológico. Estados Unidos ha sido conocido como un crisol para el mundo, llegando a ser “uno a partir de muchos”, aunque su unidad se ha visto seriamente tensada.


El papa León lleva este trasfondo a su pontificado y también tiene la oportunidad de purificar estos dones en Cristo. Su propio lema muestra cómo Estados Unidos puede estar a la altura de su ideal de unidad: “In Illo uno unum”, que significa “uno en el Único”. Ya ha manifestado esta prioridad al llevar la unidad necesaria a la Iglesia. Del mismo modo, Cristo nos muestra el camino hacia la verdadera libertad y el fin al que debemos orientar nuestros esfuerzos y nuestras riquezas: edificar a los demás en la caridad.


Más que un laurel sobre el cual descansar, la elección de León XIV puede ser una invitación a seguir sus pasos, aprovechando el gran legado de nuestra nación y los dones que hemos recibido para servir a todos los necesitados. Mientras celebramos el 250 aniversario de Estados Unidos, el Señor puede estar llamando a los católicos del país a redoblar nuestros esfuerzos para poner a las personas antes que las ganancias, la sabiduría antes que la innovación y extender el Reino de Dios por todo el mundo.

 

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