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Image by Simon Berger

Perspective

Jesús lloró: reflexión de una madre tras un aborto espontáneo

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 1 may
  • 6 Min. de lectura
(Foto: Lightstock, creada con IA)
(Foto: Lightstock, creada con IA)

Por Clare Kneusel-Nowak


En el capítulo once del Evangelio de Juan encontramos un versículo que, con solo dos palabras, es uno de los más breves y desconcertantes de la escritura:


Jesús lloró.


¿Aquel que es Dios, “infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo”, lloró? (CIC 1)


¿Aquel que dijo a la madre viuda: “No llores”, aunque su hijo yacía muerto? (Lucas 7, 11-17)


¿Aquel que dijo a Jairo y a su esposa que no lloraran por su hija, “porque no está muerta, sino dormida”? (Lucas 8, 40-56)


¿Aquel que dijo: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo”? (Juan 11, 11)


¿Aquel que alzará la voz y llamará al muerto fuera del sepulcro?


Cristo lloró. ¿Por qué?


“Había un enfermo, Lázaro, de Betania…”


Mi esposo y yo nos llenamos de alegría al descubrir que estaba embarazada nuevamente. Habíamos tenido una pérdida temprana el año anterior y, aunque éramos cautelosos, estábamos felices de que nuestra hija tuviera un hermanito o hermanita.


Le dijimos de inmediato a nuestra hija que el nuevo bebé llegaría después de su cumpleaños. Aunque era apenas una niña pequeña, comenzó a elegir juguetes para regalárselos cuando llegara. Con su entusiasmo, pronto compartió la noticia con nuestra familia y amigos. En poco tiempo, parecía que todos lo sabían. Sin darme cuenta, ya estaba llenando papeles para mi licencia de maternidad y organizando cómo ajustaríamos nuestros horarios con dos hijos en casa.


En medio de toda la alegre planeación —¿de qué nos vamos a disfrazar en Halloween?, ¿guardamos este juguete para el nuevo bebé o lo regalamos?, tenemos que subir el moisés del sótano— hubo una mañana en que desperté con una extraña certeza de que algo no estaba bien. Sabía que algo andaba mal antes de tener razón alguna para saberlo. Un miedo terrible comenzó a apoderarse de mi corazón. Por alguna razón, no podía dejar de pensar en Jairo y en la mujer que padecía un flujo de sangre.


Tengo la costumbre de pedir oraciones, así que lo hice. Pedí a amigos, familiares y compañeros de trabajo que intercedieran por mí. Recurrí a la Novena de la Entrega: Jesús, en ti confío, encárgate de todo.


Fui a Misa esa tarde. Antes de entrar, le pedí a un diácono que me diera una bendición. Sentía que necesitaba un milagro, aunque no tenía evidencia de que fuera necesario. Le supliqué a Dios que todo estuviera bien. Me parecía imposible aceptar lo que mi miedo anticipaba, pero pedí la gracia para hacerlo.


En la consagración, cuando Cristo mismo se hizo presente ante mis ojos, una paz profunda que el mundo no puede dar me inundó. En mi alma resonó: “Todo estará bien, todo estará bien y todo estará bien”.


Con ello vino una certeza imposible de cuestionar. No decía “todo será como tú quieres”, sino simplemente “todo estará bien”.


En ese mismo momento, se me ocurrió un nombre para la niña. Un nombre perfecto por mil razones, muchas de las cuales aún no comprendía. Era de esos nombres que encajan como solo algo santo puede hacerlo. Un nombre que honraba a mis otros hijos, al que vive conmigo y al que vive con Dios, un nombre que evocaba a los patronos de la iglesia donde estaba, al santo del día, del mes y del año. Los padres que han encontrado el nombre de su hijo lo entenderán: una vez que lo supe, fue imposible llamarla de otro modo.


Con su nombre en mis labios, recibí a Cristo Jesús en la Eucaristía. Así como mi cuerpo era alimentado por él, también la niña en mi vientre recibiría alimento a través de mí, y “la criatura saltó de alegría en mi seno”.


Perdí a mi bebé justo después de la Misa.


“…esto es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ello…”


Y lloré.


“Cuando llegó Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro”.

El aborto espontáneo es un duelo extraño.


Extraño en su silencio, extraño en su intensidad, extraño en su duración.


Es un dolor cargado de un secreto casi incomunicable: “Es un dolor tan profundo dentro de mí que apenas me reconozco sin él”. Y, al mismo tiempo, es un dolor tan común que basta con nombrarlo para escuchar un coro de “¿tú también?” desde todas partes. Nadie puede conocer mi dolor, aunque es un dolor compartido por una multitud.


Además, hay una inseguridad en este duelo: la sensación de que uno no merece llorar la pérdida de un hijo conocido durante tan poco tiempo. Nos dicen que, como otros han sufrido más, nuestro dolor no es legítimo. Como si alguna vez se pudiera llorar demasiado la pérdida de un hijo.

“Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.


Marta y María le hacen el mismo reclamo a Cristo: “Nosotros que te servimos y te escuchamos, queremos saber: ¿dónde estabas?”. Como el salmista: “Escucha, oh Dios, mi voz cuando me quejo”.


En el aborto espontáneo, muchas veces no hay restos que recoger, ni tumba ante la cual llorar, ni cuerpo que ungir. La pérdida desorienta. Uno tropieza en la oscuridad. “Se lo han llevado y no sé dónde lo han puesto”.


La pérdida repentina de esos sueños sencillos —el disfraz de Halloween, la silla alta en Acción de Gracias, una bota más en Navidad— detalles pequeños que, al perderse, adquieren un peso inmenso. Todo el futuro ya incluía a esa niña, de modo que no hay futuro sin ella.


Tengo nueve hermanos y mi esposo cinco. De pronto imaginé a mi hija creciendo sola, rodeada de juguetes en lugar de hermanos.


Mis oraciones eran monosílabas. No podía pedirle nada a Dios, así que pedía a otros que lo hicieran por mí. “Se oyó un grito en Ramá, llanto y gran lamentación: Raquel llorando a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque ya no existen”.


Mis padres vinieron esa noche y mi papá, diácono, me dio una bendición. La Iglesia, en su sabiduría, no minimiza el sufrimiento ni lo disuelve en frases hechas. Tampoco se queda solo en el dolor, como si el cristiano viviera sin esperanza. La bendición toma palabras de Lamentaciones:


“Mi alma está privada de paz,he olvidado la dicha;

yo digo: ha perecido mi esperanza y todo lo que esperaba del Señor.

Pero algo traigo a la memoria que me hace esperar:

que el amor del Señor no se acaba,

ni se agota su compasión;cada mañana se renuevan,

¡qué grande es su fidelidad!

Mi porción es el Señor, dice mi alma,por eso en él espero”.


“Para quienes confían en Dios —dice la bendición—, en el dolor hay consuelo, en la desesperación hay esperanza, en medio de la muerte hay vida”.


“Pero aun ahora sé que todo lo que pidas a Dios, te lo concederá”.


¿Qué clase de fe es la de Marta en este capítulo? Su hermano lleva cuatro días muerto y cuando Jesús le dice: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá”, ella responde: “Sí”. ¿Qué clase de fe puede decir “sí” en ese momento?


El principio y el fin de la vida cristiana son el amor gratuito de Dios. Todo es un don. Aunque el corazón esté hecho pedazos, no queda destruido, porque el amor lo sostiene.


Yo no podía pedir nada, aunque sabía que necesitaba ayuda. Otros oraron por mí con insistencia. Su oración tuvo un efecto inmediato y evidente.


Nunca había experimentado un dolor tan puro. Un dolor que era solo dolor, sin convertirse en desesperación, ni en resentimiento ni en celos. Un dolor de un solo color.


“Jesús lloró”.


El aborto espontáneo no termina con la muerte del bebé. Continúa en los días siguientes, en las citas médicas, en los análisis, en ver a otras mujeres avanzar en sus embarazos mientras el propio cuerpo vuelve poco a poco a la normalidad.


Hay mil ocasiones para la amargura, pero no aprovechan de nada. No estaba enojada con Dios. ¿Cómo podría estarlo? ¿Podía reclamarle como si ese hijo me fuera debido?


Fue pura gracia que mi dolor fuera solo dolor, sin mezclarse con la desesperación.


“Tu hija resucitará”.“Sí, sé que resucitará en el último día”.


Un hijo vive conmigo y los otros dos viven con Dios. Lo sabía con certeza, pero ese conocimiento no quitaba el dolor.


Entonces comencé a comprender algo sobre las lágrimas de Cristo. Él sabía que iba a resucitar a Lázaro y aun así lloró. No lloró por otra razón sino porque amaba a Lázaro y Lázaro había muerto.


No hay contradicción. Encomendamos a nuestros difuntos a Dios, pero lloramos al verlos partir.


“¿Dónde lo han puesto?”


“¡Lázaro, sal fuera!”


Las promesas de Dios no se agotan, porque su misericordia es eterna.


Él sabe lo que hace.


Llamó a su amigo por su nombre. Llama a la vida incluso a los muertos. Él sabe lo que hace.


Pasé la última hora con mi hija en la Misa, rodeada de “una nube tan grande de testigos”. Recibí un nombre para llamarla, quizá el mismo con el que Cristo la llamará.


Como el Cuerpo de Cristo es peregrino, penitente y glorioso a la vez, ella no está perdida para mí.

El Dios que resucitó a Lázaro sigue entre nosotros y no nos deja llorar solos.

 

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