“Dios no me ha llamado a tener éxito" : la libertad de la fidelidad
- Escritor Invitado

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Inspirada en santa Teresa de Calcuta, una reflexión sobre por qué la fidelidad — y no los resultados — es la verdadera medida de la misión cristiana.

Por Meg Stout
En el mundo, el éxito es la medida de todo lo que vale la pena hacer. Ejerce una autoridad tan silenciosa sobre nuestra manera de pensar que incluso nuestros esfuerzos más nobles se valoran instintivamente por sus resultados. Aunque, por alguna gracia extraordinaria, estuviéramos completamente purificados de la vanagloria, seguiríamos queriendo que aquello a lo que nos dedicamos alcanzara los fines que tenemos en mente. Y así sucede también dentro de la Iglesia.
De hecho, en la Iglesia esto puede ser aún más difícil porque estamos haciendo la obra de Dios.
La evangelización y el ministerio son buenos y necesarios. Por supuesto, queremos que den fruto para la gloria de Dios. ¿Cómo medimos el éxito? Normalmente por números: la asistencia a Misa, la participación en eventos, las colectas y las filas más largas para la Confesión. Ver crecer esos números es alentador. Si somos sinceros, ese es un poco el sueño, ¿no?
Pero no siempre sucede así. Tal vez nos demos cuenta de que no planeamos ni ejecutamos bien las cosas. Mirarnos humildemente a nosotros mismos es importante; a veces, simplemente, tenemos que hacerlo mejor. Pero la verdad es que podemos hacer todo correctamente y aun así no obtener los resultados que teníamos en mente. Simplemente no “tenemos éxito”. Cuando tratamos de evangelizar, creo que esto nos afecta profundamente. Amamos a Jesús, amamos a su Iglesia, amamos a los demás. Cuando las cosas no salen como queremos, podemos frustrarnos o desanimarnos.
Fidelidad
¡Pero ánimo! Recordemos las famosas palabras de santa Teresa de Calcuta: “Dios no me ha llamado a tener éxito; me ha llamado a ser fiel”. Estamos llamados a la fidelidad, la misma que Jesús tuvo con el Padre. Incluso podría decirse que Jesús no fue “exitoso”, pero sí fue perfectamente fiel hasta la muerte.
El papa Benedicto XVI, entonces cardenal Ratzinger, lo explica muy bien en Teología de la liturgia: “Desde el punto de vista mundano, [Jesús] fracasó en un primer momento: murió casi abandonado; fue condenado a causa de su predicación. La respuesta a su mensaje no fue el gran ‘sí’ de su pueblo, sino la Cruz. De un final así deberíamos concluir que el éxito definitivamente no es uno de los nombres de Dios y que no es cristiano fijarse en el éxito exterior ni en los números. Los caminos de Dios son otros: su éxito llega a través de la Cruz y siempre se encuentra bajo ese signo” (p. 259).
Desarrollar un sentido del misterio
Cambiar nuestra mentalidad, alejándola del éxito o de los números y orientándola hacia los “otros caminos” de Dios, es un cambio profundo y necesario. Nuestro celo nos impulsa a alcanzar nuestras metas, que con frecuencia son buenas y santas. Pero debemos desprendernos de nuestra propia visión y adoptar una visión sobrenatural. Una visión sobrenatural cambia nuestra manera de ver. Nos da la certeza interior de que Dios puede actuar en cualquier situación y producir buenos frutos, incluso cuando nuestro trabajo no parece tener éxito. El papa Francisco llama a esta certeza un sentido del misterio.
“Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada… Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida… Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos” (Evangelii Gaudium 279).
Es hermoso reflexionar sobre la atención amorosa de Dios. Él ve nuestra fidelidad y no desperdicia nada. Honra cada don que le ofrecemos, por pequeño o insignificante que parezca a los ojos del mundo. Solo hace falta nuestro compromiso. Si somos fieles, tenemos la certeza de que seremos fecundos. San Pablo nos anima: “Por tanto, hermanos míos queridos, manténganse firmes e inconmovibles, entregados siempre plenamente a la obra del Señor, conscientes de que el trabajo de ustedes no es vano en el Señor” (1 Corintios 15, 58).
Por la misión de Dios, e incluso por nuestra propia paz, debemos cultivar este sentido del misterio; esta certeza de que el Espíritu Santo actúa como quiere, cuando quiere y donde quiere. Aunque no parezca hacerse a nuestra manera, su voluntad se está cumpliendo (cf. Isaías 55, 9-11).
Una virtud importante que debemos desarrollar y que favorece este sentido del misterio es la docilidad, que requiere cierto desprendimiento. La docilidad significa tener una disposición humilde y abierta a dejarse enseñar. La docilidad puede resultar especialmente difícil de practicar cuando nuestras metas son buenas en sí mismas. Nos sentimos justificados en nuestros deseos y quedamos ciegos ante la obra que Dios quiere realizar.
Por eso, debemos “hacer un esfuerzo por no ‘aferrarnos’ a nada, ni material, ni afectivo, ni siquiera espiritual… Necesitamos mantener el corazón en una actitud de desprendimiento, conservando una especie de libertad, una distancia, una reserva interior, que permita que, si se nos quita algo concreto, un hábito, una relación o un proyecto personal, no hagamos un drama por haber sido privados de ello” (En la escuela del Espíritu Santo, p. 35). En medio de todo, debemos renovar nuestro compromiso, sabiendo que nuestra fidelidad agrada a Dios y da fruto conforme a su voluntad.
Descansar en la ternura del Padre
Enfrentar el aparente fracaso puede ser difícil, tanto emocional como espiritualmente, y puede desgastar a quienes intentan evangelizar. Además, muchas veces encontramos nuestra identidad en nuestra misión: somos nuestro trabajo. Eso está desordenado. Nuestra identidad y nuestro valor no se encuentran en lo que hacemos; se encuentran en el amor que el Padre nos tiene. Somos hijos e hijas. No ganamos el amor por medio del éxito; somos amados en una relación. El papa Francisco nos exhorta:
“Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca” (EG 279).
Podemos acostumbrarnos a poner cada fracaso (aparente) y cada éxito, y especialmente a nosotros mismos, en los brazos del Padre. Podemos descargar en él nuestras preocupaciones porque él cuida de nosotros (cf. 1 Pedro 5, 7). Cuando le entreguemos todo, podremos recibir el descanso que quiere darnos. Es al entregarnos a Jesús cuando brota el fruto: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5).









