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Perspective

Honrar a nuestros sacerdotes y orar por la unidad

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    Escritor Invitado
  • hace 6 horas
  • 4 Min. de lectura
Cientos de sacerdotes entraron en procesión a la Misa de instalación del arzobispo James Golka, celebrada el 25 de marzo. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)
Cientos de sacerdotes entraron en procesión a la Misa de instalación del arzobispo James Golka, celebrada el 25 de marzo. (Foto de Grant Whitty/El Pueblo Católico)

Por Allison Auth


No pude asistir en persona a la Misa de instalación del arzobispo James Golka, pero sí seguí la transmisión en vivo durante todo el tiempo que me fue posible. Mientras observaba la larga procesión de sacerdotes de toda nuestra arquidiócesis, inesperadamente sentí cómo lágrimas cálidas de gratitud rodaban por mis mejillas. Reconocí muchos rostros y me conmovió profundamente ver a nuestro clero avanzar con unidad y solemnidad para dar la bienvenida a nuestro nuevo arzobispo.


Gratitud por los sacerdotes

Quiero tomarme un momento para honrar a los sacerdotes que sirven con tanta fidelidad en nuestra arquidiócesis. Muchos han hecho espacio en sus agendas para escuchar confesiones en este pequeño retiro o en aquel congreso local, y en todos ellos he encontrado la tierna misericordia de Dios. Uno puede ir a distintas parroquias y escuchar una homilía edificante y fiel a la doctrina dentro de una liturgia reverente, cada una con su propio carisma. Y mi experiencia de dirección espiritual con sacerdotes de esta arquidiócesis ha sido verdaderamente transformadora, guiándome hacia un encuentro más profundo con Dios mediante la contemplación y la oración.


He visto sacerdotes que realmente aman a su comunidad, que conducen a sus parroquias hacia la renovación y están muy presentes para sus fieles. (Si no han visto el documental “Kenny” sobre la vida de Mons. Ken Leone, ¡vale mucho la pena! Pueden encontrarlo en la plataforma digital Formed). Conozco sacerdotes inteligentes, atléticos, alegres, sensibles, cercanos y orantes. Como todo ser humano, tienen distintas personalidades, fortalezas y debilidades. Pero mi familia y yo vemos un sacerdocio vivo y en crecimiento, que busca la santidad y la fidelidad al llamado recibido.


Ver los desafíos con esperanza y unidad

Esto no significa que no existan problemas o dificultades. Soy muy consciente de los retos que enfrentan muchas parroquias por falta de liderazgo pastoral o financiero, así como de las dificultades culturales específicas que actualmente enfrentan los sacerdotes. Las parroquias son realidades vivas, con necesidades cambiantes que requieren atención, prudencia y soluciones concretas en el momento. Los sacerdotes están sobrecargados y al borde del agotamiento. Incluso conocemos a algunos que han dejado el ministerio.


Aun así, tengo una gran esperanza y un gran amor por esta arquidiócesis. No hace mucho, mis hijos y yo fuimos invitados a una Misa y a comer en el seminario, y nos impresionaron la sinceridad, la bondad y el gran número de seminaristas, ¡algunos de los cuales conocí cuando estaban en secundaria! Lo veo como una señal de que estamos escuchando al Espíritu Santo y siguiendo el llamado de Dios en el discernimiento.


Y en ese discernimiento, si conoces a un joven que podría ser un buen sacerdote, santo y feliz, considera participar en la campaña “Llamado por nombre” de la arquidiócesis y llena el formulario. Es una de las maneras en que podemos colaborar para discernir el futuro de nuestra arquidiócesis.


Sin embargo, por mucho que intentemos discernir con claridad, eso no significa que no cometamos errores. Tampoco significa que debamos espiritualizar en exceso los problemas, poner a los sacerdotes en un pedestal ni ignorar los buenos consejos. Debe ser un proceso enraizado en la oración y en la formación humana, que tenga en cuenta nuestras debilidades y se apoye en la gracia. Dado que la gracia supone la naturaleza, todos necesitamos crecer en una formación humana basada en la virtud y la prudencia.


Los sacerdotes, en su humanidad, han herido a otras personas. Y los fieles, en su humanidad, también han herido a sus sacerdotes. La Iglesia es santa, el sacerdocio es santo, pero nosotros, como personas, tenemos trabajo que hacer para reconstruir esos puentes.


Recuerdo la oración de Jesús por la Iglesia durante la Última Cena, para que todos seamos uno (Jn 17, 20). El tiempo de Pascua puede ser una temporada fecunda de gracia y unidad, en la que sacerdotes y laicos trabajemos juntos, desde nuestras vocaciones propias, para dar un testimonio convincente del poder de Cristo.


Hace poco, contemplando un vitral en una catedral, pensaba en todas sus partes: los distintos colores, formas y tamaños que componen la imagen. La luz del sol atraviesa cada pieza única y, sin embargo, la belleza resplandece porque todas trabajan juntas para formar un todo. Si cada sacerdote y cada laico usan sus dones y fortalezas para edificar el Cuerpo de Cristo, para reflejar el amor de Dios a los demás y para trabajar en medio de nuestras diferencias, seremos una imagen luminosa de la Iglesia.


Una palabra para nuestros sacerdotes

Los exhorto, queridos sacerdotes, a conocer a su comunidad. Tómense el tiempo para comprender la historia, el carisma y las necesidades de su gente. No tienen que estar presentes en todos los eventos, pero sí en algunos. Aunque tengan preferencias personales, a veces es necesario salir de la zona de confort. Incluso cuando ciertos cambios sean necesarios, por favor, vayan con calma y expliquen, expliquen, expliquen. Nunca es suficiente comunicar los cambios y la comprensión ayuda mucho. Rodéense de un equipo de personas de confianza que les ayuden a implementar aquello a lo que creen que Dios los llama. No tienen que ser perfectos, pero sí humildes. El liderazgo más eficaz es el de servicio.


Una palabra para los fieles

Feligreses, ¡oren por sus sacerdotes! Digan palabras de ánimo y reconocimiento por el bien que ven en ellos. Cuando sea necesario tener conversaciones difíciles, háganlo con humildad y con la expectativa realista de que los cambios toman tiempo y que quizá harán falta más diálogos. Eviten la crítica excesiva; más bien, procuren comprender a su párroco, con sus fortalezas y debilidades. Los sacerdotes también son humanos. Necesitan lo mismo que nosotros, así que busquen maneras de ayudar donde haga falta. Y, sobre todo, recuerden que la oración transforma los corazones, tanto el nuestro como el de nuestros pastores.


Una palabra de nuestro pastor

En su primera columna en El Pueblo Católico, el arzobispo James Golka escribió: “Cuando alguien te fascina, especialmente nuestro Señor, quieres conocerlo más. No puedes evitar enamorarte de él. Cuando te enamoras de Jesús, quieres entregar toda tu vida por él”.


Si estamos unidos en ese amor a Jesús, nuestras parroquias harán grandes cosas. El camino hacia la unidad comienza con la oración. Que la gracia del tiempo pascual renueve nuestra colaboración y nuestro servicio humilde unos a otros.

 

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