Hasta que la muerte nos separe: matrimonio y la muerte a uno mismo
- Escritor Invitado

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Por la Dra. Elizabeth Klein
Profesora asociada de Teología
Augustine Institute
En el siglo IV, una joven llamada Macrina, hoy venerada como santa Macrina la Joven, perdió inesperadamente a su prometido antes de su boda. Ella interpretó este acontecimiento como una señal divina de que no debía casarse nunca y explicó a sus padres que su prometido seguía vivo en Cristo.1 Esta decisión marcó la perspectiva de la santa sobre la vida: vivir como preparación para la muerte, contemplando todas las cosas a la luz de su significado eterno.
La historia de Macrina podría parecer una manera extraña y poco romántica de comenzar un artículo sobre la preparación para el matrimonio, pero nos enseña algo fundamental sobre el propósito de la vida de todo cristiano. Como lo expresa con elocuencia san Pablo: “Porque si hemos sido incorporados a él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (Romanos 6, 5). En virtud de nuestro bautismo, todos los cristianos estamos llamados a morir a nosotros mismos para que Cristo viva en nosotros. En la cultura popular se habla de “vivir nuestra mejor vida”, pero, como cristianos, debemos darle la vuelta a esa expresión. Estamos llamados a morir nuestra mejor muerte. San Pablo lo dice así: “Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 20). Vivimos la vida de quien ha muerto. La fuente bautismal es a la vez tumba y seno materno, renuncia e inicio, muerte y vida.
Sea cual sea el camino que tomemos, por nuestro bautismo estamos llamados a esta muerte semejante a la de Cristo, para ser transformados. Si alguien llega a ser sacerdote, es para morir a sí mismo. Si alguien llega a ser religiosa, es para morir a sí misma. Y si alguien se casa, también es para iniciar la muerte del propio yo, lo que conduce a la vida eterna. Por eso, los mártires han sido siempre los héroes cristianos más venerados, “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, como dijo el padre de la Iglesia Tertuliano.2 Los mártires mueren, en el sentido más literal, en conformidad con Cristo. De hecho, en la tradición cristiana oriental, los esposos reciben una corona el día de su boda, que con frecuencia se interpreta como una corona de martirio. En nuestros votos católicos occidentales también afirmamos este compromiso: “en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe”.
Esta mención de la muerte no pretende empañar la alegría de una boda. Al contrario, le da al día de la boda su justa solemnidad. No es de extrañar que un mundo que nos invita a “vivir nuestra mejor vida” no haya producido una gran cantidad de matrimonios exitosos. Habrá momentos en que la vida matrimonial no se sentirá mejor que en aquellos días despreocupados de la soltería. Incluso puede llegar el día en que despertemos y pensemos: “¡Esta no es mi mejor vida!”. Tal vez comencemos a sospechar que el matrimonio no garantiza una existencia optimizada, glamurosa o digna de las redes sociales.
Pero ese es precisamente el momento para el que la Iglesia nos ha preparado con su visión del matrimonio. Nunca se trató de vivir ese tipo de vida. Se trató de morir. Se trató de entregarlo todo por amor, como Cristo lo hizo por su Iglesia. El matrimonio nos ofrece innumerables oportunidades para dejar de lado nuestros deseos egoístas y dar prioridad a los demás. Ese deber y honor en el matrimonio son algo muy hermoso, aun cuando no lo parezca o no se sienta así, aun cuando se parezca más a la cruz. Todos conocemos matrimonios mayores a quienes admiramos, que han estado casados durante muchos años y han sufrido juntos muchas dificultades. Esos esposos son testimonio del poder del amor al que todo corazón humano aspira e imagen del amor fiel de Dios.
Prepararse para el matrimonio, entonces, es ante todo prepararse para comprometerse con algo todos los días de la propia vida, comprometerse hasta la muerte. Así como Cristo fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2, 8) y por este don trajo vida al mundo entero, así también, en nuestra obediencia a Dios y en nuestra fidelidad mutua, hacemos presente esa misma vida divina en nuestras familias y comunidades.
Sería ingenuo fingir que un compromiso así no es contracultural. Incluso puede resultar difícil para algunas personas tomar las palabras de los votos al pie de la letra, como si todos supiéramos que, en realidad, tienen alguna condición implícita. Con nuestras solas fuerzas humanas, el voto de entregar toda la vida, sin reservas, sería imposible. Pero demos gracias a Dios por Jesucristo, que se entregó por nosotros en la Cruz y continúa haciéndose presente en la Eucaristía. Él se da sin reservas para que también nosotros podamos entregar nuestra vida a los demás por su gracia.
Entremos en el matrimonio como lo hizo santa Macrina, conscientes del fin último de todas las cosas y sabiendo que nuestro verdadero Esposo, Cristo, vive en el cielo junto a todos los que han muerto en su paz. Aunque nuestra vida a veces parezca larga, en realidad es breve y preciosa. Vivamos nuestros días en amor constante, porque, al final, “es fuerte el amor como la muerte” (Cantar de los Cantares 8, 6).
1. El vínculo matrimonial, por supuesto, se disuelve con la muerte, y una persona es libre de volver a casarse si su cónyuge ha fallecido. La decisión extraordinaria de Macrina, sin embargo, manifiesta especialmente su fe en la resurrección y en la vida eterna.
2. Véase Tertuliano, Apologeticum, 13. Una traducción más literal y completa: «Nos hacemos más numerosos cada vez que ustedes nos siegan: la sangre de los cristianos es semilla». (Trad. hna. Emily Joseph Daly, CSJ).







