Hacia las alturas del sacerdocio: en la naturaleza con los seminaristas de Denver
- Escritor Invitado

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Mochilas pesadas, tormentas en la montaña, adoración eucarística y 74 millas en la naturaleza de Wyoming enseñaron a 11 seminaristas de Denver profundas lecciones sobre fraternidad, liderazgo y confianza en Dios.

Por el padre Matteo Invernizzi, F.S.C.B.
Vicario parroquial
Parroquia Nativity of Our Lord, Broomfield
¿Alguna vez ha pensado en pasar 21 días recorriendo la naturaleza con una mochila a cuestas?
Antes del diciembre pasado, yo no. Me parecía una locura y definitivamente algo intenso.
Sin embargo, eso es precisamente lo que la Arquidiócesis de Denver ofrece a los seminaristas durante su año de espiritualidad al final de esa etapa de su formación. En colaboración con COR Expeditions, una organización católica dedicada a actividades al aire libre con sede en Lander, Wyoming, 11 jóvenes pasaron tres semanas en julio recorriendo la zona silvestre de la cordillera Wind River con mochilas de 60 libras, acompañados por tres guías y un sacerdote. Ese sacerdote era yo.

Preparativos
El 28 de junio viajamos en automóvil desde el seminario en Denver hasta Lander, Wyoming. Al llegar, nos asignaron habitaciones en los dormitorios de Wyoming Catholic College y empezamos a buscar la cafetería. En vez de eso, nuestros guías nos informaron que durante los siguientes 21 días cocinaríamos nosotros mismos cada comida, utilizando estufas de campamento y bolsas de alimentos deshidratados proporcionados por la organización. Cada seis días, una recua de mulas nos llevaría nuevas provisiones hasta lo más profundo de la zona silvestre.
Mientras tanto, los seminaristas se dividieron en tres equipos y prepararon su primera cena: macarrones con queso y frijoles. El resto de la comida no era muy diferente: pasta, arroz y harina para preparar una deliciosa pizza en el sartén…
A la mañana siguiente comenzamos una rutina que mantendríamos durante toda la expedición: Misa a las 6:30 a.m., seguida de una Hora Santa, desayuno y capacitación. Durante tres días completamos la certificación en primeros auxilios en zonas silvestres y en reanimación cardiopulmonar, y aprendimos todas las normas y protocolos de seguridad necesarios para viajar por lugares remotos: prevención de encuentros con osos, procedimientos durante tormentas eléctricas, cruce de ríos y mucho más.

Bautismo de fuego y agua
La expectativa, y también la ansiedad, ante el viaje que se acercaba aumentaba día con día. Pasamos nuestro último día, el 1 de julio, revisando el equipo y empacando los alimentos que cargaríamos sobre nuestras espaldas durante la primera semana, hasta recibir las siguientes provisiones.
El 2 de julio llegamos al inicio del sendero en New Fork Lake, donde comenzó oficialmente nuestra aventura. Ya era tarde, así que planeábamos recorrer solo unas cuantas millas antes de instalar nuestro primer campamento. Desafortunadamente, el lugar designado resultó ser un pantano cubierto de árboles caídos.
En cuanto empezamos a preparar la cena, nos sorprendió una fuerte tormenta eléctrica. Durante más de una hora permanecimos de pie sobre nuestras mochilas mientras la lluvia caía y el agua subía bajo nuestros pies. Cuando finalmente pasó la tormenta, estábamos empapados y con frío. Gracias a Dios, encontramos no muy lejos un lugar seco donde acampar y, por fin, pudimos montar nuestras tiendas para pasar la noche.
Durante los días siguientes pensé muchas veces en aquella primera noche. Verdaderamente fue un bautismo de fuego y agua. Dios nos puso a prueba y nos pidió que confiáramos en él mientras nos guiaba a través de una de las experiencias más peligrosas a las que se puede enfrentar en la naturaleza: una tormenta eléctrica. Nos mantuvo a salvo y nos mostró que caminaba con nosotros.
A la mañana siguiente celebramos la Misa mientras el sol salía frente a nosotros. Fue un hermoso recordatorio de que Dios nos había regalado un día más para contemplar su gloria.

Hacia las alturas de la fraternidad
Durante los días siguientes fuimos ascendiendo a mayores altitudes. La mayoría de nuestros campamentos estaban a más de 10,000 pies, donde purificábamos constantemente el agua de arroyos y lagos y seguíamos aprendiendo las habilidades necesarias para desenvolvernos en lugares remotos. Las noches eran frías y, en un par de ocasiones, me desperté y encontré pequeños carámbanos colgando dentro de mi tienda. Los días, en cambio, eran calurosos y secos, así que cargábamos dos botellas llenas de agua y las rellenábamos siempre que podíamos.
Cada día se nombraba a dos seminaristas como líderes del día. Su responsabilidad era planear la ruta, evaluar los riesgos y conducir al grupo de manera segura hasta el siguiente campamento. Para ayudarles a ganar confianza, los guías, en ocasiones, los animaban a abandonar el sendero establecido o a intentar subir a alguna cumbre cercana. Al principio, estos desafíos parecían imposibles. Sin embargo, al confiar en los guías, todos fueron descubriendo fortalezas y capacidades que no sabían que tenían. Después de la primera semana, el peso de la mochila se volvió más llevadero. Seguían apareciendo ampollas, pero ya no afectaban nuestro ánimo como en los primeros días. Poco a poco, encontramos el ritmo del peregrino.
Nos levantábamos al amanecer, ofrecíamos al Señor los primeros frutos del día mediante la Misa y la adoración eucarística, caminábamos hasta la tarde y repetíamos el mismo ritmo al día siguiente.
Dos veces al día, durante el almuerzo y la cena, uno de los integrantes del grupo compartía un testimonio profundamente personal. Para mí, estas conversaciones se convirtieron en uno de los momentos más valiosos de toda la expedición. Cada uno hablaba de su pasado, de su vocación, de las luchas y los consuelos que había experimentado y de sus esperanzas para el futuro. Día tras día, el vínculo entre estos jóvenes se fue haciendo más fuerte.

Experiencia eucarística
El 11 de julio nos detuvimos en Elbow Lake, a una altitud de 10,800 pies. Jacob, el líder de la expedición, anunció que tendríamos 24 horas de adoración eucarística. Expuse el Santísimo Sacramento y guardamos silencio durante todo el día mientras los seminaristas se turnaban para velar ante el Señor.
Durante el turno de la madrugada, el cielo estaba tan lleno de estrellas que se reflejaban con claridad en la superficie del lago alpino. Fue una experiencia inolvidable de gracia y belleza.
Paternidad espiritual
Durante los últimos cinco días, los seminaristas ya habían adquirido todas las habilidades necesarias para afrontar su último desafío: viajar de manera independiente. Debían entregar por adelantado a los guías sus planes de ruta y los lugares donde acamparían. Después, los guías y yo nos retirábamos, permitiéndoles viajar por su cuenta durante todo el día y reuniéndonos nuevamente con ellos únicamente para la Misa de la mañana siguiente.
Por supuesto, permanecíamos lo suficientemente cerca como para garantizar su seguridad y, de vez en cuando, alcanzábamos a escuchar sus voces. Pero durante la mayor parte del día estaban completamente por su cuenta, responsables de orientarse, tomar decisiones y guiarse unos a otros.
En muchos sentidos, ese era el propósito de toda la experiencia: dar a estos jóvenes la confianza y las habilidades necesarias para asumir la responsabilidad de sus propias vidas, dar un paso al frente como líderes, corregirse mutuamente con caridad y esforzarse juntos por alcanzar la excelencia. Ver cómo asumían con alegría esa responsabilidad en los últimos días fue profundamente conmovedor.
También fue la etapa que más disfruté, porque me dio más tiempo para la oración y la reflexión personal. Es la alegría de un padre que ve crecer a sus hijos y prepararse para asumir sus responsabilidades en el mundo.

Bendiciones y alegrías
El 18 de julio, finalmente, llegamos al inicio del sendero en Boulder Lake. Durante 17 días de recorrido, habíamos caminado un total de 74 millas. Perdimos más de unas cuantas libras, pero profundizamos tanto en nuestra amistad como en nuestro compromiso con Dios. Regresamos arañados, cubiertos de polvo y con un olor nada agradable. Sin embargo, nuestras sonrisas eran radiantes y nuestros corazones estaban ligeros.
Siempre estaré agradecido con Dios por la oportunidad de acompañar a estos jóvenes en su camino hacia el sacerdocio mediante una experiencia tan extraordinaria. Aunque mi función principal era celebrar la Eucaristía y brindarles acompañamiento espiritual, descubrí que yo también iba creciendo junto con ellos, cargando las mismas dificultades y recibiendo los mismos consuelos.
La experiencia me recordó mis años como formador en el seminario. El liderazgo nunca se ejerce desde lejos. Se guía con el ejemplo. Se cargan las dificultades de quienes han sido confiados a nuestro cuidado y, al hacerlo, descubrimos que Cristo ha estado cargando las nuestras todo el tiempo.
El padre Matteo Invernizzi, F.S.C.B., es sacerdote misionero de la Fraternidad Sacerdotal de San Carlos Borromeo (www.sancarlo.org/en). Desde 2019 ha servido en la parroquia Nativity of Our Lord, en Broomfield, Colorado. Está previsto que en septiembre de 2026 comience a servir en la parroquia St. Joseph Catholic Church, en Kahawa Sukari, Nairobi, Kenia.








