El momento de silencio en el auto que cambió mi vida y me llevó de regreso a la Iglesia
- Escritor Invitado

- 13 sept 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 15 oct 2025

Por Mallory Smyth
El momento más importante de mi vida ocurrió en silencio, en lo oculto. Sentada sola en mi auto, le hice una pregunta a Dios. Su respuesta fue clara, y cambió todo. Sin embargo, ese momento en el auto fue el fruto de años de camino, y comenzó cuando me enfrenté cara a cara con las consecuencias de haber rechazado mi fe. Aquí comparto una parte de mi historia:
En el verano del 2008 estaba por comenzar el último año de universidad. Llevaba tres años sin practicar mi fe católica, y buscaba la felicidad que el mundo promete a través del éxito, las fiestas, la popularidad y el materialismo.
Mientras me arreglaba para salir con unos amigos, me quedé viendo mi reflejo en el espejo por mucho tiempo, y sentí cómo un peso oscuro descendía sobre mis hombros. Supe entonces que era el resultado de mis elecciones. Sabía que era miserable, y ahora podía verlo. Mi estilo de vida me había vuelto cínica, endurecida y con una autoestima en pedazos. Las promesas de la cultura moderna se habían mostrado vacías, y era hora de cambiar.
Semanas después, comencé a considerar el cristianismo de nuevo y decidí visitar una iglesia no denominacional. La experiencia fue transformadora. El ambiente era cálido, la música excelente y la predicación conmovía el alma. Nunca había visto a un pastor abrir la biblia y explicarla de forma tan cautivadora y relevante. El mensaje del evangelio —sobre el pecado, la gracia y la redención— comenzó a cobrar sentido, y las Escrituras cobraron vida mientras aprendía a orar. Comprendí que aquel momento frente al espejo había sido obra del Espíritu Santo. Dios había sido fiel incluso cuando yo no lo fui. ¿Cómo no entregarle mi vida?
Pero a medida que mi amor por el Señor crecía, también lo hacía mi resentimiento hacia la Iglesia católica. Comencé a preguntarme: ¿dónde estaban la buena música y la predicación transformadora en mi infancia católica? ¿Dónde estaban el amor por las Escrituras y la pasión por evangelizar? ¿Dónde estaban las personas verdaderamente
encendidas por Cristo?
Como diría el teólogo Jeff Cavins, yo —como muchos católicos de cuna— había recibido una fe en “pedazos dispersos”. Mi montón tenía más sentido que el de muchos otros: comprendía el amor de Dios, había asistido años a Misa, rezado el rosario y participado en grupos juveniles. Pero no era suficiente. Los católicos me parecían tibios en la fe, y sus prácticas parecían obstaculizar una relación viva con Cristo. Yo quería entregarme por completo a él, y nada en ese deseo me hacía querer seguir siendo católica.
Durante tres años me mantuve alejada de la Iglesia católica. Pero la “culpa católica” —o más bien, el susurro del Espíritu Santo— finalmente me alcanzó. Comencé a sentir que, antes de alejarme para siempre, debía ir a la adoración eucarística. Buscando calmar mi espíritu, entré en una iglesia católica y me arrodillé ante la Eucaristía por primera vez en años.
Esa noche, al mirar la hostia consagrada, supe en el fondo de mi corazón lo que siempre había sabido: delante de mí estaba Jesucristo, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Aquel a quien yo amaba me había amado tanto que se hacía presente para mí, dos mil años después de su resurrección, al otro lado del mundo. Recordé la enseñanza de la Iglesia sobre la Eucaristía y creí en ella.
Esa adoración me condujo a aquel momento oculto en el auto, por el cual estaré siempre agradecida. Sentada dentro de mi coche, recé: “Señor, iría a donde tú me enviaras, pero no puedo ser protestante y católica a la vez. ¿Qué quieres que haga?” La respuesta fue fuerte y clara: “Te he criado en esta Iglesia. Muchos de los míos ya no me conocen. Te he dado un campo de misión. ¿Por qué buscas otro?” En un instante, el Señor me llamó de regreso a la Iglesia católica, y obedecí.
El problema era que mi obediencia no eliminó mi enojo. Seguía teniendo muchas preguntas, y había mucho que no comprendía. Así que decidí reaprender mi fe católica. Leí el catecismo, la Biblia, blogs y artículos que respondían a mis dudas. Busqué en internet, comparé doctrinas y enfrenté mis percepciones de lo que creía que era el catolicismo con lo que en realidad enseña la Iglesia. Finalmente, a través de la oración y de estar dispuesta a reconocer que me equivocaba, la amargura dio paso al amor.
Me di cuenta de que estaba equivocada en la mayoría de mis críticas. El Evangelio de Jesucristo es el corazón palpitante de cada aspecto del catolicismo. Todas las prácticas de la Iglesia —ya sea participar en la Misa, rezar el rosario, confesarse o leer la Biblia— existen para acercarnos a Cristo. La Iglesia se preocupa por las reglas porque el pecado tiene consecuencias reales y devastadoras. Sus enseñanzas sobre la fe y la moral protegen la dignidad humana frente a muchas prácticas que deshumanizan. Su sabiduría sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia —lejos de ser opresiva— promueve la plenitud humana mediante una vida ordenada, el dominio propio y la adoración auténtica. Cuanto más aprendía, más veía a Jesucristo y a su Iglesia moviéndose a través de la historia y cruzándose en mi vida.
Durante los años que estuve alejada de la Iglesia, mi papá solía decirme que la Iglesia católica es la plenitud de la verdad. Catorce años después de haber regresado, estoy más convencida que nunca de que el catolicismo es verdadero. Dios es real. Jesús es su Hijo. El evangelio es verdad. Y la Iglesia católica ofrece la comprensión más completa del universo.
Mientras más nos conformamos a la verdad que habita en la Iglesia, más cuerdos y santos nos volvemos. Por eso, como católica, he encontrado la alegría, la paz y el sentido del sufrimiento que el mundo no pudo darme. También por eso he encontrado en la Iglesia todo lo que amaba de mi experiencia protestante, pero en un grado mayor y más glorioso.
Ahora bien, mi amor por el catolicismo no me ha segado ante sus problemas. Los escándalos del clero, la hipocresía y la incompetencia han herido profundamente a muchos y han causado un sufrimiento inmenso. Corresponde a los fieles, laicos y religiosos, reparar esas heridas y corregir esos males. Pero, aunque haya personas imperfectas, incluso malas, en la Iglesia, eso no niega ni empaña la belleza de sus enseñanzas. Al fin y al cabo, Dios no tuvo más opción que depositar su tesoro en vasijas de barro.
El catolicismo ofrece riquezas infinitas que, tristemente, permanecen ocultas para demasiadas personas. Pero si estás dispuesto a buscar, encontrarás la verdad que tanto anhelas y el amor, el sentido y el propósito para los que fuiste creado. Jesucristo, el Hijo del Dios vivo, el centro de la historia y del universo, te espera aquí. En estas antiguas tradiciones, él te guiará por sendas antiguas que conducen a la vida en abundancia.







