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Image by Simon Berger

Perspective

El “club secreto” que nadie quiere: crecer como hijo de padres divorciados

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    Escritor Invitado
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Una mujer comparte cómo las heridas de la infancia, la ansiedad y la pérdida moldearon su vida —y cómo Cristo la condujo hacia la gracia, la sanación y la libertad.


Amanda de niña posa con sus padres poco antes de su divorcio. (Foto cortesía de Amanda Flageolle)
Amanda de niña posa con sus padres poco antes de su divorcio. (Foto cortesía de Amanda Flageolle)

Por Amanda Flageolle


Me gustaría contarles una historia. No es un cuento de hadas, aunque sí tiene un final feliz. No es una tragedia, aunque sí conlleva pérdida y tristeza. Es una historia real, es mi historia. Mi historia de pertenecer a un club secreto al que nunca quise pertenecer: el “club secreto” de los hijos adultos de padres divorciados.


Comencemos más o menos desde el principio. Mis padres, que se amaban, se casaron en la primavera de 1984. No era el primer matrimonio de ninguno de los dos, de hecho, era el tercero de mi mamá. La historia se repitió y así ocurrió la primera gran tragedia de mi vida. Mis padres, que siempre me amaron y siempre me dijeron que me amaban, se divorciaron cuando yo tenía 3 años, menos de cuatro años después de haberse casado. No tengo recuerdos de ellos juntos y pasé gran parte de mi adolescencia pensando que su divorcio no me había afectado porque era muy pequeña. Resulta que fui otra víctima más de la normalización cultural del divorcio y de las heridas que provoca, especialmente en los hijos.


El divorcio afecta a los hijos

El divorcio es mucho más que la ruptura del vínculo entre dos personas con hijos en común.

Lo que antes era un solo hogar ahora son dos: dos direcciones, dos números de teléfono, dos estados diferentes. Lo que antes era estabilidad económica ahora está bajo presión, mientras cada padre intenta sostenerse por separado y también a su hijo. Lo que antes era un hogar se convierte en un lugar donde el hijo se queda de vez en cuando o se pierde por completo.


El hijo ya no puede recibir el abrazo de ambos padres al mismo tiempo. Ya no puede ir al otro cuarto para preguntarle a mamá si papá dijo que no. Ya no puede darles el dibujo de la escuela a ambos padres para que lo pongan en el refrigerador. Tiene que elegir.


Ahora vive con un solo padre que no puede brindarle el mismo nivel de atención. El hijo ya no puede seguir siendo niño; tiene que aprender a cuidarse por sí mismo y a criarse a sí mismo. Los padres también están heridos y tristes, y el hijo carga con el peso de sostener emocionalmente a sus padres, justo lo contrario de lo que debería ser esta hermosa relación.


Así continúa el camino del hijo, pasando de la niñez a la adolescencia, aprendiendo hábitos negativos para lidiar con el dolor y para protegerse.


Ansiedad, preocupación y malos hábitos

¿Cómo se veía eso? Mientras crecía, todos me llamaban “la preocupada”. Yo creía que mi ansiedad era algo con lo que había nacido, no algo causado por un trauma. Mi mamá decía con frecuencia que no tenía que preocuparse por nada porque Amanda se preocupaba por todo. Yo asumía que preocuparme era simplemente parte de mi personalidad. Todo el tiempo. Por todo.


Me preocupaba que mis calificaciones no fueran lo suficientemente buenas, que mamá se quedara sin gasolina o que papá pensara que yo no lo quería tanto porque no estaba con él con mucha frecuencia. Tenía miedo de pasar hambre, pero también de que darme de comer fuera una carga. Cada vez que se acercaba algún viaje, no podía dejar de hacer preguntas de “¿Y si…?” hasta sacar completamente de quicio a mi mamá.


Mi estado constante de preocupación tomó la parte de mí que soñaba y hacía planes y la convirtió en una persona controladora. Tenía tan poca capacidad de decisión sobre mi vida que quería controlar todo lo que pudiera. Si yo tenía el control, podía evitar decepcionarme o enojarme con alguien más, porque todo dependía de mí. Empecé a interiorizar la idea de que, cuando algo salía mal, era mi culpa. Tenía que serlo si yo tenía el control de todo, ¿no?


Hay otros ejemplos de los efectos del divorcio en mi vida. Era perfeccionista; empecé a mentir; decía lo que creía que los demás querían escuchar para evitar cualquier desacuerdo; nos mudábamos constantemente.


Después llegó otra tragedia: mi primer padrastro murió cuando yo tenía 12 años, dejándome en duelo por la pérdida de una figura paterna y, además, ayudando a criar a mi hermana de 6 años junto con mi mamá, que ahora trabajaba sola. Me refugié en estar siempre ocupada: largas horas en el teatro, novelas épicas de fantasía, tareas escolares, entrar un año antes a la universidad, semestres de 22 créditos, más teatro, trabajo.


Para cuando cumplí 16 años, ya habían ocurrido más tragedias y yo había decidido que era demasiado imperfecta para ser amada o para tener una relación duradera. Vivía ansiosa todo el tiempo por no ser suficiente, por ser una carga, por las imperfecciones de mi pasado y de mi personalidad. Mucho de esto fue resultado de lo que aprendí de mis padres y de sus relaciones: su relación entre ellos, con mis hermanastros y medios hermanos, y con sus múltiples matrimonios. Nunca había visto el matrimonio como algo sacramental, sagrado o alegre.


La sanación y la plenitud son posibles

¿El final feliz? Dios me bendijo con un esposo profundamente amoroso y ya llevamos más de 13 años de casados.


Entonces, ¿por qué comparto esta historia? Porque ya no quiero vivir en el silencio de mi infancia herida. Quiero vivir libre de la vergüenza que durante tanto tiempo pensé que merecía y de la que no podía escapar.


Y, sobre todo, si tú también formas parte de este “club secreto” de hijos adultos de padres divorciados, comparto mi historia por ti. En noviembre del 2024 asistí a Life-Giving Wounds, un retiro para hijos adultos de divorcio y separación copatrocinado por la Arquidiócesis de Denver. En ese retiro, por primera vez, escuché historias como la mía. Como la nuestra. Lloré al saber que alguien me entendía de un modo en el que ni yo misma me había entendido. Aprendí que perder el amor unido de tus padres es una herida, sin importar la edad que tengas. Las heridas generan vergüenza y, como seres humanos, escondemos la vergüenza; al menos yo lo hice. Y algunos días, todavía quiero esconderla.


Sanar requiere mucho trabajo. Jesús, el médico divino, quiere sanar todas nuestras heridas, incluida esta. Lo que no podemos hacer es sanar por nuestra cuenta, pero sí podemos elegir dejar que él nos guíe en el camino de la sanación.


El retiro cambió mi vida. Cambió mi relación con Jesús, mi Salvador. Cambió mi matrimonio y mi relación con mis hermosos hijos. Cambió la forma en que me veo a mí misma y me enseñó a creer de verdad que mi identidad más profunda es ser hija de Dios. Abrió mi corazón para trabajar con una terapeuta católica y seguir sanando. El retiro me mostró a mis padres perfectos: María, nuestra madre amorosa, y Dios Padre, que nos ama siempre y perfectamente.


Si eres hijo adulto de padres divorciados, cuenta con mis oraciones por tu corazón y para que recibas la gracia y el santo valor que necesitas para comenzar o continuar tu propio camino de sanación.

 

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