¿De dónde vienen los obispos? El supervisor divinamente designado
- Escritor Invitado

- 2 mar
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Por Jared Staudt
El año pasado, el mundo fue testigo de cómo los cardenales se reunieron en Roma para la elección de un nuevo papa, el 267.º obispo de Roma. Nueva York recibió recientemente a un nuevo arzobispo y Denver también se prepara para recibir a uno. Estamos presenciando la sucesión apostólica en acción, que prolonga una cadena ininterrumpida de obispos hasta los apóstoles, quienes fueron nombrados directamente por nuestro Señor. Jesús estableció la Iglesia, literalmente la “asamblea”, como una red de relaciones para atraer a las naciones hacia sí.
Pero su Iglesia, fundada sobre la roca de Pedro, como una buena familia, debe mantener el orden, con un padre, llamado “supervisor”, puesto al frente de cada Iglesia local. El papel del obispo, que es como la palabra griega para “supervisor”, episkopos, pasó al español, no es equivalente al de un gerente secular o jefe corporativo, porque se trata de un oficio instituido por Dios, que participa de la autoridad misma de Cristo sobre su Iglesia.
Jesús, que trabajó como constructor junto a su padre adoptivo, José, edificó claramente una Iglesia con una estructura y un liderazgo visibles. Formó a los doce apóstoles como cabezas de doce tribus que constituirían un nuevo Israel reunido de entre todas las naciones. Él confirió su propia autoridad a los doce, como vemos en varios pasajes del evangelio:
“Jesús convocó a los doce y les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, así como para curar dolencias”. (Lucas 9, 1).
“Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado… miren que les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones, así como cualquier demostración de fuerza del enemigo; nada les podrá hacer daño” (Lucas 10- 16,19).
“Como el Padre me envió, también yo los envío… A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos” (Juan 20, 21.23).
Aunque un obispo necesita habilidades de gobierno, el liderazgo de la Iglesia depende ante todo de la gracia de Cristo derramada sobre aquellos que él ha elegido para guiar a su Iglesia.
No tendría sentido que Jesús estableciera orden en su Iglesia por una sola generación y luego permitiera que cayera en el caos. Si prestamos atención, podemos ver la sucesión apostólica en acción ya en el Nuevo Testamento. En el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, cabeza de los doce, dirige la elección de un sucesor para ocupar el lugar de Judas, diciendo que uno de los que estuvo con ellos desde el principio “debe ser constituido con nosotros testigo de su resurrección” (Hechos 1, 22).
Aunque Jesús mismo llamó a Pablo para ser apóstol, él mismo “subió a Jerusalén para conocer a Cefas”, es decir, a Pedro, y más tarde su misión a los gentiles fue reconocida por las columnas de Pedro, Santiago y Juan (Gálatas 1, 18; 2, 9). Pablo, a su vez, nos muestra cómo nombró a Timoteo como supervisor en Éfeso y a Tito en Creta, un oficio que describe como “administrador de Dios” (Tito 1, 7). Pablo escribe a Timoteo recordándole: “que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos”, que es el modo en que se recibe la autoridad para actuar como obispo (2 Timoteo 1, 6). También les dio instrucciones para nombrar a otros supervisores y presbíteros, palabra griega que la Iglesia utiliza para “sacerdote”, mostrando así el plan del Señor para la continuidad en el gobierno de su Iglesia.
Como eslabón en la gran cadena que se extiende desde Cristo hasta hoy, el obispo, como administrador, debe recibir todo lo transmitido en la Iglesia y entregarlo fielmente. Pablo afirma que “debe mantenerse firme en la palabra fiel, tal como fue enseñada, para poder exhortar con la sana doctrina y refutar a los que la contradicen” (Tito 1, 9). El obispo preserva el orden, asegurando que los fieles vivan en comunión con Cristo y no se desvíen por creencias erróneas o conductas inmorales.
Uno de los documentos cristianos más antiguos que conservamos, la Didajé, da testimonio de los peligros que representan los falsos maestros y de la necesidad de mantener el orden en la Iglesia, siguiendo los oficios de obispo, presbítero y diácono. Hacia el año 108, san Ignacio de Antioquía, discípulo de san Juan apóstol, ofreció una fuerte exposición sobre la necesidad del oficio del supervisor, afirmando repetidamente que los cristianos no deben hacer nada sin su obispo. El obispo es vínculo de unidad en la fe y en la caridad, quien garantiza que los fieles de la “Iglesia católica” permanezcan en comunión con Cristo. Por eso, escribió que debemos “correr juntos conforme a la voluntad del obispo» y «procurar no oponernos al obispo, para estar así sometidos a Dios”.
El mundo moderno se resiste a esta autoridad. Immanuel Kant, por ejemplo, en su ensayo “¿Qué es la Ilustración?”, acusaba a los creyentes de ponerse inmaduramente bajo el cuidado de tutores que les prohibían el uso libre de la razón. El mundo moderno ha creado una contra estructura frente a la Iglesia, no unificada por la fe y la caridad, sino una colección democrática de individuos decididos a cumplir sus propios caprichos.
La comunión visible de la Iglesia, la roca edificada sobre Pedro, necesariamente pone límites a nuestra libertad para que no podamos simplemente construir nuestra propia iglesia basada en nuestras ideas y deseos, una iglesia de uno solo. No obedecemos al obispo porque nos agrade, ni porque siempre tenga razón en sus decisiones, sino porque es quien ha recibido el cuidado de la Iglesia y actúa en nombre de Cristo en nuestra diócesis. Para obedecer a Dios, debemos obedecer a todos los que han sido legítimamente puestos en autoridad sobre nosotros. La comunión de la Iglesia continúa en el mundo porque Dios ha puesto una cabeza sobre ella, preservando su integridad mediante su enseñanza, sus sacramentos y su gobierno. A quienes permanecen en esta comunión, que guardan todo lo que Cristo ha mandado, él les asegura: “Yo estaré con ustedes día tras día, hasta el fin del mundo” (Mateo 28, 20).









