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Image by Simon Berger

Perspective

Ser sal y luz: acompañar, escuchar y compartir la fe

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 9 horas
  • 7 Min. de lectura

(Foto: Adobe Stock)
(Foto: Adobe Stock)

Por Andrew McGown


“Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. Mateo 5, 13-14

Cuando Jesús pronuncia estas palabras, no se dirige a una élite. Habla a discípulos comunes, a personas con familia, trabajo, limitaciones, miedos y preguntas. Personas como tú y yo.


Todo católico bautizado participa en la misión de Cristo. Estamos invitados, y más aún, privilegiados, a salir en busca de la oveja perdida, a llevar luz a la oscuridad y a ofrecer esperanza a quienes sufren. Sin embargo, para muchos de nosotros, la evangelización puede resultar estresante, abrumadora o incluso intimidante. En silencio, asumimos que todo depende de nosotros, que debemos tener argumentos impecables, conocimientos teológicos profundos o un testimonio de conversión impactante listo en cualquier momento.


Pero la conversión nunca ha sido tarea nuestra. Es Dios quien realiza la obra de la conversión. Nuestro papel es mucho más sencillo de lo que imaginamos. Estamos llamados a estar presentes, a amar bien y a responder a las pequeñas oportunidades que Dios pone frente a nosotros.


Dos de las oportunidades más comunes y accesibles ya están en nuestra vida: las personas que sienten curiosidad espiritual y las que están sufriendo. Para acompañarlas mejor, ayuda a entender cómo suelen acercarse a la fe. Aquí es donde los “umbrales de la conversión” se convierten en una guía útil.


(Diseño de la Arquidiócesis de Denver)
(Diseño de la Arquidiócesis de Denver)

Comprender los umbrales de la conversión

En el libro I Once Was Lost, de Don Everts y Doug Schaupp, y posteriormente difundido en ámbitos católicos por Sherry Weddell en Formación de discípulos intencionales, se presenta un marco conocido como los “umbrales de la conversión”. Este describe las etapas que muchas personas atraviesan en su camino hacia convertirse en discípulos intencionales de Jesucristo.


Antes de tomar la decisión consciente de seguir a Cristo, una persona suele atravesar varios umbrales: confianza, curiosidad, apertura y búsqueda. Solo después de estos pasos suele surgir la decisión de seguir a Jesús. Muchas personas en nuestra vida están apenas al inicio de este camino hacia la fe. Aún no están listas para convertirse. No están pidiendo teología sistemática. Pero el Espíritu Santo ya está actuando y el camino hacia una fe intencional ha comenzado, aunque no lo perciban.


Esta perspectiva nos libera. Evita que esperemos compromiso antes de que exista curiosidad o claridad antes de que haya confianza. También nos ayuda a reconocer que el Espíritu Santo suele obrar mucho antes de que alguien pise las puertas de una oficina parroquial.

Veamos con más detalle los dos primeros pasos que las personas suelen dar en su camino hacia la fe intencional.


El primer umbral es la confianza. Antes de confiar en la Iglesia, una persona suele confiar en un católico concreto. Esto significa que la evangelización comienza, muchas veces, no con la doctrina, sino con la relación. Cuando alguien nos percibe como pacientes, honestos, alegres, coherentes y genuinamente interesados en su vida, empieza a asociar la fe con la credibilidad. La confianza crece lentamente: en comidas compartidas, promesas cumplidas, conversaciones auténticas y actos discretos de servicio. Cuando alguien te pide consejo, comparte sus luchas personales o se siente con confianza para mostrarse tal cual es, algo importante está ocurriendo. Esto no es “pre-evangelización”. Esto es evangelización.


Una vez que existe la confianza personal, el siguiente paso natural es la curiosidad.


Entrar en la experiencia de quien siente curiosidad

La curiosidad puede ser una etapa frágil y hermosa. Puede surgir en silencio. Un amigo puede empezar a preguntarte por qué vas a misa cada semana, qué hace realmente la oración o cómo entiendes el sufrimiento. A veces, la curiosidad se manifiesta en preguntas directas. Otras veces se manifiesta de forma más sutil: como un renovado interés por el sentido, la belleza o la trascendencia.


¿Qué sucede en el corazón de alguien que empieza a sentir curiosidad?


Para algunos, comienza como una inquietud silenciosa. La vida puede parecer estable por fuera (trabajo, relaciones, logros), pero algo sigue sintiéndose incompleto. Preguntas que antes parecían irrelevantes resurgen: ¿Por qué estoy aquí? ¿Hay algo más allá de lo que veo? ¿Qué pasa después de la muerte?


Para otros, la curiosidad nace de la atracción por la belleza. Se sienten atraídos por el silencio, la música sagrada, la naturaleza y por momentos que parecen tener una profundidad que los supera. Tal vez aún no se interesan por la doctrina, pero perciben que la vida tiene una dimensión que no han explorado del todo.


La curiosidad rara vez es puro entusiasmo. Suele venir acompañada de emociones mezcladas: entusiasmo por descubrir algo nuevo, pero también escepticismo, miedo al cambio o heridas del pasado relacionadas con experiencias religiosas. Una persona puede sentir esperanza y duda al mismo tiempo. Reconocer estos matices nos ayuda a acercarnos con respeto, no con prisa.


Acompañar a quien tiene curiosidad

Si alguien en tu vida comienza a hacer preguntas sobre la fe, detente un momento y da gracias a Dios. Esa chispa no viene de ti. El Espíritu Santo ya está obrando en su corazón.

Nuestra tarea no es sofocar esa chispa, sino cuidarla. Esto implica, muchas veces, ir a su ritmo. Si hacen una pregunta sincera, responde de manera simple y honesta. Evita la tentación de dar una explicación completa de todo lo relacionado. La curiosidad crece cuando es respetada.


Hace poco, en una cena familiar, Dios me dio la oportunidad de compartir mi fe. Un familiar, al enterarse de que trabajo para la Iglesia y enseño el Nuevo Testamento, comenzó a hacerme pregunta tras pregunta sobre la escritura. Hablamos desde el libro del Apocalipsis hasta la Sábana Santa de Turín y del contexto cultural judío de los evangelios. Gracias a mi formación, pude responder todo en el momento. Me sentí muy orgulloso. Mi familiar se fue con todas sus dudas resueltas.


Muchas veces pensamos que eso es “saber evangelizar”.


Solo después el Espíritu Santo me mostró lo ingenuo que había sido. En lugar de alimentar su curiosidad, la sacié por completo. Durante toda la conversación, no le hice ni una sola pregunta.


Debería haber dejado una pregunta en su corazón, algo que lo moviera a seguir buscando, a pensar en Jesús, a profundizar. En cambio, cerré la puerta a su curiosidad al responderlo todo.

Peor aún, entendí que el ejemplo que di sobre lo que significa ser un “católico fiel” era imposible de imitar. Con mis acciones, di a entender que, para ser un buen católico, hay que responder todo con precisión, de inmediato y de memoria, lo cual no es cierto.


Es importante mantener el enfoque donde corresponde: en Jesucristo. El centro de nuestra fe no es principalmente un código moral, un conjunto de doctrinas o datos bíblicos interesantes. Es una persona que murió y resucitó por amor a ellos. Cuando alguien siente curiosidad, una de las cosas más fecundas que podemos hacer es invitarlo a encontrarse directamente con Jesús. Esto puede suceder invitándolo a “probar” rezar diariamente durante un mes, a leer juntos uno de los evangelios o a asistir a la adoración eucarística. Estos pequeños pasos suelen ayudar más que una larga explicación teológica.


Las invitaciones concretas importan. Sugerir que oren cinco minutos al día durante un mes, asistan una vez a la adoración eucarística o sirvan a los pobres contigo puede ayudar a que la curiosidad se convierta en una apertura más profunda. La curiosidad se transforma cuando se pone en práctica.


Caminar con quienes sufren

Otra oportunidad poderosa para llevar la luz de Cristo se encuentra en el sufrimiento.

Enfermedad, duelo, traición, ansiedad, pérdida de identidad, fracaso… estas experiencias plantean las preguntas más profundas del corazón humano. Incluso quienes no han pensado en la fe durante años pueden empezar a preguntarse si hay sentido, si están solos, si la esperanza es posible.


El sufrimiento suele traer consigo una sensación de pérdida de control. Piensa por un momento en tus propias experiencias de dolor.


Las personas seguras de sí mismas pueden sentirse, de pronto, pequeñas y vulnerables. Quien antes se veía fuerte o independiente puede sentirse débil o desorientado.


En esos momentos, las personas son especialmente sensibles al tono y a la autenticidad. Perciben fácilmente si están siendo tratadas como personas o como proyectos.


Aquí debemos ser cuidadosos. La evangelización nunca consiste en “usar” el dolor de alguien como oportunidad. Si el amor no es nuestra única motivación, se notará. Compartimos a Cristo porque hemos experimentado su misericordia, su cercanía y su amor en nuestro propio sufrimiento y deseamos que otros también lo experimenten.


Algunas claves para llevar la luz y el amor de Jesús a quienes sufren:


Primero, partimos de la compasión, no de una estrategia. Nuestro objetivo es llevar a Jesús a la situación, no usarla. Queremos amar bien a la persona, pase lo que pase en su camino espiritual.


Segundo, entramos en su historia antes de compartir la nuestra. Buscamos comprender antes de ser comprendidos. Cuando alguien se siente verdaderamente escuchado, se abre mucho más a una conversación espiritual.


Tercero, no nos apresuramos a explicar su sufrimiento. Evita frases como “Dios tiene un plan” o “todo pasa por algo”. Aunque sean verdaderas en sentido teológico, pueden sonar superficiales o minimizar el dolor. Recordemos a Jesús con Marta y María tras la muerte de Lázaro: primero lloró con ellas.


Algo sencillo pero profundo es pedir permiso para orar por la persona. Esto comunica un gran respeto.


Cuando compartas esperanza, hazlo como testimonio personal, no como un argumento. Quien sufre no busca un debate, sino una respuesta a la pregunta: “¿Hay esperanza?”. Habla desde tu experiencia. Dar testimonio de lo que Dios ha hecho es distinto a intentar convencer.


En el sufrimiento, la presencia suele ser más poderosa que las palabras. Quien sufre se pregunta, consciente o no: ¿Estoy solo? ¿Sigo importando? ¿Hay sentido más allá de esto? El Evangelio responde a estas preguntas, pero se escucha con más fuerza cuando se encarna.


La libertad de confiar en el Espíritu Santo

Al pensar en quienes sienten curiosidad y en quienes sufren, una verdad debe sostenernos: la conversión no es obra nuestra. A Dios no le preocupa nuestro “éxito”, sino nuestra fidelidad a su llamado a ser “sal y luz”.


El Espíritu Santo ya está actuando antes de que nosotros entremos en la conversación. Él suscita la inquietud, despierta la curiosidad, se hace cercano en el sufrimiento. Él nos da las palabras cuando son necesarias y nos guía a guardar silencio cuando es lo mejor.


Nuestra parte es construir confianza, reconocer las pequeñas oportunidades, amar con sinceridad y ofrecer invitaciones sencillas. No necesitamos ser expertos. Necesitamos estar disponibles.


Ya estás colocado en relaciones a las que ningún sacerdote ni agente pastoral llegará: tu trabajo, tu familia extendida, tu vecindario, tus amistades. Dios te ha confiado personas reales cuyas historias se cruzan con la tuya por una razón.


El mundo no necesita más evangelizadores profesionales. Necesita católicos fieles dispuestos a ser sal y luz en lo cotidiano. Cuando escuchas a un amigo que sufre, respondes con humildad a una pregunta sincera, invitas a alguien a orar o simplemente permaneces presente en medio del dolor; participas en la misión de Cristo.


Y el Espíritu Santo hace el resto.

 

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