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Image by Simon Berger

Perspective

Lo que nuestros hijos recordarán del verano

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 13 may
  • 4 Min. de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Por Jordan Langdon

CEO y coach de matrimonio y crianza

Families of Character

 

Durante un reciente taller para padres en la escuela católica St. Thomas More, invité a los papás a reflexionar sobre sus recuerdos favoritos de verano cuando eran niños.


“Salíamos en bicicleta hasta que se encendían las luces de la calle”.

“Mi papá hacía carne asada todos los domingos por la noche”.

“Mis primos se quedaban a dormir una semana cada verano”.

“Atrapábamos luciérnagas”.

“Íbamos a la alberca casi todos los días”.

“Siempre había tiempo”.


Mientras los padres compartían sus recuerdos, surgió un patrón muy claro. Muy pocas personas mencionaron vacaciones elaboradas o experiencias costosas. En cambio, recordaban la libertad, el tiempo de calidad con la familia, las tradiciones sencillas y la sensación de que el verano transcurría más despacio.


Los recuerdos que más nos marcan suelen construirse en torno a la presencia y la conexión. Están menos relacionados con el entretenimiento y más con las relaciones.


Como padres, es fácil sentir presión cuando llega el verano.


Vemos publicaciones en redes sociales llenas de vacaciones costosas, calendarios saturados de actividades e infinitas oportunidades para “crear recuerdos”. Nos apresuramos a inscribir a nuestros hijos en campamentos, deportes, programas educativos y toda clase de experiencias posibles porque realmente queremos darles una infancia maravillosa.


Pero quizá uno de los mayores regalos que podemos ofrecerles a nuestros hijos no sea otra actividad más, sino más espacio para ir despacio.


Espacio para la creatividad.

Espacio para el aburrimiento.

Espacio para la conversación.

Espacio para las tradiciones familiares.

Espacio para Dios.


Los niños de hoy están creciendo en una cultura de estimulación constante y de agendas interminables. Incluso el verano, que antes era una temporada de descanso y libertad, puede comenzar a sentirse tan acelerado como el ciclo escolar.


Con frecuencia, los padres cargan con el peso de tratar de aprovechar cada momento al máximo:

¿Deberíamos estar haciendo más?

¿Los niños están aburridos?

¿Estamos desperdiciando el verano?

¿Deberían estar aprendiendo algo?


Pero los niños no necesitan, principalmente, un verano perfectamente planeado.


Necesitan presencia.


Necesitan espacio para la creatividad, el aburrimiento, la aventura, la conversación y el descanso. Algunos de los momentos más saludables de la vida familiar ocurren en los espacios ordinarios: sentarse en el porche después de cenar, doblar toallas juntos, manejar sin prisas o quedarse conversando alrededor de la mesa del desayuno.


Estos momentos pueden parecer pequeños al principio, pero se convierten en el fundamento del sentido de pertenencia.


Cuando los niños están constantemente entretenidos, rara vez tienen espacio para maravillarse, imaginar o conectarse profundamente. De hecho, una de las reflexiones más significativas del taller fue esta: el ambiente emocional importaba más que la actividad en sí.


Los niños recuerdan cómo se sentía el verano.


¿El hogar se sentía en paz?

¿Sus padres estaban emocionalmente disponibles?

¿Había risas?

¿Se sentían conectados?

¿Sentían que siempre había prisa?


Estas son las cosas que se convierten en recuerdos fundamentales.


Un verano significativo no requiere perfección.


De hecho, muchos padres pierden, sin darse cuenta, la belleza de esta temporada porque están demasiado ocupados tratando de crear el verano “perfecto”.


El verano puede convertirse, en cambio, en una invitación a bajar el ritmo y a preguntarnos: ¿Qué es lo más importante para nuestra familia en este momento?


Quizá tu familia necesita más descanso.

Quizá tu matrimonio necesita más diversión.

Quizá tus hijos necesitan menos tiempo frente a las pantallas y más libertad al aire libre.

Quizá tu familia necesita más oración y un ritmo espiritual más constante.


Un ejercicio sencillo que los esposos pueden hacer juntos es elegir un tema familiar para el verano. En lugar de tratar de hacerlo todo, elijan una o dos palabras que describan lo que esperan que su familia viva durante esta temporada.


Algunos ejemplos podrían ser: presencia, alegría, aventura, descanso, sencillez, gratitud, juego libre, servicio o arraigo en la fe.


Una familia enfocada en la “aventura” podría priorizar caminatas, días de campo y explorar Colorado juntos.

Una familia enfocada en estar “arraigada en la fe” podría comprometerse a asistir juntos a Misa todos los viernes, visitar capillas de adoración o rezar al aire libre bajo las estrellas antes de dormir.


Una manera sencilla de mantener presente el tema del verano familiar es involucrar a sus hijos para colocarlo en distintos lugares de la casa. Después de elegir el tema, inviten a los niños a crear carteles coloridos o letreros escritos a mano para colgarlos en la cocina, el recibidor o la sala familiar. Esto no solo ayuda a que los niños se sientan parte de la visión familiar para el verano, sino que también ayuda a reorientar a todos cuando las agendas se vuelven caóticas o surgen distracciones. A veces, un simple recordatorio en el refrigerador puede ayudar a una familia a volver a lo que realmente importa.


La meta no es añadir presión. Es crear claridad.


Las familias intencionales no necesariamente hacen más cosas. Simplemente viven más alineadas con lo que verdaderamente importa.


Como padres católicos, no estamos simplemente administrando horarios. Estamos formando corazones.


El ambiente de nuestros hogares moldea profundamente a nuestros hijos. El verano ofrece una oportunidad única para cultivar paz, conexión y fe de maneras que el ritmo acelerado del ciclo escolar suele interrumpir.


Los niños prosperan cuando experimentan conexión constante, seguridad emocional, tradiciones compartidas, trabajo significativo, libertad para jugar, tiempo con sus padres y un sentido de pertenencia.


Y quizá lo más importante: prosperan cuando encuentran a Cristo en los ritmos ordinarios de la vida familiar.


Con frecuencia, Dios se encuentra en esos momentos sin prisa que pasamos por alto con facilidad.


La caminata después de cenar.

La mañana tranquila del sábado.

La oración familiar antes de un viaje por carretera.

La conversación alrededor de la fogata.

Las risas junto a la barra de la cocina.


Estos momentos ordinarios se convierten en tierra sagrada.


Dentro de muchos años, probablemente nuestros hijos no recordarán cada campamento, torneo o salida perfectamente planeada.


Pero sí recordarán cómo se sentía el hogar.


Recordarán si había paz.

Si había alegría.

Si sus padres estaban presentes.

Si se sentían vistos, conocidos y amados.


La hermosa verdad es que crear un verano significativo quizá tiene mucho menos que ver con hacer más cosas y mucho más con bajar el ritmo lo suficiente para estar realmente juntos.


Porque, al final, los recuerdos que moldean el corazón de un niño suelen ser sorprendentemente sencillos: libertad, familia, risas, fe y tiempo juntos.


Para más información sobre matrimonio y vida familiar, visita www.familiesofcharacter.com 

 

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