La Biblia es católica por su historia

Vladimir Mauricio-Perez

Este artículo es parte de una serie de artículos publicados en la última edición de la revisa de El Pueblo Católico. Para suscribirte y recibir la revista GRATIS, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Es común escuchar a personas decir que la Biblia no tiene nada que ver con el catolicismo. Sin embargo, en la misma historia de la Biblia se refleja lo que los católicos han creído desde el primer siglo: que la Iglesia existía antes que la Biblia, y que le Biblia es inseparable de la Tradición y el Magisterio.

FUNDACIÓN DE LA IGLESIA Y DEL MAGISTERIO

Jesús quiso fundar una Iglesia y lo hizo. Le dijo a Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18). Pero no la dejó desamparada, sino que les dijo a sus apóstoles: “Estaré con ustedes siempre” (Mt 28, 20) y les prometió que el Espíritu Santo los guiaría “a la verdad completa” (Jn 16,12). Es decir, Jesús les dio la autoridad para enseñar y mantenerlos en la verdad. Los apóstoles fueron la primera autoridad de enseñanza, lo que llamamos “Magisterio”.

Sabías que…  Magisterio proviene del latín “magister” que designa a la persona que enseña. “Maestro” se deriva de esta palabra.

 LA TRADICIÓN Y LAS ESCRITURAS

Fueron los apóstoles los que difundieron el Evangelio y transmitieron las escrituras del Antiguo Testamento. Estas incluían aquellas escritas en hebreo y en griego. A estas últimas se le conoce como Septuaginta, y contienen los libros que los católicos aún conservan en el Antiguo Testamento y los protestantes quitaron. A estas escrituras, los apóstoles agregaron su predicación de palabra. Así vemos que la Tradición oral de los apóstoles era la autoridad desde muchos años antes de que se escribiera el Nuevo Testamento. Luego los apóstoles y sus discípulos decidieron poner esta Tradición por escrito, bajo inspiración divina. Sin embargo, no incluyeron todo, como lo admite san Juan: “Jesús realizó… muchos otros signos que no están escritos en este libro” (Jn 20, 30). El resto sigue siendo verdadero y se ha transmitido de generación en generación, como lo comprueban textos antiguos cristianos que muestran la creencia en muchas cosas que seguimos conservando como católicos.

LOS PRIMEROS CRISTIANOS USABAN LA TRADICIÓN, LAS ESCRITURAS Y EL MAGISTERIO

Los primeros cristianos entendían bien que la palabra de Dios no solo se encontraba en las Escrituras, sino también en la Tradición de los apóstoles, y tenía que interpretarse a la luz del Magisterio, de la autoridad de los apóstoles. El mismo san Pablo les dice: “Hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros (los apóstoles), de viva voz o por carta” (2 Tes 2,15).

LOS SUCESORES DE LOS APÓSTOLES HICIERON LO MISMO

Antes de morir, los apóstoles ordenaron y designaron obispos que se encargaran del gobierno de la Iglesia y de defender el mensaje del Evangelio, contenido tanto en la Tradición como en la Escritura. Ellos se convirtieron en la nueva autoridad de enseñanza, en el Magisterio, por el don del Espí­ritu Santo que les fue dado en la imposición de manos y por elección de los apóstoles.

EL CANON OFICIAL DE LA BIBLIA

No fue hasta el año 382 que la Iglesia, bajo el mandato del Papa Dámaso I y la inspiración del Espíritu Santo, afirmó la lista de libros que eran inspirados por Dios: 27 del Nuevo Testamento y 46 del Antiguo. A esta lista la llamamos “canon”. Desde el primer siglo, muchos escritos aseguraban estar inspirados, pero solo los 27 libros del Nuevo Testamento tenían origen apostólico y estaban completamente de acuerdo con la Tradición que se había trasmitido desde los apóstoles. A pesar de que había discusiones entre los mismos católicos, la Iglesia, bajo la inspiración del Espíritu Santo discernió cuáles libros debían incluirse y cuáles no. A estos libros del Antiguo y Nuevo Testamento ahora llamamos “Biblia,” que en griego signi­fica “libros”.

LA REFORMA PROTESTANTE

La Iglesia reafirmó esta lista, o canon, en 1442 y de nuevo en 1546 tras la Reforma Protestante. Los reformadores protestantes tenían opiniones contrarias a la Tradición y el Magisterio, así que rechazaron ambas, y comenzaron a interpretar la Biblia según su deseo personal. Asimismo, se deshicieron de siete libros del Antiguo Testamento, motiva­dos también porque enseñaban cosas con las que no estaban de acuerdo.

LA MISMA IGLESIA

A través de la historia, la Iglesia ha seguido creyendo en el mismo principio que se utilizó desde la era de los apóstoles, confiando en las tres cosas: las Escrituras, la Tradición y el Magisterio. Los protestantes se han aferrado al principio de Sola Scriptura o “solo la Biblia”. Pero este principio no se encuentra en la Biblia, pues la Biblia habla también de la Tradición, como el mismo san Pablo lo dijo (2 Tes 2, 15), y como los cristianos de los primeros siglos lo tenían claro.

Próximamente: Dios nunca se cansa de hablarte

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Es realmente una maravilla que tengamos el don de la Biblia, a través del cual Dios nos habla, nos convence, nos sana y nos nutre en nuestro viaje. En reconocimiento de la importancia de las Escrituras, el 26 de enero la Iglesia celebrará el primer “Domingo de la Palabra de Dios”.

La Palabra de Dios es esencial para nuestra identidad como cristianos. Nos da fuerza, sanación y nutrición. El Catecismo habla de las Escrituras como el lugar donde “la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (CIC, 104). Es fácil perder de vista lo bendecidos que somos de tener este poderoso regalo, este alimento espiritual.

¿Cuántos de nosotros podemos decir que en el último día o semana hemos leído estas palabras santas y transformadoras que Dios nos ha dirigido? ¿Amamos la Palabra de Dios y permitimos que se escriba en nuestra mente y corazón al leerla en oración y con frecuencia? ¿es la Palabra de Dios parte del tejido de nuestras vidas?

El gran predicador san Juan Crisóstomo dio una homilía sobre Mateo 2 en la que preguntó a las personas reunidas en la iglesia: ¿Quién puede repetir un salmo o cualquier otra porción de las Escrituras?

Miró a su alrededor y observó que “no había ni una” sola persona que pudiera responder. El argumento que escuchó con mayor frecuencia fue: “No soy … un monje, sino que tengo esposa e hijos, y el cuidado de mi hogar”.

San Juan Crisóstomo respondió que creer que leer la Biblia era solo para monjes es lo que los había llevado a la ruina, ya que aquellos que están en el mundo “reciben heridas diariamente” y tienen la mayor necesidad del medicamento de la Palabra de Dios. Como sabemos, los que tienen heridas y no las tratan, se infectan, y si no se tratan, pueden morir.

Consciente de la importancia vital de las Escrituras, el Papa Francisco anunció recientemente en su Carta Apostólica, Aperuit Illis, que el 26 de enero de 2020, el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, será el primer día en que toda la Iglesia observe el “Domingo de la Palabra de Dios”. Este día, escribió, debe estar marcado por la “celebración, estudio y divulgación de la palabra de Dios” (Aperuit Illis, 3).

Sin embargo, el Papa advierte que un día dedicado a la Biblia “no debe verse como un evento anual sino más bien como un evento durante todo el año, ya que necesitamos crecer urgentemente en nuestro conocimiento y amor de las Escrituras y del Señor resucitado” (AI, 8), para que nuestros corazones se purifiquen por su verdad y nuestros ojos se abran a nuestros pecados.

Entre las prácticas que frecuentemente recomiendo a las personas para promover una vida de conversión continua están la participación regular en los sacramentos y la oración diaria con las Escrituras. Específicamente, te alentó a la práctica de la Lectio Divina, que implica meditar en las Escrituras al involucrar tus pensamientos, imaginación, emociones y deseos mientras lees. El objetivo de Lectio Divina es principalmente experimentar un encuentro íntimo con Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. A través de este encuentro, todo nuestro ser se somete más estrechamente a Dios, recibiendo y creyendo cada vez más en el amor del Padre por nosotros de una manera personal y particular, aumentando así nuestro amor y conocimiento de las tres personas de la Santísima Trinidad.

Esta experiencia de escuchar la voz de Dios y familiarizarse con sus movimientos dentro de nosotros, cambia la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Pronto, nos volvemos mucho más atentos a su presencia en nuestras relaciones, en la creación y especialmente dentro de la Misa. “En este sentido, la lectura en oración de la Sagrada Escritura actúa como la puerta de entrada a un nuevo Edén, donde el hombre una vez más vive en la presencia consciente de su Hacedor y Salvador” (Sacraments Through Scripture: A Still Small Voice, p.4).

Sé que cuanto más leo y rezo con las Escrituras, y especialmente con los Evangelios, más se convierten en una palabra viva que penetra en mi corazón, de modo que me convenzo más del amor personal del Padre por mí.

Mientras lees esta columna, te animo a que pienses en cómo puedes usar el “Domingo de la Palabra de Dios” como una oportunidad para pedirle a Dios un amor más profundo por su Palabra y aumentar tu deseo de conocerlo a través de las Escrituras. San Jerónimo enseñaba que “la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”. Cuando conocemos a Jesús a través de la Biblia, realmente somos transformados y experimentamos alegría, incluso en tiempos de prueba o sufrimiento. Que cada uno de nosotros experimente un renovado amor por la Biblia para que seamos verdaderos discípulos que lleven a Cristo a los confines de la tierra.

Imagen destacada de Josh Applegate | Unsplash