En honor a Mary Machado: una vida entregada a la hospitalidad y al servicio oculto


“Para ella, la vida era Cristo y la muerte una ganancia” Padre Jacob Machado, homilía en el funeral de su madre
Este mes, la Arquidiócesis de Denver honra a Mary Machado, quien partió a la casa del Padre el 24 de junio de 2026, tras una breve batalla contra el cáncer de páncreas, como nuestra Discípula del Mes. Durante los casi 40 años que vivió en Denver, entregó su vida al servicio fiel de su familia, de la comunidad de educación en casa y de los sacerdotes y seminaristas de la arquidiócesis, edificando el Cuerpo de Cristo un encuentro, una comida y una sotana remendada a la vez.
Mary nació en Boise, Idaho, en 1964. Fue la primera de los cuatro hijos de David y Cecilia Lodzinski. Su familia se mudó con frecuencia durante su infancia y fue en esos años, primero en Idaho y después en Nuevo México, Virginia y Oregón, cuando comenzaron a echar raíces las semillas de su fe católica. Conoció a su esposo, Rick, el verano en que llegó a Oregón para terminar la preparatoria, y ambos contrajeron matrimonio en 1985 en la parroquia St. Patrick, en Vale. Después de obtener títulos universitarios en Gonzaga University y Ball State University, Mary y Rick se establecieron en Denver en 1988, pensando quedarse solo por un corto tiempo antes de regresar al oeste del país. Sin embargo, Denver se convirtió en su hogar durante los siguientes 38 años y en el lugar donde criaron a sus cuatro hijos: David, el padre Jacob, Leah y Joseph.
Mary era maestra por naturaleza, y el mundo entero era su salón de clases. Su padre le transmitió el amor por la botánica y la vida al aire libre, y ella, a su vez, compartió esa pasión con sus hijos a través de visitas al Jardín Botánico de Denver y de viajes familiares por carretera a parques nacionales. En el elogio fúnebre que compartió durante la vigilia, David recordó que, gracias a que Mary decidió educar a sus hijos en casa, la familia pudo pasar mucho más tiempo unida del que habría sido posible de otra manera, un regalo por el que, dijo, estarán eternamente agradecidos.
Gran parte de lo que enseñó fue más allá de las lecciones formales. Aunque nunca sentó a sus hijos para darles clases de cocina, los cuatro crecieron desenvolviéndose con soltura entre las ollas y los sartenes, después de haber aprendido, casi sin darse cuenta, el talento de su madre para preparar comidas deliciosas para toda la familia.
También fortaleció la red católica de educación en casa de la arquidiócesis al organizar excursiones, celebraciones de días de fiesta y encuentros que integraban el año litúrgico en el ritmo cotidiano de la vida familiar. Su propio hogar reflejaba esa misma devoción, viviendo intensamente cada tiempo de la Iglesia, desde la Vigilia Pascual hasta Todos los Santos, desde las Antífonas O hasta la Misa de Medianoche, haciendo de su casa una verdadera Iglesia doméstica.
El cuidado de Mary iba mucho más allá de su propia familia. Sentía una pasión especial por acompañar a las madres primerizas en la lactancia materna y con frecuencia llegaba temprano a las reuniones de la comunidad para brindar apoyo a las mujeres que afrontaban los desafíos de la maternidad. También mantenía una presencia muy activa en foros católicos de educación en casa, donde compartía recursos, listas de libros e ideas para vivir la fe en el hogar, ayudando a familias mucho más allá de su parroquia a descubrir la alegría que ella encontraba al criar hijos profundamente arraigados en la fe católica. Se calcula, de manera conservadora, que Mary acompañó a más de 8,000 madres primerizas durante los más de 35 años en los que brindó apoyo en lactancia materna.
Algunas de las labores más significativas de Mary transcurrieron lejos de los reflectores. Sirvió a los Servants of Christ Jesus (Siervos de Cristo Jesús). de maneras que muchos nunca llegaron a conocer: planchando manteles y lienzos litúrgicos, remendando sotanas y ayudando a preparar las celebraciones de sus fiestas patronales. También sirvió a sacerdotes y seminaristas del Seminario Teológico St. John Vianney de Denver y de toda la arquidiócesis, abriéndoles las puertas de su casa para compartir la cena, rezando diariamente por sus vocaciones y encontrando siempre formas de alentarlos, desde bolsas de san Nicolás hasta ramos espirituales ofrecidos durante sus retiros. Mucho antes de que su propio hijo fuera ordenado sacerdote, Mary ya había entregado su corazón a la formación sacerdotal. Esa entrega alcanzó un significado especial el 11 de mayo de 2024, cuando su hijo Jacob fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Denver.
En sus últimos años, Mary encontró una inmensa alegría al convertirse en “Amuma”, la palabra vasca para “abuela”, un homenaje a sus propias raíces vascas, para sus nietas. Incluso en sus últimos días, su familia recuerda que llevó su sufrimiento con una fortaleza y una paz admirables, pensando más en quienes amaba que en ella misma.
La Misa exequial de Mary, celebrada en la Catedral Basílica de la Inmaculada Concepción, fue presidida por su hijo, el padre Jacob Machado, y reunió a más de 50 sacerdotes, diáconos y seminaristas, además de un templo lleno de familias católicas y de educación en casa cuyas vidas habían sido tocadas por su testimonio. En su homilía, el padre Jacob habló con sinceridad de su dolor, al mismo tiempo que dirigió la mirada de los presentes hacia la esperanza que sostuvo a su madre hasta el final: que para quienes pertenecen a Cristo, la muerte no es el final, sino el paso a la vida.
La vida de Mary Machado es un testimonio de lo que sucede cuando una mujer se entrega por completo al servicio de su esposo, con quien compartió 41 años de matrimonio; de sus hijos, nietas y demás familiares; y de una Iglesia a la que amó profundamente y sirvió tanto en lo visible como en lo oculto. Por todo ello, Mary ha sido nombrada la Discípula del Mes.
Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para ella la luz perpetua.
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¿Conoces a alguien cuya vida refleje un discipulado excepcional? Nóminalo aquí y podría convertirse en el próximo Discípulo del Mes.








