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Image by Simon Berger

Perspective

El matrimonio en una era apostólica

  • Foto del escritor: Arzobispo Samuel J. Aquila
    Arzobispo Samuel J. Aquila
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura
Cruz de madera con dos anillos dorados sobre encaje blanco. Ambiente tranquilo y delicado. No hay texto visible.

Vivimos en lo que muchos han descrito como una “era apostólica”, semejante

a los primeros siglos de la Iglesia, cuando los cristianos proclamaban

el evangelio en un mundo que no compartía sus creencias sobre

Dios, la verdad o el sentido de la vida humana. En aquel tiempo, los cristianos

vivían, amaban y rendían culto de manera distinta a la del mundo. Y al hacerlo,

atraían a otros hacia la belleza de Cristo.


En nuestro tiempo, los fundamentos culturales que antes sostenían la vida

cristiana se han debilitado, y muchas personas hoy se encuentran con la enseñanza

de la Iglesia no como algo familiar, sino como algo ajeno. Pocas realidades

lo muestran con tanta claridad como el matrimonio.


Sin embargo, el matrimonio no es un tema secundario en la vida de la Iglesia.

Es uno de los “frentes” más importantes de la evangelización hoy. En esta

era apostólica, los matrimonios católicos son un signo profundo del plan de

Dios para la humanidad y una gran fuente de esperanza para la sociedad. Con

frecuencia desconciertan a la sociedad secular, que ha adoptado muchas enseñanzas

erróneas sobre el matrimonio.


Matrimonio como testimonio vivo del plan de Dios

El matrimonio cristiano es mucho más que una institución social, un contrato legal o una relación romántica. El matrimonio forma parte del designio de Dios, inscrito en la creación misma, y está destinado a revelar quiénes somos y para qué fuimos creados: para la comunión, la fecundidad y el amor fiel.


San Pablo, al escribir a los efesios, ofrece una descripción impactante del matrimonio, enseñando que la unión entre el esposo y la esposa está llamada a reflejar la unión de Cristo con su Iglesia. “Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Efesios 5, 25).


Esta es una afirmación audaz: el matrimonio está llamado a ser imagen del amor de alianza de Jesús como signo para el mundo. Cuando un hombre y una mujer viven fielmente el sacramento, el mundo recuerda que el amor es posible, que la verdad importa, que el compromiso es bueno y que el plan de Dios no es restrictivo, sino una fuente de vida. En el matrimonio, el mundo percibe el valor de lo que Dios ha revelado: que hemos sido creados para un amor permanente, fiel y fecundo.


Es importante señalar que las dificultades del matrimonio no anulan este testimonio, sino que lo profundizan. El testimonio se vuelve más cercano cuando los esposos soportan el sufrimiento, perseveran en medio de las dificultades y permanecen fieles incluso cuando esto tiene un costo. El mundo no necesita matrimonios perfectos; necesita matrimonios anclados en Jesucristo y fortalecidos por la gracia.


Aprender a amar: el trabajo más difícil de nuestra vida

En el corazón del matrimonio está el amor. El amor es una decisión, un acto de la voluntad que busca el bien del otro, una virtud, una entrega cotidiana.


Uno de nuestros sacerdotes aquí en la arquidiócesis, al preparar a las parejas para el matrimonio, suele recordarles: “No se casan porque están enamorados; se casan para aprender a amar”. Estas palabras encierran una gran sabiduría.


El matrimonio es una escuela de amor. Amar bien exige sacrificio, paciencia y crecimiento en la virtud. Requiere no ponerme a mí mismo en primer lugar, la disposición a morir a uno mismo, a veces de maneras muy ordinarias: escuchar cuando preferirías hablar, perdonar cuando preferirías aferrarte al resentimiento, servir cuando te sientes cansado o incomprendido.


Una vez más, san Pablo dirige nuestra mirada hacia Cristo. Jesús amó a la Iglesia no con sentimentalismo, sino con el don total de sí mismo. En un matrimonio verdaderamente cristiano, tanto el esposo como la esposa están llamados a esta entrega mutua de sí. No es una tarea de un solo lado. Cada cónyuge está llamado a dar, recibir, servir y buscar el bien del otro.


Este amor sacrificado es, paradójicamente, el secreto de la alegría. Un matrimonio arraigado en la entrega se convierte en un lugar de paz, estabilidad y esperanza. Cuando los esposos viven el uno para el otro en Cristo, descubren que el Señor no disminuye su felicidad, sino que la hace posible.


Un testimonio que el mundo necesita con urgencia

Hoy, el testimonio de matrimonios católicos sólidos es vital. El papa san Juan Pablo II dijo una vez: “Según vaya la familia, así irá la nación y así irá el mundo en el que vivimos”.


Esta verdad es visible a nuestro alrededor. Cuando las familias florecen, la sociedad se fortalece. Cuando las familias se fracturan, la sociedad sufre. Dado que la familia es la “Iglesia doméstica”, la salud de la vida familiar es inseparable de la vitalidad de nuestras parroquias y de la misión de la Iglesia.


Pero amar bien hoy no es fácil. Muchas tentaciones y fuerzas empujan a las parejas a cerrarse en sí mismas en lugar de abrirse al otro. La naturaleza devoradora de la tecnología, el acceso constante al entretenimiento pasivo y las intensas exigencias del trabajo y la productividad pueden reducir silenciosamente el tiempo, la atención y la ternura que el matrimonio necesita.


Todo esto compite por nuestro afecto y dificulta amar al cónyuge con la generosidad deliberada que el matrimonio exige.


Sin embargo, precisamente por eso el matrimonio es un testimonio tan poderoso en una era apostólica. Una pareja fiel proclama con su vida que el amor no es una emoción pasajera, sino una vocación, una alianza y un camino de santidad.


Todo matrimonio cristiano auténtico también apunta más allá de sí mismo, hacia la unión definitiva para la que todos hemos sido creados: las Bodas del Cordero, cuando Cristo y su Esposa, la Iglesia, estén unidos para siempre en el cielo.


En esta era apostólica, quiero animar a cada matrimonio: amén con valentía. Amén con espíritu de sacrificio. Amén con paciencia. El mundo necesita su testimonio. Su matrimonio no es solo para ustedes; es para la salvación de las almas. A través de su fidelidad, sus hijos aprenden a esperar. A través de su perseverancia, otros ven lo que es posible. A través de su amor, el evangelio se vuelve creíble. He conocido a muchas parejas comprometidas y casadas que, al conocer la visión evangélica del matrimonio y vivirla, comparten que sus vidas siguen creciendo en alegría, esperanza e intimidad, incluso en tiempos de sufrimiento y prueba, porque están arraigadas en el amor de Dios tal como Jesús nos lo ha revelado.


Que el Señor fortalezca a todos los matrimonios con la gracia del sacramento y que nuestras familias se conviertan en signos radiantes del plan de Dios en esta era apostólica.

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