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Image by Simon Berger

Perspective

Vergüenza, sexualidad y lo sagrado: una reflexión desde la Teología del Cuerpo

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 23 horas
  • 4 Min. de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Por Mary Beth Bonacci


Cuando daba charlas a adolescentes, siempre había un momento en la presentación en el que el público sabía que nos estábamos acercando peligrosamente a hablar de s-e-x-o. En ese punto, yo decía: “Sé lo que están pensando. ‘Ay no, va a hablar de sexo. Por favor, que no empiece con los detalles. Me da muchísima pena’. Y luego, ‘¿Por qué me da tanta pena? Seguro que hay algo mal conmigo y voy a crecer siendo un adulto raro, reprimido sexualmente’. Y después: “¿Cómo sabe esta señora que estoy pensando en todo esto?”.


Una mamá me contó que, al salir de la escuela, su hijo de secundaria corrió hacia el coche y le dijo sin aliento: “¡Mamá, esta señora sabía lo que estábamos pensando!”.


Yo lo sabía porque es normal. Por eso, para su alivio, no hablábamos de esos detalles. Pero lo que hemos perdido en nuestra sociedad es el sentido de por qué es normal.


En el Jardín, Adán y Eva estaban “desnudos, sin avergonzarse”. Como el amor entre ellos era perfecto, la desnudez era segura. Pero luego pecaron y lo primero que hicieron fue cubrirse. ¿Por qué?


Como ya hemos visto, el significado del cuerpo y de la expresión sexual no cambió. Lo que sí cambió fue el corazón humano, que ahora es capaz de tratar al otro como un objeto de uso en lugar de un ser digno de amor. Y así, san Juan Pablo II dijo que la “vergüenza” entró en el mundo.

Ahora bien, la palabra “vergüenza” puede definirse de muchas maneras. La Teología del Cuerpo nos ofrece una definición positiva: es la inclinación a ocultar aquello que es bueno, pero que es vulnerable al mal uso o al abuso. Como el cuerpo, y especialmente sus partes sexuales.


San Juan Pablo II dijo: “Una cosa es ser consciente del valor del sexo como parte de todo el rico conjunto de valores con que la mujer se presenta ante el hombre. Otra cosa es ‘reducir’ toda la riqueza personal de la feminidad a ese único valor, es decir, al sexo, como objeto adecuado para la satisfacción de la propia sexualidad”.


En otras palabras, la forma más pura de la atracción sexual se presenta como parte de una atracción más amplia hacia la persona y la totalidad de sus rasgos, su personalidad, sus virtudes, etcétera. Pero fuera del Edén, podemos reducir a una persona preciosa, de valor infinito, únicamente a sus partes sexuales, como instrumentos para nuestra propia satisfacción. La atracción natural hacia los cuerpos no es mala; es espontánea e involuntaria. Pero buscar ese placer de manera aislada, considerar la posibilidad de usar a esa persona, de reducirla en nuestra mente o en nuestras intenciones a un instrumento de satisfacción, eso sí está mal.

Y por eso cubrimos esas partes. Porque distraen nuestra capacidad de enfocarnos en la persona y de ver la imagen completa y preciosa de Dios que tenemos delante.


Los seres humanos llegamos al mundo con una vergüenza natural ante las conversaciones sexuales explícitas. ¿Recuerdas cuando eras niño sentirte profundamente incómodo ante cualquier tipo de información remotamente sexual? ¿Cómo adulto, te has sonrojado al escuchar algo explícito?


Durante generaciones, hemos creído que esta reacción debe tener su origen en algún tipo de represión puritana heredada, por lo que reaccionamos negativamente porque creemos que el sexo es sucio o malo. La mojigatería, la creencia de que la sexualidad humana es mala, ciertamente existe en nuestro mundo. Es un error, una mentira, una distorsión. Pero no creo que estas reacciones sean un ejemplo de mojigatería. Creo que forman parte del diseño de Dios. Creo que él nos creó para que nos sintamos incómodos al hablar públicamente de temas sexuales explícitos. No porque el sexo sea malo, sucio o perverso. Todo lo contrario. Reaccionamos así porque la sexualidad humana es sagrada.


La palabra “sagrado” significa “separado”: algo tan bueno, tan hermoso que lo colocamos en una categoría aparte. No lo tratamos de la misma manera que los aspectos ordinarios de la vida cotidiana. La Eucaristía es sagrada. Creemos que es verdaderamente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Por eso no la dejamos en ningún lugar de la casa. La colocamos en un sagrario, rodeada de velas encendidas. Hacemos una genuflexión al pasar delante de ella. La separamos de la vida ordinaria.


La expresión sexual humana es igualmente sagrada. Es ese mundo hermoso y privado donde el esposo y la esposa comparten los aspectos más profundos e íntimos de su amor. Es un ámbito que solo les pertenece. Y es tan poderoso que es el acto mediante el cual Dios crea nuevas vidas humanas con alma eterna. Se entiende por qué quizá no querría que habláramos de ello del mismo modo en que hablamos del fútbol.


En nuestra cultura, hemos perdido por completo el sentido de lo sagrado: que algo, especialmente el cuerpo y la sexualidad, pueda ser tan importante y maravilloso que lo tratemos con una reverencia especial.


Creo que es momento de recuperar ese sentido de lo sagrado.

 


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