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Image by Simon Berger

Perspective

Un amor que no deja de crecer: una discípula llamada a la maternidad espiritual

Foto del escritor: Arquidiócesis de Denver
Arquidiócesis de Denver
hace 6 horas
4 min de lectura

Desde un campo de misión en China hasta un salón de preescolar, el amor por los demás de una feligresa de Spirit of Christ sigue encontrando nuevas formas de expresarse.


Mujer sonriente con gafas y camiseta rosa ante montañas al atardecer; abajo dice Appeal in Action.
(Foto proporcionada)

Mary Ann Mahoney todavía puede visualizar aquella banca: la segunda de la izquierda, en la parroquia Shrine of St. Anne, en Arvada, durante la Misa de las 9:00 a. m., cada domingo de su infancia, incluso durante la tormenta de nieve del día de Navidad de 1982.


La fidelidad de su familia, que nunca faltaba a una sola Misa dominical, marcó la pauta de una vida que, desde entonces, la ha llevado de un campo de misión en China a un salón de preescolar y, ahora, hacia una vocación de la que quizá muchos católicos ni siquiera hayan oído hablar. Si le preguntan a Mary Ann qué hace en la parroquia Spirit of Christ, en Arvada, les hablará de cómo se enamoró de Jesús a los 16 años y de cómo todo lo demás —la enseñanza, las tutorías, la pastoral juvenil, la música e incluso el discreto trabajo detrás de la cabina de sonido como voluntaria de audio y video— surge de esa única respuesta.


“Todo cambió en mi manera de ver a Dios cuando participé en un retiro Teens Encounter Christ durante mi penúltimo año de preparatoria”, dijo Mary Ann. “Me enamoré de Jesús. Saber que él me amaba me dejó maravillada y me hizo querer hacer todo lo que estuviera en mis manos para demostrarle cuánto lo amaba”.


Ese amor la llevó a China unos años después como misionera, animada por el difunto monseñor Ken Leone. Planeaba quedarse solo el tiempo suficiente para “sacarme de la sangre eso de ser misionera”, dijo. Se quedó seis años.


Cuando regresó a casa, Mary Ann rezó para discernir dónde debía servir y sintió un llamado a la pastoral juvenil con estudiantes de preparatoria. Eso fue hace 25 años y todavía sigue ahí. Ese mismo llamado a acompañar a los demás finalmente la llevó al ministerio de Orden de Iniciación Cristiana para Adultos (OCIA, por sus siglas en inglés), donde acompaña a adultos que se preparan para entrar en la Iglesia católica. Toca la guitarra en diversos retiros y, una vez al mes, durante la Misa en Spirit of Christ. Cuando no está sirviendo en la parroquia, Mary Ann da clases de preescolar, algo que describe primero como un llamado y, en segundo lugar, como un trabajo.

Si le preguntan por qué sigue diciendo que sí a un ministerio más, a un compromiso más, su respuesta es sencilla.


“Al que se le dio mucho, se le reclamará mucho”, dijo, haciendo referencia a Lucas 12,48. “Dios me ha dado mucho, y lo menos que puedo hacer es usar todo lo que él me ha dado para servirlo sirviendo a los demás. Además, aunque suene egoísta, ¡servir a Dios me da muchísima alegría! ¿Quién no querría esa alegría?”.


Detrás de toda la enseñanza, la música, las misiones y el ministerio hay un discernimiento que está transformando la manera en que Mary Ann entiende su vida. Hace cuatro años, el padre Trevor Lontine le preguntó si alguna vez había considerado la vocación de la virginidad consagrada. No lo había hecho. Ni siquiera sabía en qué consistía.


“Ciertamente, no puedes discernir algo que ni siquiera entiendes”, dijo. “Comencé a investigar de qué se trataba y sentí como si estuviera leyendo acerca de aquello a lo que había sido llamada desde siempre”.


Mary Ann se había enamorado de Jesús a los 16 años y suponía, como suele suceder, que algún día se casaría y formaría una familia. Pero lo que encontró fue una profunda plenitud al amar a los niños, servir a la Iglesia y a Jesús.


“Quizá la revelación más grande es que Dios me desea”, dijo. “Nunca sentí que un hombre pudiera desearme lo suficiente como para querer ser mi esposo y ahora me doy cuenta de que Jesús me ha estado reservando para él desde siempre”.


Ese descubrimiento también le permitió ponerle nombre a algo que Mary Ann siempre había sentido: que era una madre espiritual.


“Amo a mis alumnos, a mis sobrinos, a mis ahijados y a todos los niños que forman parte de mi vida con un amor muy profundo”, dijo. “Dios me ha dado muchísimos hijos espirituales”.


Quienes conocen bien a Mary Ann suelen describirla como una Marta con corazón de María: siempre dispuesta a ponerse manos a la obra y servir, pero a quien le cuesta más quedarse quieta. Ella no lo niega. Servir le resulta natural, pero le ha tomado años cultivar su vida interior de oración hasta llegar al punto en el que se encuentra ahora. Actualmente procura reservar un tiempo después de la oración de la mañana simplemente para “estar” con Jesús. Cada vez se siente más atraída por las capillas de adoración, especialmente la de Spirit of Christ, donde pasa después del trabajo para leer, descansar o simplemente escuchar.


Mary Ann atribuye gran parte de su formación a los sacerdotes que la han acompañado a lo largo de las décadas, y esa gratitud la impulsa ahora a rezar constantemente para que más hombres digan sí al sacerdocio. Mientras discierne la virginidad consagrada, ha comenzado a reconocer su propia e inesperada vocación, una que, de alguna manera, ya conocía y cuyo origen puede rastrear hasta aquella adolescente sentada en una banca, enamorándose por primera vez.


¡Felicidades, Mary Ann, por haber sido nombrada Discípula del Mes de la Colecta Anual del Arzobispo!

 

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