“Todo está en la entrega”: palabras de reflexión y agradecimiento del arzobispo Samuel
- Arzobispo Samuel J. Aquila
- hace 2 horas
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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
En esta carta de despedida, quiero compartir algunos de los dones que he recibido como sacerdote, obispo y discípulo de Jesús, sirviéndole a él y a los fieles que ha puesto en mi camino a lo largo de los años. Son dones innumerables, inmerecidos y no ganados por mis méritos.
Al recordarlos, llenan mi corazón de asombro y de gratitud al Padre, a Jesús, al Espíritu Santo y a María, como mi madre.
Escribo esta carta en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes y me transporta a mi primer viaje a Lourdes con mi familia en 1964. Visitamos a familiares en Sicilia y luego recorrimos el norte de Italia, Suiza y Francia. En Lourdes, recuerdo lo mucho que me conmovió la procesión de los enfermos.
La fe firme de quienes se dirigían a la gruta y a los baños tocó profundamente mi corazón. Su fe era palpable y real, recordándome a la de mi abuela. De niño, la veía orar con fervor, a veces con lágrimas corriendo por sus mejillas. La fe en Jesús y en María, que me guiaba hacia Jesús, siempre me acompañó, incluso en los momentos en que estaba lejos del Señor. La fe es un don que el Señor me invitó a recibir desde niño y de joven, y que marcó el comienzo de mi camino hacia donde estoy hoy.

La misericordia lo es todo
Cuando estaba en el seminario, uno de mis apostolados fue en el Hospital Luterano. Recuerdo haber hablado y escuchado a una mujer que, décadas atrás, se había sometido a un aborto. Ella creía que Dios nunca la perdonaría. Le dije que no podía escuchar su confesión (ya que todavía era seminarista), pero que me aseguraría de que un sacerdote fuera a verla. Le aseguré que Dios la perdonaría.
Unas semanas después recibí una carta suya, en la que me decía que se había confesado. Se sentía libre de la vergüenza y de la culpa. Me agradecía profundamente y me decía que, gracias a mí, había crecido su confianza en la misericordia del Padre. Aquella carta no solo confirmó mi llamado al sacerdocio, sino que también me enseñó que el amor, la misericordia y el perdón del Padre son dones puros cuando abrimos el corazón a él y nos arrepentimos de nuestro pecado.
Además, al reflexionar con ello a lo largo de los años, me enseñó que Dios es fiel a sus promesas: “Aunque fuesen sus pecados rojos como la grana, como nieve blanquearán; y así rojeasen como el carmesí, como lana quedarán” (Isaías 1, 18). “Como se alzan sobre la tierra los cielos, igual de grande es su amor con sus adeptos; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros crímenes” (Salmos 103, 11-12). El don de la misericordia del Padre espera a todos los pecadores, cuando se apartan de su pecado y se arrepienten.
Cuando escucho confesiones, estoy llamado a ser misericordioso y a conducir a las personas a la misericordia de Jesús, sin aprobar ni justificar el pecado, sino afirmando siempre su misericordia y su perdón, por grande que sea la falta.

Todo está en la entrga
Después de mi ordenación sacerdotal en 1976, comencé a asistir a retiros ignacianos de ocho días, dirigidos y en silencio. En el seminario, descubrí que el silencio me ayudaba en la oración y a crecer en la intimidad con cada persona de la Trinidad. En el 2004, como obispo, pude vivir un retiro de silencio de 30 días. Llevaba 28 años de sacerdocio en aquel entonces, tres de ellos como obispo en Fargo, Dakota del Norte.
Durante la primera semana del retiro, aprendí de Dios el profundo don de la entrega. Había tenido momentos de entrega en mis inicios sacerdotales: morir a mí mismo y vivir para Dios y para los demás. La entrega de Jesús en su Pasión y en la Eucaristía siempre me pareció una invitación.
En esa primera semana del retiro, fui a comprar un helado y escuché a una joven pareja que caminaba delante de mí, hablando sobre la adoración eucarística. Me dio curiosidad y, discretamente, escuché su conversación. Era intensa; el joven hablaba con pasión mientras avanzábamos por la calle, y yo unos pasos detrás. En cierto momento se detuvieron, y yo también, fingiendo mirar un edificio al otro lado de la calle, pero atento a lo que decían. Él comenzó a hablar de la presencia real de Jesús y de cómo él y tres amigos conducían en silencio para prepararse para su encuentro con Jesús al ir a la adoración. Ella parecía desconcertada y le preguntó por qué. Él respondió: “¿No lo ves? Todo está en la entrega. Nuestra entrega a Jesús”.
“Todo está en la entrega” se convirtió en el tema de aquel retiro de 30 días. Un don puro, dado por el amor providente en ese momento y que permanece conmigo hasta hoy. Al orar con esa frase, comprendí que mi lema episcopal, tomado de las últimas palabras de María en el Evangelio de San Juan, “Hagan lo que él les diga” (Juan 2, 5), forma parte de esa entrega. Aunque no era consciente de la entrega que conllevaba cuando elegí el lema varios años antes, el Señor lo sacó a la luz. Años después, conocí la Novena de la Entrega y la he rezado regularmente desde entonces, reiniciándola cada nueve días.

Gratitud
Esto me lleva al último don que quiero compartir, aunque hay muchos más: el don de la gratitud por estos casi 50 años de sacerdocio y 25 años de servicio como obispo. Una gratitud profunda que desborda del amor de la Trinidad.
Nunca imaginé que recibiría tantos e innumerables dones a lo largo de mis años de ministerio. El Señor me bendijo con muchas personas para servir como vicario parroquial y como párroco. Me bendijo durante mis estudios de posgrado en Roma y en mi cercanía con el papa san Juan Pablo II, tanto allí como durante la Jornada Mundial de la Juventud de 1993, que trajo innumerables bendiciones a la Arquidiócesis de Denver, incluyendo la fundación de dos nuevos seminarios, en uno de los que fui rector fundador.
El Señor me bendijo de nuevo al llamarme a ser obispo de una diócesis rural, sin saber nada de la vida rural. Me enamoré del amor de Jesús por el clero y los laicos de la Diócesis de Fargo, donde serví durante 11 años. Fue una gran bendición poder ayudar a la gente de Fargo a encontrar a Jesús, a crecer en el amor por los sacramentos y a estar en misión.
Y luego, en julio de 2012, me bendijo de nuevo al llamarme de regreso a la diócesis donde fui ordenado y serví como sacerdote, pero ahora como arzobispo. ¡Estos últimos 13 años han sido un regalo maravilloso del Padre! Incluso en medio de los desafíos que vivimos durante ese tiempo. Agradezco al clero, a los religiosos y a los laicos por lo que hemos trabajado juntos, especialmente al pasar del mantenimiento a la misión, poniendo a Jesús y a la oración en primer lugar en nuestras vidas y viendo el crecimiento en nuestras parroquias, con muchos nuevos en la fe y otros que regresan, como el hijo pródigo.
Agradezco el asombroso florecimiento de vocaciones al sacerdocio. Estoy agradecido por el equipo de la Curia, de las parroquias y de los ministerios, porque muchos de nosotros hemos llegado a descubrir que es el plan de Dios, no el nuestro, el que estamos llamados a cumplir. Hemos aprendido a reconectar nuestras vidas con una cosmovisión bíblica y a poner a Jesús en primer lugar.
Mi amado rebaño, sepan que siempre los llevaré en mi corazón y en mi oración durante este tiempo de jubilación. Les pido que se unan a mí para elevar nuestros corazones en gratitud a la Trinidad por todo lo que el Señor ha logrado a través de nuestra entrega a él durante estos años de servicio y por el crecimiento de nuestra fe en él. Jesús es fiel a sus promesas en Juan 15: cuando nos mantenemos unidos a él, la Vid, y permanecemos en él, ¡daremos mucho fruto! Es su fruto el que nace a través de nosotros y nos brinda su alegría.
Ahora les pido que reciban con sincera alegría, como yo lo he hecho, a nuestro nuevo pastor, el arzobispo designado James Golka, quien continuará guiándolos con el corazón del buen pastor. Como dijo san Pablo: “Estoy firmemente convencido de que quien inició en ustedes la buena obra la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús” (Filipenses 1, 6).
¡Alabado sea Jesucristo, ahora y por siempre!





