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Image by Simon Berger

Perspective

Siguen siendo familia: Misa Conmemorativa Anual de Diáconos une a generaciones en oración y esperanza

Foto del escritor: Diácono Ernie Martinez
Diácono Ernie Martinez
hace 3 horas
5 min de lectura
Diáconos de la arquidiócesis rezan durante la Misa Conmemorativa Anual de Diáconos, en la que se recuerda a los diáconos y a las esposas de diáconos fallecidos. (Foto de Jen Majewski, cortesía de la Oficina Arquidiocesana del Diaconado).
Diáconos de la arquidiócesis rezan durante la Misa Conmemorativa Anual de Diáconos, en la que se recuerda a los diáconos y a las esposas de diáconos fallecidos. (Foto de Jen Majewski, cortesía de la Oficina Arquidiocesana del Diaconado).

Cuando se mencionó el nombre de su abuela durante la Misa Conmemorativa Anual de Diáconos, tres nietos voltearon a ver a su abuelo diácono y sonrieron.


Para el diácono Robert Hoffman, de la parroquia Christ the King en Evergreen, aquel sencillo gesto de Greyson, Arthur y Anthony reflejó algo profundo: el dolor de la pérdida vivido desde la fe, el recuerdo que se mantiene vivo mediante la oración y una familia rodeada del amor de la Iglesia.


En un hermoso y soleado día de otoño, el 2 de octubre, el arzobispo de Denver, monseñor James Golka, se reunió con diáconos, viudas y viudos de diáconos y sus familias en el cementerio católico Mount Olivet, en Wheat Ridge, para celebrar la Misa Conmemorativa Anual de Diáconos. La celebración, que tuvo lugar en la capilla Gallagher durante la memoria de los Santos Ángeles Custodios, fue un conmovedor recordatorio del amor y el cuidado de Dios por su pueblo, tanto a través de lo que podemos ver como de lo que permanece invisible a nuestros ojos.


Los presentes llegaron con nombres, recuerdos y un amor perdurable por quienes habían contribuido a la formación de la comunidad diaconal.


“Es un gran honor estar aquí con ustedes para ofrecer esta Misa por sus familiares”, dijo el arzobispo James.


Al reflexionar sobre sus primeros seis meses en la arquidiócesis, expresó su gratitud por los años de ministerio de los esposos y padres a quienes se recordaba, así como por el servicio de los diáconos reunidos ante él.


“Los diáconos son servidores humildes. Nos muestran a Cristo Servidor”, dijo, yendo más allá de una descripción del ministerio para señalar su fundamento espiritual. “Si no tienen un corazón de servidor, nunca podrán ejercer su ministerio en la persona de Jesucristo”.


El arzobispo James también habló de la compañía de quienes están en el cielo y tomó como ejemplo a santa Teresita de Lisieux y a santa Juana de Arco. Invitó a los presentes a pedir su intercesión por los diáconos, sus familias, las viudas y toda la arquidiócesis de Denver. En un día dedicado a los Santos Ángeles Custodios, su invitación recordó a los fieles que llevamos nuestro dolor y nuestras oraciones a una comunión mucho más grande que la de quienes podemos ver reunidos a nuestro alrededor.


(Fotos de Jen Majewski, cortesía de la oficina arquidiocesana del diaconado).



Ese corazón de servidor del que habló el arzobispo se manifiesta en innumerables encuentros: al proclamar el evangelio, al visitar a los enfermos, al acompañar a quienes sufren la pérdida de un ser querido y al ofrecer una presencia fiel cuando resulta difícil encontrar las palabras adecuadas. Dentro del matrimonio y la familia, ese servicio se sostiene gracias a sacrificios que muchas veces pasan desapercibidos para el resto de la Iglesia.


La Misa conmemorativa llevó esas vidas y sacrificios a la oración de la comunidad, recordando tanto a las esposas fallecidas como a los diáconos difuntos y acogiendo a quienes siguen sintiendo el dolor de su ausencia.


Antes de la Misa, el diácono Robert Hoffman y sus nietos visitaron la tumba de su esposa, Bonnie Hoffman, ubicada junto a la capilla Gallagher.


“Rezamos por el alma de la abuela y le pedimos que intercediera por nosotros”, recordó.

Después, durante la liturgia, los niños escucharon su nombre.


“Cuando mencionaron el nombre de su abuela junto con los de los diáconos y las esposas de diáconos que habían fallecido durante el último año, todos mis nietos se voltearon a verme y sonrieron”, contó.


Para Robert, ver a la comunidad rezar por Bonnie fue una hermosa gracia y un poderoso testimonio de la fe católica: el amor continúa más allá de la muerte y la oración sigue siendo una expresión de ese amor.


Mary Grimm, viuda del diácono Paul Grimm, también agradeció que se recordara a las esposas de los diáconos.


“Me alegró ver que se recordara tanto a las esposas de los diáconos como a los propios diáconos”, dijo. “Como siempre, ver a tantos diáconos asistir a la Misa es un hermoso recordatorio de la fraternidad que existe entre ellos”.


Mary también agradeció la presencia del arzobispo James Golka y la oportunidad de conversar durante la convivencia al aire libre que se realizó después de la Misa. Esas conversaciones permitieron que la oración de aquel día se prolongara en encuentros personales, fortaleciendo amistades y dando espacio para compartir recuerdos.


Para Sherryl Gollhofer, viuda del diácono Jim Gollhofer, el encuentro reafirmó que ella sigue formando parte de esta comunidad.


“La Misa fue hermosa, una gran bendición para mí y mi familia”, expresó. “El sentido de comunidad y unión fue una muestra de que, incluso después de la muerte, las familias de los diáconos siguen siendo parte de la familia de la Iglesia”.


Sherryl agradeció especialmente que se reconociera a las familias presentes, incluidos los diáconos que viven el duelo por la muerte de sus esposas.


El diácono Kevin Leiner, de la parroquia All Souls, en Englewood, tuvo una conexión inesperada al reconocer a algunas personas que solía ver en la Misa diaria.


“Me sorprendió descubrir que eran familiares de un diácono muy querido que había fallecido y de su esposa”, contó. “Es increíble cómo Dios nos mantiene unidos a todos, incluso cuando no nos damos cuenta”.


Estos vínculos muestran por qué este encuentro anual es tan importante. Escuchar el nombre de un ser querido en voz alta le recuerda a una familia que esa persona no ha sido olvidada. La presencia de un hermano diácono demuestra que sus años de servicio siguen siendo valorados. Una conversación después de la Misa le recuerda a alguien que está de luto que todavía tiene un lugar en esta comunidad.


Como director de los diáconos, tengo muy presente esta convicción: nuestra responsabilidad hacia la familia de un diácono no termina en el cementerio. Su viuda sigue siendo nuestra hermana y sus hijos siguen siendo parte de nuestra familia. Y un hermano diácono que llora la muerte de su esposa debe saber que caminaremos a su lado. La fraternidad que profesamos debe convertirse en una presencia fiel y constante.


En Mount Olivet, esa responsabilidad se manifestó a través de la oración más poderosa de la Iglesia: el santo sacrificio de la Misa.


Juntos, encomendamos a nuestros hermanos difuntos y a sus esposas a la misericordia de Jesucristo. Juntos, pedimos consuelo para quienes lloran su partida. Y en las sonrisas de tres nietos pudimos vislumbrar la fuerza serena de una fe que se transmite de generación en generación.

 

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