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Image by Simon Berger

Perspective

Orando con María al pie de la cruz en esta Cuaresma

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 27 feb
  • 4 Min. de lectura
Mujer con halo y manto negro sostiene un pañuelo blanco, aves coloridas alrededor. Fondo dorado con calavera y huesos. Expresión triste.
María al pie de la cruz, por Elizabeth Zelasko. (Foto de archivo de El Pueblo Católico)

Por Elizabeth Zelasko


La Iglesia católica se encuentra hoy en las primeras etapas de una novena de nueve años, en camino hacia el 2,000 aniversario de la crucifixión y muerte de Jesucristo. A medida que avanzamos hacia ese aniversario, el arzobispo de Denver, Samuel J. Aquila, tuvo la idea de reunir a los fieles en oración en torno a una imagen sagrada, un ícono que nos ayudara a adentrarnos, año tras año, más profundamente en el misterio de la Cruz.



Me sentí profundamente honrada cuando me confió esa tarea.


Me dio libertad para crear el ícono; su única petición fue que representara a María al pie de la cruz. El arzobispo Samuel pudo haber pedido a Cristo crucificado, y ciertamente habría sido apropiado, pero eligió, con un instinto profundamente católico, llevarnos a Jesús por medio de María.


Cuando llegué a nuestra primera reunión, llevé dos bocetos conceptuales. Se eligió uno y regresé a casa para comenzar el trabajo.


Pero, en realidad, esta imagen comenzó mucho antes de aquella reunión.


Hace años, cuando era una joven estudiante de iconografía en la ciudad de Nueva York, el Museo Metropolitano de Arte presentó una exposición de íconos bizantinos. Como se puede imaginar, los íconos muy antiguos no se trasladan con facilidad, por lo que era una oportunidad extraordinaria. Recuerdo que caminaba por las galerías, inmersa en siglos de belleza sagrada, cuando un pequeño ícono me dejó sin aliento.


Era María al pie de la cruz.


Elizabeth Zelasko utilizó un ícono tradicional de la Madre Dolorosa como referencia para el ícono arquidiocesano, María al pie de la Cruz. (Foto: Dominio público
Elizabeth Zelasko utilizó un ícono tradicional de la Madre Dolorosa como referencia para el ícono arquidiocesano, María al pie de la Cruz. (Foto: Dominio público

Quizá sea simplemente mi temperamento melancólico, pero me sobrecogió el dolor en su rostro. Caminé directamente hacia él, cautivada. Algo en ella me atrapó y tuve una pregunta urgente: ¿Por qué tenía las manos colocadas de esa manera? Me acerqué y leí la ficha explicativa. El ícono había formado parte de un tríptico: Cristo crucificado en el centro, Juan el amado a un lado y María al otro. Ella estaba de pie bajo su hijo mientras él colgaba de la cruz, y sus manos estaban colocadas como si recordara cuando lo sostenía en brazos de bebé. Solo que ahora sus brazos estaban vacíos.


Rompí en llanto en medio del museo. No me importó quién me viera. Aquel pequeño ícono traspasó mi corazón tan profundamente ese día que nunca me ha abandonado. Por eso, cuando el arzobispo me pidió a María al pie de la cruz, la composición ya estaba definida. No tenía duda de que llevaría la misma postura.


Nuestra santísima Madre tiene muchos títulos. Uno de ellos, que alude a su dolor, es Stabat Mater, que significa “la Madre estaba de pie”. Ella estuvo de pie junto a la cruz. No se desplomó en la desesperación. No huyó. No perdió la esperanza. Aunque espadas atravesaron su corazón, permaneció como el vaso más puro de la confianza en Dios. Su dolor fue real y devastador, pero nunca estuvo separado de una confianza y una fe absolutas.


A san José se le llama a menudo el terror de los demonios, pero ciertamente nuestra Señora comparte ese título. Los demonios se retuercen de dolor no ante una demostración ruidosa de poder, sino ante su humildad radical y su obediencia inquebrantable, precisamente lo que ellos rechazaron. De pie al pie de la cruz, en su silenciosa perseverancia, resplandecía con una fortaleza que el infierno no podía soportar.


No es poca cosa ser católico durante la Cuaresma y el Triduo Pascual. La Iglesia nos toma de la mano cada año y nos conduce por la Pasión. Besamos la cruz. Veneramos sus llagas. Lo sepultamos. Permanecemos en silencio el Sábado Santo. Y luego llega el domingo. El rito oriental canta con fuerza en la mañana de Pascua:


“El ángel exclamó a la llena de gracia:‘¡Alégrate, oh Virgen santa, y de nuevo te digo: alégrate!Tu Hijo ha resucitado del sepulcro al tercer díay ha vencido a la muerte;¡pueblos, regocíjense!’”.

María estuvo de pie en el Calvario, pero también estuvo de pie a la luz de la Resurrección. ¡Qué hermoso es nuestro Dios! ¡Qué hermosa es nuestra Iglesia! ¡Qué hermosa es nuestra Señora! Somos un pueblo que no está exento del sufrimiento, pero tampoco está privado de la gloria. Esta Cuaresma, elijamos estar más cerca de este ícono de María. Que nuestros corazones sean traspasados como el suyo y también sean sanados por el bálsamo de la Resurrección.



Estaré siempre agradecida con el arzobispo Samuel por permitirme crear este ícono para la arquidiócesis y por los muchos años en que nos ha guiado con tanta fidelidad como buen pastor. Quisiera concluir compartiendo la oración que él nos ha dado para acompañar esta imagen.


Oh, Santísima Virgen María, que permaneciste firme al pie de la cruz, nunca abandonaste a tu Hijo, Jesús, incluso en la hora de su Pasión y Muerte.
Honramos tu valentía, esperanza y profundo amor por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Concédenos, a quienes deseamos estar contigo al pie de la cruz, la gracia de abrir nuestros corazones a los misterios de la salvación, que seamos fortalecidos en la esperanza por la Pasión de Jesús, y que vivamos en entrega al plan del Padre.
Te pedimos, amada Madre, tu intercesión para la reparación de nuestros pecados y los del mundo entero.
Que tu Inmaculado Corazón triunfe desde el pie de la cruz. Amén.

 

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