Obispos de Denver emiten carta conjunta sobre migración con líderes cristianos locales


Con motivo del Día de la Madre Cabrini, el arzobispo James R. Golka y el obispo auxiliar Jorge Rodríguez de la Arquidiócesis de Denver, junto con otros líderes cristianos de todo Colorado, publicaron “Pueblo peregrino, hogar compartido”, una declaración conjunta que reconoce las contribuciones de los inmigrantes y refugiados, mientras Estados Unidos conmemora este año su 250.º aniversario.
Inspirada en las Sagradas Escrituras, los ideales fundacionales de Estados Unidos y el servicio que santa Francisca Javier Cabrini prestó a las familias inmigrantes en Colorado, la declaración exhorta a los cristianos a acoger a los recién llegados como prójimos y a defender la dignidad de toda persona. Los líderes afirman que un sistema migratorio ordenado debe ir de la mano de la justicia, la misericordia, la protección de los más vulnerables y el respeto a la unidad familiar.
A continuación, lee la carta completa.
Líderes cristianos de Colorado
Declaración conjunta con motivo del 250.º aniversario de los Estados Unidos
5 de octubre de 2026
Día de Santa Francisca Javier Cabrini
Pueblo peregrino, hogar compartido
Mensaje cristiano sobre migrantes y refugiados en el 250.º aniversario de los Estados Unidos de América
Como obispos cristianos y líderes de fe que servimos a comunidades en todo Colorado, damos gracias a Dios al celebrar este año el 250.º aniversario de la fundación de los Estados Unidos de América.
Este aniversario nos invita a recordar no solo la fundación de nuestra nación, sino también a las generaciones que han contribuido a hacer realidad sus ideales. Nuestro documento fundacional, la Declaración de Independencia, afirma que “todos los hombres son creados iguales” y que son “dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”. Este sigue siendo un legado preciado y una responsabilidad sagrada. No hace distinción entre las personas, sino que se aplica a todos. Al hacerlo, nos llama a reconocer que toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y posee una dignidad incondicional que no depende de factores como el lugar de nacimiento, la ciudadanía, la riqueza o la posición social.
Muchos caminos han dado forma a los Estados Unidos. Recordamos con respeto a los pueblos indígenas que habitaban esta tierra mucho antes de la fundación de la nación, así como a quienes fueron traídos aquí como esclavos y a quienes se les negó la libertad que nuestra nación proclamaba. También damos gracias por las generaciones de inmigrantes y refugiados que llegaron trayendo consigo su fe, sus culturas, sus esperanzas y sus dones.
Gracias al sacrificio, el ingenio y el trabajo de muchas personas, los recién llegados han cultivado nuestra tierra, construido comunidades, fortalecido iglesias, establecido negocios, contribuido al avance de la ciencia, la medicina y la tecnología, defendido a la nación y cuidado de sus vecinos. Aquí, en Colorado, los inmigrantes han trabajado en nuestras minas y campos, enseñado en nuestras escuelas, abierto negocios, servido en nuestros hospitales, formado familias y enriquecido nuestra vida cívica y religiosa. Buscaron un lugar donde sus hijos pudieran prosperar y, en todos los ámbitos, ayudaron a construir y fortalecer el hogar que encontraron. Sus historias nos recuerdan que la herencia inmigrante de Estados Unidos es una parte esencial e inseparable de nuestra identidad nacional.
La historia de nuestra fe es también una historia de caminos recorridos. Abraham dejó su tierra en respuesta al llamado de Dios. El pueblo de Israel conoció el exilio y la liberación. La Sagrada Familia huyó del peligro y encontró refugio en tierra extranjera. Una y otra vez, la Sagrada Escritura nos revela a un Dios que acompaña a su pueblo en el camino, escucha el clamor de los vulnerables y nos manda acoger al extranjero. También nosotros somos un pueblo peregrino. Nuestros hogares en esta tierra no son nuestro hogar definitivo. Caminamos juntos hacia el Reino de Dios, dependemos de su misericordia y hemos sido confiados al cuidado unos de otros. Cuando recordamos nuestra peregrinación común, los migrantes y los refugiados dejan de ser categorías distantes. Reconocemos en ellos a una madre o un padre, un hijo o una hija, un hermano o una hermana que recorre el mismo camino que nosotros hacia nuestro hogar eterno.
En Pentecostés, el Espíritu Santo no borró las lenguas ni las culturas de los pueblos reunidos en Jerusalén. Por el contrario, creó comunión entre ellos. Seguían siendo muchos, pero ya no eran extraños. Esta es la obra de Dios: reunir sin borrar, unir sin disminuir y formar una sola familia a partir de muchos pueblos.
Esta visión ofrece esperanza a nuestra nación al iniciar sus próximos 250 años. Nuestra fortaleza no radica en la uniformidad, sino en la unidad en torno a principios y responsabilidades compartidas y en la atención por el bien común. Una nación segura de su identidad puede acoger los dones de quienes llegan e invitarlos a participar en una vida cívica compartida. En este intercambio mutuo, los extraños se convierten en vecinos y las comunidades se renuevan.
Al conmemorar hoy en Colorado el Día de Cabrini, recordamos a la Madre Francisca Javier Cabrini, religiosa católica, misionera e inmigrante que dedicó su vida a servir a Cristo en los demás. A partir de 1902, ejerció su ministerio entre familias de inmigrantes italianos en Colorado, incluidas las que vivían en las comunidades mineras del estado. Fundó en Denver el Orfanato Reina del Cielo y, posteriormente, una casa de verano para sus niños cerca de Golden.
La Madre Cabrini hizo mucho más que expresar su preocupación por quienes sufrían. Los acompañó y construyó lugares donde pudieran ser acogidos, recibir cuidados y prosperar. Donde otros quizá veían extraños o cargas, ella veía el rostro de Cristo. Su testimonio nos recuerda que el amor cristiano se acerca, asume responsabilidades y se hace visible en el servicio.
Las personas continúan dejando sus hogares en busca de trabajo, educación, seguridad u oportunidades; otras huyen de la guerra, de la persecución religiosa, de la violencia o de los desastres. Oramos por un mundo en el que las personas puedan vivir en paz y sostener a sus familias en la tierra donde nacieron. Cuando las circunstancias las llevan o las obligan a migrar, nunca deben ser reducidas a problemas, cargas o símbolos políticos. Siguen siendo miembros de nuestra única familia humana.
Afirmamos tanto la responsabilidad de una nación de proteger a su población y de mantener un sistema migratorio ordenado, como su deber de tratar a toda persona con justicia y misericordia. Las leyes deben servir al bien común y, al mismo tiempo, respetar la dignidad humana, proteger a los vulnerables, preservar la unidad familiar y garantizar procesos legales justos. Tanto quienes llegan como las comunidades que los reciben tienen responsabilidades en favor del bien de todos. La justicia y la misericordia, el orden y la compasión, los derechos y las responsabilidades deben mantenerse unidos.
Como discípulos de Jesucristo, nuestra primera pregunta no puede ser simplemente: “¿Quién está obligado a actuar?”. En la parábola del buen samaritano, Jesús nos llama a ser prójimos de quienes encontramos necesitados. Hace este mandato aún más personal cuando dice: “Era forastero y me acogiste” (Mateo 25, 35). En el extranjero que está ante nosotros, Cristo mismo pide ser recibido.
Nuestras iglesias deben ser un modelo de la comunión que deseamos para nuestra nación. Deben ser lugares donde los recién llegados sean recibidos como hermanos y hermanas, donde las familias encuentren acompañamiento y donde las diferencias de lengua y cultura se conviertan en dones puestos al servicio de la comunidad. Antes de pedir a otros que acojan al extranjero, debemos preguntarnos si nuestras propias puertas, ministerios y corazones están abiertos.
En este aniversario, invitamos a los fieles a recordar las historias de inmigrantes y refugiados que han dado forma a sus familias y comunidades; a orar por quienes han sido desplazados de sus hogares; a apoyar los ministerios que acompañan a los recién llegados; y a cultivar amistades más allá de las diferencias de lengua, cultura y nacionalidad. Con estos actos damos testimonio de que la hospitalidad, la solidaridad y el cuidado de los vulnerables son exigencias del evangelio y signos del Reino de Dios entre nosotros.
Que recibamos con gratitud los dones de quienes nos precedieron, asumamos hoy la responsabilidad que tenemos unos por otros y preparemos una herencia digna para quienes vendrán después de nosotros.
Que Dios conceda sabiduría a quienes tienen encomendada la autoridad, protección a quienes emprenden caminos peligrosos, consuelo a las familias separadas y fortaleza a las comunidades que reciben a los recién llegados. Que el Espíritu Santo nos libere del miedo, profundice nuestra solidaridad y nos convierta en instrumentos de comunión.
Y que el Señor continúe bendiciendo a los Estados Unidos de América y nos forme como un pueblo que practica la justicia, ama la misericordia, camina humildemente con Dios y se acoge mutuamente como Cristo nos ha acogido.
En solidaridad,
Rvda. Dra. Meghan Johnston Aelabouni
Obispa del Sínodo de las Montañas Rocosas de la Iglesia Evangélica Luterana en América
Su Eminencia Alexander
Arzobispo de la Iglesia Ortodoxa Oriental de América
Excmo. Mons. Stephen J. Berg
Obispo de la Diócesis de Pueblo
Rvda. Dra. Dee Cooper
Presbítera principal de la Iglesia Presbiteriana
Excmo. Mons. James R. Golka
Arzobispo de la Arquidiócesis de Denver
Muy Rvdo. Kyle T. Ingels
Administrador diocesano de la Diócesis de Colorado Springs
Rvda. Kimberly Lucas
Obispa de la Iglesia Episcopal en Colorado
Excmo. Mons. Jorge H. Rodríguez
Obispo auxiliar de Denver
Obispa Kristin Stoneking
Obispa residente de la Conferencia Mountain Sky de la Iglesia Metodista Unida
Nota: Los firmantes aparecen en orden alfabético por apellido.








