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Image by Simon Berger

Perspective

Lo que aprendí sobre la verdadera esperanza tras la pérdida de mis dos bebés

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • 1 nov 2025
  • 3 Min. de lectura
(Foto: Lightstock)
(Foto: Lightstock)

Por Alli Kalina


En medio del profundo dolor por otro aborto espontáneo, mi esposo me hizo una pregunta que sacudió mi vida espiritual. Después de decirle que me sentía sin esperanza y abandonada por Dios, él me preguntó con delicadeza: “¿En qué está puesta tu esperanza?”


Me dejé caer en nuestro viejo y hundido sillón y pensé: “¿En qué estaba puesta mi esperanza? ¿Qué es realmente la esperanza?”


Soy conversa; el Señor me llevó a casa, a la Iglesia católica, durante mi primer año de universidad. Aunque fui una de esas “conversas llenas de fuego”, después de pasar dos años como misionera de FOCUS (Fraternidad de Estudiantes Universitarios Católicos) y tres más como ministra de pastoral juvenil en una preparatoria, me di cuenta rápidamente de que mi esperanza estaba puesta en cosas pasajeras. Aun después de nueve años como católica practicante, mi idea de la esperanza era más bien un deseo o un optimismo sobre mi futuro terrenal.


Tenía la esperanza en encontrar un trabajo al graduarme de la universidad.

Tenía la esperanza de conocer a un joven apuesto al que algún día podría llamar mi esposo.

Tenía la esperanza en que tendríamos muchos hijos.


Visto desde fuera, parecía bastante “esperanzadora».

Pero cuando me enfrenté con el sufrimiento —como la desgarradora pérdida de nuestro segundo bebé— tuve que responder con honestidad: ¿en qué estaba puesta mi esperanza?


¿En las cosas materiales y en las relaciones personales que deseaba en esta vida?

¿En la expectativa de que mis deseos “buenos” y “santos” se cumplirían como si fueran deseos concedidos por un genio?

¿En lo que yo pensaba que el Señor me debía por haber sido fiel?


Lamentablemente, cuando mi esposo me hizo aquella sencilla pregunta, tuve que enfrentar todas estas otras. Me vi obligada a reconocer que, por muy buenos que fueran mis deseos para esta vida, el Señor no los garantiza. Es fácil confundir nuestros deseos santos con la vida abundante que el Señor nos promete (ver Juan 10,10). Mientras reflexionaba sobre esto, me sorprendí diciéndome una y otra vez: “Pero el Señor cumplirá todas sus promesas”.


Hace poco oraba sobre esto y me preguntaba: “¿Qué me promete realmente el Señor?” Él no me promete que obtendré todo lo que deseo en esta vida, aunque mis deseos sean buenos y justos. No me promete que nunca estaré triste ni que jamás experimentaré un dolor profundo. Ni siquiera me promete que conoceré a mis hijos de este lado del cielo. Pero me promete el cielo si digo “sí” y lo sigo (ver Juan 11,25; 14,1-3). Si mi esperanza última estaba anclada en algo distinto de esta promesa del cielo, no era de extrañar que se sintiera tan frágil.


El Catecismo de la Iglesia Católica define la esperanza como “la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (CIC 1817).


La esperanza es la virtud por la cual deseamos el Reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad.


Cuando leí esto —con vergüenza, por primera vez, el verano pasado— me quedé impactada. Me sorprendió mi ingenuidad, me avergoncé de mi falta de visión y me decepcionó descubrir en qué había estado enraizada mi esperanza durante los últimos nueve años.


La esperanza es la virtud por la cual anhelamos la vida eterna con Dios. ¡Ésta es la fuente de nuestra felicidad! ¡Ésta es la fuente de nuestra alegría! Yo había estado poniendo mi esperanza en cosas que no estaban garantizadas, así que, por supuesto, me sentí destrozada cuando esas cosas no se cumplieron o, peor aún, cuando se desmoronaron ante mis ojos. Había puesto la fuente de mi felicidad en cosas finitas y, al hacerlo, había dejado mi esperanza en la vida eterna en un segundo plano.


Quiero aclarar algo: ¡es bueno tener esperanza en cosas buenas! El Señor verdaderamente desea cosas buenas para nosotros. Solo desea lo que es bueno para nosotros. El deseo de tener hijos es un anhelo bueno y santo, y es natural y justo sentirse destrozado por la pérdida de un hijo. Sin embargo, cuando nuestras esperanzas buenas se convierten en nuestras últimas esperanzas, pueden distraernos del fin para el cual fuimos creados. Es solo un recordatorio de que debemos dejar que lo primero sea lo primero.


Así que, mientras Tanner y yo seguimos esperando tener hijos y soñamos con ser padres algún día, procuramos que nuestra esperanza no termine ahí. Tratamos de mantener nuestra mirada constantemente fija en nuestro destino eterno.


En un tiempo en que creí que mi esperanza se había roto y desaparecido, nuestros dos bebés me recordaron la esperanza que no defrauda: nuestra esperanza en el cielo. Y gracias a ellos, ahora espero el cielo más que nunca.


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