La Virgen de Fátima nos muestra la esencia de un avivamiento
- El Pueblo Católico
- 6 oct 2023
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Hace poco tuve el placer de unirme a cientos de miles de jóvenes en Portugal para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud con el papa Francisco. Mi corazón se llenó de alegría al ver a tantos fieles y jóvenes de la arquidiócesis de Denver. Estoy agradecido de que hayamos podido tener esta experiencia de la Iglesia global, de estar con el santo padre y crecer juntos en relación con nuestro Señor Jesucristo.
En lo personal, los frutos que experimenté fueron muchos. En primer lugar, fue una bendición ver a tantos jóvenes de todo el mundo que tienen un amor profundo por Jesucristo reunidos en paz y unidad. En segundo lugar, escuchar sus preguntas y la profundidad de su fe en las sesiones de catequesis fue un regalo que aumentó mi propia fe y me dio esperanza para el futuro. En tercer lugar, fue particularmente edificante ver su amor por la adoración eucarística, su participación en los cantos de la Misa, su atención a las lecturas de las Escrituras y, sobre todo, su reverente recepción de la Eucaristía. Por último, su trato con las personas sin hogar y la atención y compasión que mostraron hacia los demás fue un gran testimonio de Jesucristo y de su amor por los pobres y por todos.
Otra gran bendición de haber celebrado la Jornada Mundial de la Juventud en Portugal fue que estábamos cerca de Fátima, donde Nuestra Señora se apareció en 1917. En la peregrinación al santuario de Fátima, los jóvenes tuvieron una poderosa experiencia del amor de María y de su llamado a la conversión y al arrepentimiento.
No pude evitar reflexionar sobre las palabras de María a los niños en Fátima y reconocer su gran importancia para nosotros hoy día. Aunque los católicos solemos asociar Fátima con el milagro del sol, las apariciones pretendían transmitir el mensaje profético de Dios para la salvación del mundo.
Este mensaje y su urgencia son tan verdaderos para nosotros hoy como lo fueron para el mundo en 1917. El papa Benedicto XVI, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, escribió una interpretación de los mensajes de Fátima en la que nos ayuda a centrarnos en el núcleo de estos.
Escribe: “’Salvar las almas’ ha surgido como la palabra clave de la primera y segunda parte del ‘secreto’, y la palabra clave de esta tercera parte es el triple grito: ‘¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!’. […] Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada a este momento de la historia”.
El mensaje es sencillo, pero a veces puede ser difícil de vivir. En esta etapa de transición a un modo apostólico de hacer las cosas centrado en la misión, me anima como arzobispo haber visto en ustedes el celo por la conversión y su fe y crecimiento espiritual. Quiero animarlos también a tomar en serio el llamado del Señor a la penitencia. La penitencia es una acción realizada para expiar un pecado. Hacemos penitencia para reparar nuestra relación con Dios y con otras personas. De ahí que el término «reparación» se refiera al proceso intencional de reparar una relación.
Aunque tengo muchos motivos para alegrarme como obispo, reconozco que nosotros, como sociedad y como Iglesia, hemos cometido y permitido que se cometan muchos pecados. Esto se hace particularmente evidente en el contexto del Avivamiento Eucarístico. El número de personas que no han vuelto a Misa después de las restricciones del Covid nos obliga a examinar nuestra relación con la Misa y la Eucaristía.
¿Hemos tratado a Jesús en la Eucaristía con amor y reverencia?
¿Hemos examinado nuestra conciencia para discernir si somos dignos de recibir a Jesús en la Eucaristía?
Si hemos cometido un pecado mortal, ¿nos hemos acogido a la misericordia del Señor en el sacramento de la reconciliación?
Si hemos pecado, es importante reconciliarnos con el Señor y ofrecer penitencias que ayuden a nuestro corazón a volver plenamente a él. Aún más, gracias al bautismo podemos contribuir de manera especial a la obra de reparación en nombre de los demás. Ya que se nos ha confiado el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), podemos hacer penitencia en nombre de la Iglesia, en nombre de nuestra nación y en nombre de todos los pecadores.
En este Año Parroquial del Avivamiento Eucarístico, pido a todos los fieles que ofrezcan penitencia por sus propios pecados y «por la conversión de los pobres pecadores». Ofrezco esta oración que el Ángel de Portugal enseñó a los niños de Fátima:
Oh, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.
Que, inspirados por el Espíritu Santo, tengamos gran confianza en el Padre y en el Hijo, que nos enviaron a Nuestra Señora de Fátima, quien nos prometió: «¡Mi Inmaculado Corazón triunfará!». María, Madre nuestra, confiamos en ti y suplicamos tus oraciones para que tengamos el valor de aceptar el llamado a hacer reparación y unirnos a la obra de tu Hijo de llevar a todos los corazones al Padre.







