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Image by Simon Berger

Perspective

La Doctrina Social de la Iglesia en acción

Foto del escritor: Escritor Invitado
Escritor Invitado
hace 5 horas
7 min de lectura
Dos hombres sonríen y conversan en sillas plegables sobre el césped; uno lleva camiseta roja con ALWAYS MOVING.
Un voluntario de Christ in the City conversa con un invitado durante el almuerzo en el parque que la organización organiza en Denver. Este ministerio local ofrece almuerzos semanales para sus “amigos de la calle” como una manera de seguir cultivando relaciones y sirviendo a los pobres. (Foto de André Escaleira, Jr./El Pueblo Católico)

Lejos de ser simples palabras en una página o ideas abstractas, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) es una realidad viva que lleva la Sagrada Escritura y la Tradición a nuestro mundo de maneras concretas y prácticas.


En este artículo, cuatro expertos locales exploran cómo se aplica la DSI en cuatro áreas importantes que suelen estar presentes en los debates electorales y políticos.


Grupo de personas y niños camina con mochilas y bolsas por un sendero lodoso entre maizales secos bajo cielo despejado.
"Por ello, la Iglesia defiende al no nacido y, al mismo tiempo, cuida de los pobres, los enfermos, los moribundos, los perseguidos y los migrantes", dijo el obispo Jorge Rodríguez. (Foto: Adobe Stock)

Migración

Por el obispo Jorge Rodríguez


Más que una cuestión política, la migración es una cuestión humana y, con frecuencia, de vida o muerte. ¿Qué deben hacer los padres de familia cuando permanecer en su hogar pone en peligro a sus hijos?

 

Israel, junto con sus descendientes, huyó del hambre (Génesis 41-47). La Sagrada Familia huyó del peligro y de una muerte segura (Mateo 2). En ambas experiencias, la historia de la salvación implicó la migración y estuvo estrechamente vinculada a las vivencias de quienes se ven obligados a huir.

 

Esta relación entre la migración y la vida es importante. Las cuestiones morales y de vida que han señalado los obispos de Estados Unidos no están aisladas entre sí. Todas brotan de la dignidad inherente de toda persona humana y de la prioridad fundamental de defender la vida humana.

 

La vida humana es la fuente y el fundamento de todos los demás valores. Desde el momento de la concepción, la persona humana necesita que su vida sea protegida, defendida y cuidada, y que se le proporcione todo lo necesario de acuerdo con su dignidad inalienable. Por ello, la Iglesia defiende al no nacido y, al mismo tiempo, cuida de los pobres, los enfermos, los moribundos, los perseguidos y los migrantes.

 

Las personas tienen derecho a permanecer y prosperar en su tierra natal y los países tienen derecho a regular sus fronteras. Sin embargo, cuando la vida se ve amenazada por la muerte, la violencia, la guerra, la persecución, la miseria, la pobreza y el hambre, las personas tienen derecho a migrar y buscar refugio para salvar su vida. Como dice el poema “Home”, de Warsan Shire: “Nadie pone a sus hijos en una barca a menos que el agua sea más segura que la tierra”. En estos casos, la migración se convierte en una manera concreta de respetar la vida humana, porque hace posible, bajo condiciones precisas, una vida vivida conforme al designio de Dios.

 

Como nos recuerda Caritas in Veritate, del papa Benedicto XVI, todo migrante posee “derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación” (62).

 

La Doctrina Social de la Iglesia nos invita a unir estos valores en solidaridad caritativa y a defender la vida, incluso cuando no estamos de acuerdo con determinadas políticas. Nunca debemos permitir que las cuestiones políticas oscurezcan la dignidad de la persona que tenemos delante.

 

Persona calcula con calculadora junto a portátil y recibos sobre mesa con gráficos de barras y pastel en oficina luminosa.
"Cuando los empleados trabajan a tiempo completo y aun así tienen dificultades para cubrir las necesidades básicas de sus familias, nos vemos obligados a plantearnos una pregunta más profunda: ¿A quién sirve la economía?" preguntó Paul Winkler. (Foto: Adobe Stock)

Economía

Por Paul Winkler

Presidente, Atollo

 

Las conversaciones sobre la economía suelen centrarse en aspectos medibles: precios, salarios, ganancias, productividad, crecimiento y rendimientos para los accionistas. Todo esto importa. Las familias necesitan ingresos suficientes para prosperar y las empresas deben seguir siendo rentables para sobrevivir.

 

Sin embargo, cuando los empleados trabajan a tiempo completo y aun así tienen dificultades para cubrir las necesidades básicas de sus familias, nos vemos obligados a plantearnos una pregunta más profunda: ¿A quién sirve la economía?

 

La Doctrina Social de la Iglesia nos dice que a la persona humana. El Concilio Vaticano II nos enseñó que “el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social” (Gaudium et Spes, 63). Los productos, las ganancias y los rendimientos para los accionistas son necesarios, pero son medios y no el fin último. La economía debe estar al servicio de las personas, no solo como consumidores de bienes y servicios, sino también como trabajadores que participan en su producción.

 

San Juan Pablo II aplicó este principio directamente al trabajo humano. En Laborem Exercens, 6, escribió que “el trabajo está ‘en función del hombre’ y no el hombre ‘en función del trabajo’”. El trabajo produce bienes, servicios y valor económico, pero el trabajador siempre es una persona cuya dignidad debe ser respetada mediante un trabajo significativo, condiciones laborales seguras y salarios justos.

 

Por lo tanto, la Doctrina Social de la Iglesia no nos pide convertirnos en defensores incondicionales de un sistema económico. Nos ofrece una perspectiva moral desde la cual debemos juzgar la vida económica. Una empresa invierte en el orden adecuado cuando los trabajadores se convierten en meros instrumentos de producción o en gastos que hay que reducir al mínimo.

 

Por eso, un salario justo es más que una transacción económica. Reconoce al trabajador como una persona con responsabilidades, relaciones y vocación. Ciertamente, los líderes deben tomar en cuenta las condiciones del mercado y las necesidades de la empresa, pero también deben considerar si la remuneración les permite a los trabajadores y a sus familias vivir con dignidad, de modo que puedan participar y contribuir de manera significativa a la sociedad.


Campamento de carpas junto a un edificio rojo y gris con el número 770; valla metálica, cartones y desorden urbano.
Aunque los programas gubernamentales y los servicios sociales buscan aliviar un problema mediante recursos, lo cual ayuda hasta cierto punto, la Iglesia va más allá y pone la mirada en la persona humana. (Foto: Unsplash)

Pobreza

Por Phil Couture

Director de formación

Christ in the City

 

¿Cómo definimos la pobreza? Si se trata de la falta de recursos materiales básicos, entonces tiene sentido centrarnos en los desafíos más visibles: el dinero, el empleo, el mercado, los servicios sociales, los programas de ayuda y de vivienda. Proporcionar estos bienes debería resolver el problema. Este enfoque basado en la asistencia puede ser de gran ayuda, siempre y cuando la necesidad sea estrictamente material.

 

Por básico que sea este enfoque, la Iglesia parte de un punto aun más fundamental: la persona. Las personas no solo tienen necesidades materiales, porque no son seres meramente materiales. Nos parece mal limitarnos a observar cómo otra persona lucha por sobrevivir, como podría hacerlo un animal. Dios ilumina este sentido de dignidad al revelarnos que las personas, a diferencia del resto de la creación, fueron creadas a su imagen y semejanza. Podemos recibir todo lo necesario para sobrevivir, pero eso no basta para vivir plenamente. Para desarrollarnos plenamente, necesitamos aquello que más nos define, aquello que más nos asemeja a Dios: la relación y la comunión.

 

A partir de este principio fundamental, la Iglesia se acerca

 

Niños coloreando dibujos en una mesa con crayones dispersos; uno lleva camiseta rosa y el ambiente es de clase tranquila.
La subsidiariedad nos anima a asumir la responsabilidad por quienes nos rodean, fortaleciendo a nuestras familias y comunidades de acuerdo con el Evangelio. (Foto: Lightstock)

Familia

Por Annette Bergeron

Directora ejecutiva

ENDOW


¿Quién debería tomar las decisiones que influyen en la vida de un niño? ¿Sus padres? ¿Un maestro? ¿El consejo escolar? ¿El estado? ¿El gobierno federal?

 

La respuesta a esta pregunta nos lleva al corazón de uno de los principios más importantes de la Doctrina Social de la Iglesia: la subsidiariedad.

 

Cuando se trata de la formación, la educación, la salud y el bienestar de un niño, por lo general, los padres son quienes mejor están posicionados para tomar estas decisiones, porque son quienes mejor lo conocen y más lo aman. Ellos conocen sus fortalezas y sus desafíos, sus dones y sus dificultades. Saben qué le ilumina la mirada y qué le apasiona.

 

En esencia, de eso se trata la subsidiariedad. La subsidiariedad enseña que las decisiones deben tomarse en el nivel de autoridad competente más cercano a las personas. Una autoridad central debe realizar únicamente las tareas que no puedan llevarse a cabo eficazmente a nivel local.

 

Como escribe el papa León XIV en Magnifica Humanitas: “Aquello que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios no debe ser absorbido por instancias superiores”. En cambio, las instituciones superiores deben “reconocer, proteger y promover la libertad y la creatividad de los niveles inferiores” (68).

 

Este principio se vulnera cuando las escuelas toman decisiones profundamente personales sobre los niños sin involucrar a sus padres, o cuando los maestros pierden la libertad de responder a las necesidades particulares de cada alumno porque las decisiones se toman lejos del salón de clases.

 

También lo vemos en la atención médica, cuando las políticas impuestas por aseguradoras, sistemas hospitalarios o burocracias gubernamentales prevalecen sobre el criterio de médicos y pacientes. O cuando las regulaciones gubernamentales invaden innecesariamente el ámbito de autoridad de las familias, las parroquias y las organizaciones locales.

 

Pero los gobiernos no son los únicos que pueden vulnerar la subsidiariedad. Los padres también pueden delegar demasiada responsabilidad en las escuelas, en los entrenadores, en quienes cuidan a sus hijos o incluso en las pantallas. Del mismo modo, las empresas pueden centralizar decisiones que sería mejor dejar en manos de los empleados que tienen un contacto más directo con sus clientes.

 

San Juan Pablo II expresó bellamente la sabiduría de la subsidiariedad: “Conoce mejor las necesidades y logra satisfacerlas de modo más adecuado quien está próximo a ellas o quien está cerca del necesitado” (Centesimus Annus, 48).

 

Nuestra cultura suele dar por sentado que cuanto más grande, mejor. La subsidiariedad nos recuerda que no siempre es así.

 

En el fondo, la subsidiariedad protege la capacidad de las personas para tomar decisiones y nos llama a asumir nuestra responsabilidad. Mediante la participación cívica y la defensa de nuestros derechos, protegemos la libertad de las familias y de las instituciones locales para cumplir las funciones que les han sido confiadas.

 

Las familias y las comunidades fuertes no pueden imponerse desde arriba mediante leyes. Tienen que cultivarse desde dentro.

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