FOTOS: Hermana María-Benedicta profesa sus votos solemnes en la Abadía de Santa Walburga
- Escritor Invitado

- 8 may
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La nueva monja benedictina, originaria de Colorado, profesó los votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad en la Orden de San Benito, comprometiéndose a vivir una vocación contracultural de oración y trabajo al servicio de la Iglesia y del mundo.

Por Grant Whitty
Ubicada entre las colinas rocosas a 20 millas al noroeste de Fort Collins, una monja benedictina, vestida con su hábito de trabajo, barría alegremente el camino de cemento que conduce hacia la Abadía de Santa Walburga.
“Ya casi termino de barrer”, exclamó. “¡Así podrán caminar por el sendero sin tierra!”
Era solo una de las muchas monjas benedictinas que trabajaban arduamente para preparar la gran celebración de la comunidad el 1 de mayo. Dentro de la abadía, otras religiosas iban de un lado a otro preparando la capilla, colocando velas, planchando los manteles del altar e imprimiendo los programas para la liturgia especial del día.
Para cuando la luz de media mañana comenzó a entrar por las ventanas superiores de la capilla, las monjas ya habían terminado los preparativos y estaban formadas detrás de la parte clausurada de las puertas. Al final de la procesión estaba la hermana María Benedicta O’Brien, con una vela en la mano, pues era el día de su boda, es decir, el día de su profesión solemne como monja benedictina de la Abadía de Santa Walburga en Virginia Dale, la quinta profesión de este tipo en el mismo número de años dentro de esta creciente comunidad.
Un inicio local
Hija de la Arquidiócesis de Denver, la hermana María-Benedicta pasó su juventud en un vecindario bilingüe del noroeste de Denver, donde se hablaba tanto inglés como español. Ella y su familia asistían a la cercana Iglesia Católica Transfiguration of Our Lord Ukrainian, donde su padre trabajaba como conserje, y a la parroquia Our Lady of Mount Carmel en Littleton, donde su padre tocaba el órgano y ella cantaba en el coro.
Después de graduarse de la preparatoria, “asistí a Thomas Aquinas College en Santa Paula, California, y luego regresé a Denver después de graduarme para obtener un título en enfermería”, contó la hermana María-Benedicta a El Pueblo Católico. “Trabajé 11 años como enfermera, principalmente en el departamento de cardiología del Hospital Infantil de Colorado”.
(Fotos por Grant Whitty/El Pueblo Católico)
Un “sí” generoso
Como es costumbre en el rito de la profesión solemne, la hermana María-Benedicta permaneció fuera del santuario mientras sus hermanas religiosas entraban en procesión y tomaban asiento en los coros situados a ambos lados del altar. En la procesión iban también la abadesa de la comunidad, madre María-Michael Newe; el obispo Steven Lopes, del Ordinariato Personal de la Cátedra de San Pedro; el capellán de la abadía, padre Matthew Hartley; y otros sacerdotes y diáconos amigos de la comunidad.
Después de la proclamación del evangelio, la madre María-Michael se puso de pie y llamó a la hermana María-Benedicta como candidata a los votos cantando en latín: “El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8, 12).
La hermana entró entonces al santuario con una vela en la mano, también cantando en latín, antes de sentarse en el centro del santuario. La hermana cantó: “Y ahora te sigo con todo mi corazón: te temo y busco contemplar tu rostro: Señor, no me defraudes, sino trátame según tu bondad y la multitud de tus misericordias”.
Luego, el obispo Steven Lopes subió al ambón y predicó tanto a la hermana María-Benedicta como a los presentes sobre la virtud y el voto de la obediencia.
“La obediencia es una escucha profunda. Aquí tenemos a una esposa [la hermana María-Benedicta] escuchando la voz del Esposo, Jesús. Así también, la Esposa de Cristo [la Iglesia] debe escuchar la voz del Esposo”, dijo el obispo. “La obediencia es esencial para el discipulado y edifica a la Iglesia. Cuando somos obedientes al Señor, siempre habrá alegría”.
Una obediencia llena de fe
Fue esa misma obediencia a Jesús, de la que habló el obispo Lopes, la que, con el tiempo, llevó a la hermana María-Benedicta a esta abadía y, en general, a su vocación.
“Durante mi juventud adulta tenía tan claro en mi mente que mi vocación era casarme y tener una familia que nunca me detuve a considerar la vida religiosa”, explicó la recién profesa. “Ya en mis treinta y tantos años, deseaba una intimidad más profunda con Dios, así que decidí hacer un retiro ignaciano en la vida diaria. … Durante ese tiempo de retiro, me comprometí a hacer una hora de oración todos los días y, al regresar de un viaje por carretera un fin de semana, me detuve en la Abadía de Santa Walburga para realizarla”.
Al unirse esa noche a las monjas para Completas, u Oración Nocturna de la Liturgia de las Horas, la oración oficial de la Iglesia compuesta por salmos, antífonas, cánticos y lecturas bíblicas, quedó “cautivada por la belleza de su vida escondida alabando a Dios” y “sintió un profundo deseo en [su] corazón de regresar allí y vivir el resto de [su] vida como esposa de Cristo”.
Mientras continuaba discerniendo la voluntad de Dios, se esforzaba por escuchar con claridad su llamado y responder con generosidad.
“Siento que mi proceso para convertirme en monja en la abadía no ha sido tanto discernir la voluntad de Dios, sino simplemente obedecer lo que él me dijo con tanta claridad”, compartió la hermana María-Benedicta. “Nuestro Señor no me dijo: ‘Quiero que seas monja en algún lugar; puedes buscar y ver qué orden se adapta mejor a tu personalidad y deseos’. ¡No! Fue más bien como si me dijera: ‘¿Me seguirás aquí? Sí o no’. Sentía que, cada vez que me iba después de una breve visita a la abadía, parecía que Jesús tenía más conversación que continuar conmigo allí”.
Un santo matrimonio con Cristo
El rito continuó con el examen, la letanía de los santos y la profesión solemne. La hermana María-Benedicta respondió a las preguntas de la madre María-Michael y confirmó su deseo de profesar los votos. Luego se postró ante el altar y el tabernáculo mientras se cantaba la Letanía de los Santos. Finalmente, se puso de pie ante todos los presentes, con las manos entre las de la abadesa, y profesó sus votos de estabilidad, conversatio morum (fidelidad a la vida monástica, incluida la pobreza y la castidad) y obediencia. Después firmó sus votos impresos sobre el altar y besó el altar “como signo de su entrega a Cristo”, un momento poco común en la vida de la Iglesia, ya que besar el altar normalmente está reservado para sacerdotes y diáconos ordenados.
Después de que el obispo rezó las oraciones de consagración monástica sobre la hermana recién profesa, bendijo las insignias monásticas. La abadesa revistió a la hermana María-Michael con la cuculla y el velo, y el obispo, como sucesor de los apóstoles, le entregó el anillo y la corona como signo de su matrimonio con Cristo.
Al igual que en el rito del matrimonio, la santa Misa continuó con la Liturgia de la Eucaristía y la hermana María-Michael pudo recibir a su Esposo en la Eucaristía, el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo. De manera similar a la bendición nupcial, durante la Misa de boda el obispo impartió una bendición sobre la hermana recién profesa antes de concluirla. Caminando una al lado de la otra, la hermana María-Benedicta y la madre María-Michael salieron del santuario hacia el claustro, donde la hermana, la madre y todas las monjas de profesión solemne rezaron juntas por esta nueva Esposa de Cristo.
Un nuevo nombre
En cuanto a su nuevo nombre religioso, María-Benedicta, la hermana dijo sentirse feliz de haberlo recibido de la madre María-Michael.
“¡Hay muchísimas razones por las que amo mi nombre! Si rezas o cantas la avemaría en latín, proclamarás: ‘Ave María … Benedicta tu in mulieribus’, es decir: ‘Dios te salve, María… bendita tú eres entre todas las mujeres’. Como Benedicta significa ‘bendita’ o ‘bendición’, pienso en cuánto me ha bendecido el Señor”, contó a El Pueblo Católico. “Pero me impresiona particularmente la definición del Catecismo de la Iglesia Católica sobre bendecir a Dios como ‘adoración y entrega al Creador en acción de gracias’. Creo que eso realmente describe un aspecto fundamental de nuestra vocación benedictina”.
Una comunidad y vocación florecientes
La hermana María-Benedicta ahora se une plena y permanentemente a su comunidad de casi 30 monjas, con más en formación, donde pasan sus días orando y trabajando (ora et labora, como expresa su carisma), en la comunidad fundada originalmente en Boulder en 1936 por monjas benedictinas que huían de la Alemania nazi. La comunidad fue elevada al rango de abadía en 1989 y las monjas se trasladaron posteriormente a Virginia Dale en 1997, donde viven actualmente. La madre María-Michael Newe ha sido abadesa desde 2003.
Junto con sus hermanas, la hermana María-Benedicta vive una vocación escondida pero vital de servicio en la Iglesia: amar a Jesucristo primero, por encima de todo y siempre. Al mirar atrás, después de su profesión solemne, no puede evitar sentirse agradecida por su discernimiento y vocación, y anima a otros a seguir a Dios adondequiera que él los llame.
“Me ha sorprendido, felizmente, descubrir que hacer lo que Dios me pidió me hace más feliz a un nivel mucho más profundo”, concluyó. “San Benito dice varias veces en su Santa Regla que el monje, y también la monja, no debe ‘anteponer nada al amor de Cristo’. Para mí, eso significó sacrificar la enfermería pediátrica para entregarme completamente a Dios. Pero he descubierto que existe una profunda base de paz que nace de dejar de tratar de entenderlo todo y simplemente obedecer a Dios y descansar en su voluntad misteriosa y hermosa”.

















































