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Image by Simon Berger

Perspective

Alumnas de la escuela católica Sts. Peter and Paul donan más de 250 pulgadas de cabello durante la Cuaresma

  • Foto del escritor: Escritor Invitado
    Escritor Invitado
  • hace 3 horas
  • 5 Min. de lectura
Estudiantes de la Escuela Católica STEM de Sts. Peter and Paul sonríen para una foto con las coletas que se cortaron para apoyar a otras personas con pérdida de cabello. (Foto proporcionada)
Estudiantes de la Escuela Católica STEM de Sts. Peter and Paul sonríen para una foto con las coletas que se cortaron para apoyar a otras personas con pérdida de cabello. (Foto proporcionada)

Por Megan Nix


Algunos niños dejan de comer dulces, ver televisión o pelear con sus hermanos durante la Cuaresma. Pero este año, 20 niñas de la escuela Sts. Peter and Paul Catholic STEM School, en Wheat Ridge, renunciaron a algo menos común: su cabello.


Al mediodía del Lunes Santo, un grupo se dirigió al salón Hendrix para un “cut-a-thon”: cada niña donaría su largo cabello, que había dejado crecer durante la Cuaresma, a niños con pérdida de cabello. Los beneficiarios, a través de una organización sin fines de lucro llamada Children with Hair Loss, recibirán una peluca sin costo mientras atraviesan procesos de diagnóstico, como el cáncer o la alopecia.


Antes de llegar al salón —donde seis estilistas ofrecieron su tiempo como voluntarias en su día libre—, alumnas como Penelope, de quinto grado, estaban llenas de emoción. Nunca había donado su cabello color miel, que le llegaba a la mitad del codo.


“Estoy emocionada”, dijo, sonriendo y jugando inconscientemente con su cabello. “Sé que le estoy dando mi cabello a una persona real. Sé que esa persona va a estar emocionada, y yo voy a pensar: ¡ese es mi cabello!”


Cuando se le preguntó cómo este sacrificio cuaresmal podría afectarla, compartió: “Estoy apegada a mi cabello física y mentalmente. Probablemente me importa demasiado. En las mañanas me tardo muchísimo arreglándolo, así que ahora tendré más tiempo para rezar”.


Una vez que las alumnas llegaron al salón, los estilistas se presentaron y el ambiente se llenó de expectativa. Las niñas dijeron sentirse nerviosas, emocionadas, felices, asustadas y agradecidas.


Luego salieron las cintas métricas: 8, 10 y 14 pulgadas.


“¿Estás lista?”, preguntó Kera Clyde, dueña del salón, a Jane, la alumna de quinto grado sentada en su silla.


“¡Sí!”, exclamó Jane, mientras ocho pulgadas de su cabello rubio y lacio caían en las manos de Kera.


(Fotos proporcionadas)


Feminidad elevada

En medio del salón, la hermana Inés Sandoval, OCD, administradora de la escuela, observaba con alegre contemplación. Como religiosa carmelita, sabe lo que significa “donar” no solo su cabello, sino también toda su vida a Dios. El velo negro sobre su hábito carmelita café oculta todo excepto su rostro.


“La corona de una mujer es su cabello”, explicó. “Es un signo de belleza y gracia. Al renunciar a esta ‘corona’, la confiamos a Dios, quien eleva la belleza de nuestra feminidad a otro nivel”.


Esa dinámica se percibía al mirar alrededor del salón: ya no estaban las niñas de cabello largo que habían entrado. En su lugar, había jóvenes nuevas, más seguras, cuyo cabello se había convertido en algo más que hebras sobre sus cabezas. Ahora están unidas a alguien más, a través de una pérdida que comparten íntimamente.


Luego, la hermana Inés señaló la lectura de la Misa de ese mismo día.


“Antes de que Jesús muriera, una mujer derramó un frasco de alabastro con perfume costoso sobre sus pies y los secó con su cabello. Algunos dijeron que era un desperdicio. Pero la fragancia de ese acto de amor acompañó a Jesús hasta el Calvario”, reflexionó. “Estas niñas también han sacrificado una parte valiosa de sí mismas, y no es un desperdicio. Para alguien que atraviesa la humillación de la alopecia o el sufrimiento del cáncer, este sacrificio las acompañará en su propio camino difícil”.


Luego miró a las niñas y dijo: “¿No están hermosas?”


Una conexión personal

Mientras las niñas se reunían en el centro del salón, probándose coletas y moviendo las puntas recién cortadas, Ashton Gosage, una de las estilistas voluntarias del “cut-a-thon”, observaba con una sonrisa.


La estilista, con sus elegantes rizos cortos y oscuros, tenía una conexión personal con el evento: padece alopecia, una enfermedad autoinmune que ataca los folículos capilares, a menudo sin explicación. Ashton llevaba cinco años como estilista cuando su cabello comenzó a caerse de forma inesperada. Nunca supo por qué. En enero de 2024, estaba completamente calva.


“Al principio solo usaba pañuelos. Estaba en negación”, recordó. “No quería una peluca porque no creía que realmente estuviera pasando”.


Ahora Ashton toma un medicamento que le ha vuelto a hacer crecer el cabello, pero no sabe si seguirá funcionando.


Al preguntarle cómo se sentía al ver a las niñas donar su cabello, respondió: “Por eso me ofrecí como voluntaria para venir. De hecho, trabajo en otro salón, pero una amiga que trabaja aquí me contó lo que estaba pasando. No podría haber imaginado una mejor oportunidad para devolver algo que me toca tan de cerca”.


Belleza interior

Al otro lado del salón, mientras veía a sus hijas Ana y Emilia donar cada una 10 pulgadas de su brillante cabello negro, Marta Gonzales se secaba las lágrimas, justo antes de donar 12 pulgadas de su propio cabello.


Para Annie y Lucy, hermanas de quinto y segundo grado, esto no era algo nuevo, ya que ambas han donado su cabello varias veces. Después de que les cortaron las coletas, fue el turno de su hermana menor, Josephine. El evento coincidió con el cuarto cumpleaños de Josephine, así que Kalli Spaw, quien además es su tía, le hizo su primer corte de cabello: de diez pulgadas.


Heather Zadigian, maestra de educación física y salud de la escuela y quien ayudó a organizar el evento, ha donado su cabello siete veces y le dijo a Kalli que este año quería donar 16 pulgadas.

Quizá las más impresionantes fueron las alumnas de séptimo grado, que sonrieron, se acomodaron en sus sillas y dijeron a sus estilistas cuánto cortar, aparentemente imperturbables ante un cambio físico tan grande.


“¡Eso es porque saben que su belleza está dentro de ellas!”, las animó Heather, haciendo referencia a una frase que les había inculcado de la Primera Carta de San Pedro.


Natalie tenía el cabello más largo de todas: negro intenso, probablemente de 24 pulgadas, con un flequillo ligero que enmarcaba sus lentes cuadrados. Resulta que Natalie nunca había ido a un salón. Por casualidad —o por algo mucho más grande—, entró al lugar y fue asignada de inmediato con Ashton.


De pie detrás de Natalie, su mamá dijo que era un momento agridulce para ella, pues había cortado el cabello de su hija en casa desde que era bebé. Al preguntarle a Natalie cómo se había sentido antes del evento, su mamá destacó su decisión.


“No”, dijo. “Cuando le dije que el cabello era para alguien más, respondió: ‘De verdad quiero hacerlo. ¿Cuándo será?’ Pero Natalie esperaba conocer hoy en el salón a alguien que tuviera pérdida de cabello”.


Sin saberlo, su propia estilista era esa persona. Mientras Ashton medía el cabello de Natalie —17 pulgadas en total, más que nadie—, le compartió su historia.


Luego, con sus tijeras metálicas, Ashton cortó cada lado del cabello de Natalie, sosteniendo en la mano cada coleta larga. Ahora, con un corte a la altura de los hombros, Natalie tenía la leve sonrisa de siempre.


“Me siento feliz”, dijo, mirando a Ashton en el espejo.



Megan Nix es madre de cinco hijos (y sus hijos asisten a Sts. Peter and Paul School). Su libro Remedies for Sorrow está disponible en Penguin Random House.

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