Carta abierta a un católico disgustado

Escritor Invitado

Por: Marybeth Bonacci

No estaba segura a que calificativo se usa en estos días. “Enojado”, “disgustado”, “desmoralizado”, “harto”, devastado”.  Pensé que sería uno de esos, o tal vez todos.

Lo sé porque así lo siento yo también. Nuestra querida Iglesia está en crisis. Historias que enferman han salido a la luz con una regularidad que enferma. Muchos de nuestros pastores han fallado en dirigirnos. Nos abandonaron a los lobos – o peor aún, ellos han sido los lobos.

No puedes creer que nos hayan traicionado así. Confiabas en ellos. Todos confiábamos en ellos. Todos creíamos que eran hombres de Dios, el Dios que nos ama y que odia el mal. Y sin embargo, muchos de ellos se han comportado de manera muy opuesta a la de Cristo. Se aprovecharon de los vulnerables. O miraban para otro lado mientras estos depredadores se mudaban de parroquia a parroquia, de diócesis a diócesis.

Ya has tenido suficiente. Piensas que tal vez es momento de encontrar otro rebaño, otro pastor.

Tal vez sea hora de dejar la Iglesia Católica.

Entiendo por qué te sientes así. La corrupción va muy alto. La respuesta de muchos sectores sigue siendo tibia. Todavía no parecen entenderlo.

Pero, aun después de todo eso, te pido que te quedes. Te ruego que te quedes.

Ahora, si la Iglesia fuera solo otra organización, como Kiwanis o el Club Rotario, tal vez te abriría la puerta para que saliéramos juntos. Siempre hay otra organización -otra iglesia- otra religión. Tal vez otra sea más de mi agrado, mejor administrada, menos corrupta.

Pero la Iglesia Católica no es solo otra organización, fundada por hombres. Ella es la Esposa de Cristo, fundada por el para ser su instrumento de salvación. Ella es el conducto de sus gracias, sus sacramentos.  Ella es, de acuerdo al Catecismo, “sociedad […] dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo; el grupo visible y la comunidad espiritual; la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo”. Estas dimensiones juntas constituyen “una realidad compleja, en la que están unidos el elemento divino y el humano” (CIC 771).

La Iglesia no es una institución meramente humana. Es ambas: humana y divina. Es Cristo, surgiendo de la sangre y el agua que brotó de su costado. Sus últimas palabras al ascender al Cielo fueron su promesa de que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos.

Entonces, si esta es su Iglesia, ¿por qué ha permitido que se arruine?

Bueno, la Iglesia tiene elementos humanos y divinos. Lo que significa que, aquí en la tierra, es administrada por hombres falibles. Los escándalos en la Iglesia no son nada nuevo. Han estado con nosotros desde el tiempo de Judas, uno de los obispos originales, traicionó a nuestros Fundador Divino y lo entrego a sus enemigos.

Él sabía lo que iba a pasar. Pero aun así nos dejó un Iglesia

Él permanece con nosotros, así como ha estado por dos milenios de santidad y escándalo.

Los hechos de los meses pasados me han convencido de que, en nuestra época, Él está con nosotros y desea una limpieza profunda, profunda, de su Iglesia.

Por eso te necesitamos. Y a mí. Y a todos los que aman esta Iglesia.

La Iglesia nos necesita. Necesitamos rezar, y alzar la voz humilde pero persistentemente. Necesitamos hacer lo que podamos para ser las manos y los pies del Espíritu Santo mientras purifica su Iglesia.

Los buenos en la Iglesia nos necesitan. He trabajado en y alrededor de la Iglesia toda mi vida adulta. He conocido muchos sacerdotes, y muchos obispos. Me he topado con algunas manzanas podridas. Pero por cada mal sacerdote, he conocido 50 buenos – maravillosos, santos, devotos, asombrosos, y dedicados. Así mismo con los obispos. He escuchado terribles reportes de cosas terribles de muchos de ellos. Pero también hemos sido bendecidos con muchos hombres maravillosos en la jerarquía. Estos sacerdotes y obispos fieles necesitan que nos quedemos, que los apoyemos mientras pastorean al pueblo de Dios en estos tiempos increíblemente difíciles.

Pero incluso si los números se invirtieran, incluso si hubiera 50 sacerdotes problemáticos por cada uno bueno, todavía necesitaríamos a la Iglesia. Porque, independientemente de las fallas de sus líderes, la Iglesia es el instrumento de Cristo para traernos los sacramentos. La Eucaristía es el pan de la vida. Cristo fue muy claro, en el capítulo 6 de Juan, que necesitamos ese pan. Y no importa qué tan corrupto sea el sacerdote cuyas manos consagran la hostia, esa consagración sucede. El pan se convierte en la Eucaristía, nuestra comida celestial.

No voy a permitir que algunos clérigos corruptos se interpongan entre la presencia de Cristo y yo en la Eucaristía. De ninguna manera.

¿Sabes lo que purificará la Iglesia? Nosotros lo haremos. La gracia del Espíritu Santo, obrando a través de hombres y mujeres santos, laicos y clérigos, completamente en fuego para Dios, esto renovará la Iglesia que Él prometió no abandonar.

Sé una de esas personas. Entrégate aún más completamente a él y permítele trabajar a través de ti.

Si te vas, estás dejando que los corruptos y los depredadores ganen. Estás abandonando la Iglesia de Cristo a ellos.

Pero no es su Iglesia. Es de Él. Es nuestra.

Recuperémosla.

Traducido del original en ingles por Mavi Barraza

Próximamente: Santa Inés, Mártir; patrona de las jóvenes, las novias y la pureza

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El 21 de enero se celebra la Fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias, las prometidas en matrimonio, de la pureza y de los jardineros. En relación a la Santa surgió la costumbre de los corderos blancos, cuya lana se utiliza para hacer los palios de los Arzobispos.

Su nombre latino es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero. Según la leyenda más conocida, Santa Inés era una joven hermosa, rica y pretendida por muchos nobles romanos. No aceptó a ninguno, aduciendo que ya estaba comprometida con Cristo, y la acusaron de ser cristiana.

Fue llevada a un prostíbulo, pero unos ángeles y señales celestes la protegieron. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada en el año 304.

Constantina, la hija de Constantino, le edificó una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

En el tratado de San Ambrosio sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que Santa Inés murió a los doce años. Antes de su martirio se mantuvo “inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas”.

“No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”, dijo San Ambrosio.

Se dice que el verdugo hizo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos desearon casarse con ella, pero Santa Inés respondió: “sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”.

La Santa oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluyó San Ambrosio.

A Santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros, en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos y rodeada de una pira, espada, palma y lirios.

 

Artículo publicado originalmente en AciPrensa.