Tu verdad, mi verdad, su verdad

Mary Beth Bonacci

Cuando era niña, mi programa televisivo favorito era The Partridge Family. Principalmente porque estaba completamente enamorada de David Cassidy, con quien estaba convencida que me casaría algún día. Pero también porque el programa mostraba el humor cursi al que una niña de siete años está dispuesta a disfrutar.

Recuerdo una broma en particular. Keith (David Cassidy) está tratando de dar un consejo a Danny (Danny Bonaduce). Le dice, “Si solo lo crees, tú puedes ser lo que quieras ser”.

Danny le responde, “¡Genial! Quiero ser una mujer negra” – Se escucha la pista de carcajadas del programa.

Estaba pensando en esa escena mientras escuchaba anoche a monseñor Robert Barron, – obispo auxiliar de Los Ángeles y conocido por su organización de comunicación Word on Fire – dando una plática fascinante en Denver sobre el relativismo y donde hubo una asistencia total.

El obispo Barron hablo de un video que quizás hayas visto. Un entrevistador masculino de corta estatura les pregunta a estudiantes universitarios que pensarían si él les dijera que se identifica como una mujer. Luego como una mujer asiática. Luego como una mujer asiática de 6’4 de estatura.  Ellos vacilan a veces, pero finalmente todos están de acuerdo en que si esa es su “verdad”, entonces él tiene el derecho de ser una mujer asiática de estatura alta.

Esa es la extrema expresión del relativismo.

El relativismo, resumiendo, es esencialmente la creencia de que no hay una verdad “objetiva” que sea verdad para todos. Más bien, nosotros como individuos, establecemos nuestras “verdades” subjetivas, y vivimos “auténticamente” a medida que honramos esas “verdades” individuales.

La velocidad con la que hemos descendido por ese camino es impresionante. Cuando tenía veintitantos años (lo cual no hace tanto tiempo – ¿verdad?), solía debatir sobre el aborto en Berkeley. No necesariamente una audiencia muy amigable – recuerdo que memoricé las salidas, incluyendo las ventanas, que podría utilizar si las cosas se salieran de control.

Llegaron, y escucharon, porque todavía había cierta comprensión en la sociedad de que existía algo así como la verdad, y por lo tanto una apertura [mental] para escuchar a otros para ver si juntos podríamos llegar a esa verdad. O por lo menos, que yo podía implementar la vedad como la veo para convencerte de que tu comprensión de la verdad es fallida.

No es así hoy en día. Las discusiones abiertas de temas controversiales son casi inexistentes en la mayoría de los campus universitarios. Claro. Si yo tengo mi verdad y tú tienes tu verdad, ¿cuál es el punto?           Se supone que debemos respetar la verdad de cada uno y seguir adelante.

Pero el problema es que todos debemos jugar juntos en el mismo arenero. La verdad de alguien tiene que gobernar en nuestra interacción social. Si no podemos llegar a un acuerdo sobre quién tiene la verdad más cierta, entonces, la única opción que queda es la fuerza. Y, en lugar de escuchar lo que tú tienes que decir, intento callarte por la fuerza. Quiebro ventanas. Interrumpo tu plática. O, como alternativa, le llamo a la autoridad de la universidad para que hagan ese trabajo sucio mientras me escondo en un lugar seguro con mis crayones y mis videos de cachorros.

Padres, por favor, enséñenles a sus hijos que sí existe la verdad. Que si, podemos estar en desacuerdo con otros sobre lo que es la verdad. Que respetamos a la gente, todas las personas, independientemente de sus creencias (otra verdad objetiva). Pero en el fondo del desacuerdo, hay una verdad. Hay un Dios o no hay. Jesucristo es divino o no lo es. La expresión sexual tiene un significado inherente o no lo tiene. El género es fijo o no lo es.

En cada desacuerdo sobre las verdades objetivas, alguien tiene la razón y alguien está equivocado. O tal vez los dos están parcialmente equivocados y ninguno comprende la verdad completa. Pero la verdad esta ahí.

En los viejos tiempos, nuestro objetivo era encontrarlo.

Próximamente: ¿Un hombre debe amar más a su esposa que a su madre?

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

El hombre que trata a su mujer como una princesa es porque fue educado por una reina.

Este refrán conserva toda una verdad. Hay que agradecer a esas reinas que hayan sabido educar caballeros. ¡Gracias a todas ellas!

Sin embargo hay situaciones en las que parece que “la reina” pretende ser “princesa”. Ahora su hijo ya está casado y parece querer un lugar distinto al que le corresponde como madre. También puede suceder que el hijo siga con “mamitis” y no haya entendido todavía lo que significan aquello de “dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt.19,5).

Y es que no se trata de amar más o de amar menos, de cuantificarlo, sino de que cada uno ocupemos el lugar que nos corresponde en la vida. Por eso, cuando uno se casa, la esposa debe ser la número uno en su vida, la mujer de su vida.

Por otro lado, es importante que la esposa acepte que la mamá siempre será el primer gran amor de su marido. Es la mujer que le dio la vida, que le crió y la que le dio todo el amor que pudo entregarle.

Sé que es un tema sensible por lo que trataré de redactarlo con suma delicadeza y lo haré pensando no solo como madre de solo varones, sino como experta en temas matrimoniales.

Para comenzar debo decir que para mí será una verdadera victoria cuando vea a mis hijos ya casados tratando como reinas a sus mujeres, dándoles su lugar como sus compañeras de vida.  Cuando se casen serán uno por lo que, ¡no seré yo la que les desuna! Mi lugar será siempre el de mamá, nada más.

Lo más triste y doloroso para la esposa es cuando su marido otorga siempre un lugar preferencial a su “mami” poniéndola por encima de ella. Esta situación le hace sentir denigrada, rechazada, pisoteada por el que prometió amarla y protegerla de por vida.

Señores, ningún esposo coherente debe colocar las opiniones o los deseos, gustos o caprichos de su madre por encima de los de su mujer.

Por otro lado, las suegras necesitan ser más inteligentes y nunca criticar a la nuera ni opinar, a no ser que se le pida, sobre diferentes cuestiones que afectan a su vida familiar y/o matrimonial como por ejemplo, el orden de la casa, la alimentación y educación de los niños o el estado de su relación de pareja.

Si una nuera no se siente amada ni aceptada por su suegra difícilmente tendrán una buena relación. Es como si ambas mujeres se sintieran amenazadas una por la otra. Si el marido se va siempre del lado de la mami, la situación se vuelve frustrante para la esposa.

Maridos, ambos amores son igual de importantes: la mamá siempre será su mamá y siempre le deberán respeto y amor. Ella los formó y fue la primera mujer que los amó y los seguirá amando incondicionalmente. Pero a su esposa le deben su total devoción, cuidados, fervor, protección, etc.

Son amores tan distintos y grandes a la vez que no tienen por qué entrar en conflicto. No ha de haber si quiera comparación. Pueden y deben amar a ambas. Su mamá, insisto, siempre será su madre, pero nunca ha de ser motivo para que su esposa se convierta en ex esposa.

Entendamos, no es competencia ni rivalidad, sino poner a cada una en el lugar que por derecho le corresponde. Trabaja y empéñate en tener un súper matrimonio y una súper relación con tu mamá, pero siempre recordando que tu matrimonio debe ser lo primero. Tu mujer, la primera, aún por encima de tus hijos.

Recuerda que libremente prometiste delante de Dios amarla, servirla, protegerla, cuidarla y dar tu vida por ella de ser necesario.

Artículo publicado originalmente en Aleteia.