Todo llega en el momento correcto

Mavi Barraza

Para muchos, si no todos, es sabido que las circunstancias por las que la mayoría de inmigrantes atraviesa al llegar a Estados Unidos, no son fáciles.  Entre los motivos del viaje están la mejora económica, ayudar a la familia, estudiar, crecer y tener un futuro mejor. Éste fue el caso de Mavi Barraza quien llegó al país junto con su familia, queriendo desde muy niña estudiar y tener una carrera. Si bien no fue fácil alcanzar su sueño, la gracia de Dios y su propio empeño, la ayudaron a superar los obstáculos y salir adelante.  Aquí su historia.

Dejé mi país en septiembre de 1991. Precisamente, poco después de haberme graduado de sexto año. Creo que fui una de las pocas niñas de esa generación, que a muy corta edad sabía lo que quería. Mi mayor sueño era terminar una carrera universitaria. Constantemente me imaginaba el día en que finalmente me llamaran…Licenciada Barraza.

Cada noche, al rezar, le pedía a Dios que me permitiera llegar a ese día que tanto anhelaba. Desafortunadamente, al llegar a Estados Unidos mis sueños se vieron afectados, ya que las prioridades habían cambiado. Ahora lo importante era comer antes de estudiar, o al menos, así lo creía mi padre quien no estaba de acuerdo con que yo asistiera a la escuela, e insistía en que lo mejor era buscar un trabajo para mí.

Pasó el tiempo y mi vida tomó un rumbo completamente diferente. A los 17 años, después de comenzar una vida independiente de mis padres, decidí que buscaría llevar mi sueño adelante. Me inscribí en un curso de GED intensivo y en tres meses, después de recibir mi certificado, ya estaba tomando clases en el Community College of Denver (Colegio Comunitario de Denver), donde cursé casi dos años de estudio básico. Era un sacrificio muy grande salir cada mañana de casa en transporte público, para llegar a casa de la niñera que cuidaba a mi pequeña hija, mientras yo estudiaba. También trabajaba para cubrir los gastos, tanto de la casa como de mi bebé, y los míos, claro está.

Después de dos años de estar estudiando en el college, tuve que dejar mis estudios. Había perdido mi trabajo. Aun así, nunca perdí la fe en que Dios contestaría mis oraciones. Él sabría el momento indicado en que yo regresaría a estudiar. Y así fue. En Agosto de 2010, recibí una llamada de un amigo para comentarme que se había abierto una universidad enfocada en negocios y que contaba con posibilidades de pago muy accesibles. Además, que el programa para el que trabajaba podría ayudarme con una beca de hasta tres mil dólares. No cabe duda que Dios sabe en qué momento… ¡el momento era preciso!

En ese entonces yo atravesaba por una depresión severa, después de haber perdido a mi mejor amiga (víctima de cáncer al seno). Y el pensar en regresar a la escuela me motivó. Lo confieso.

Inmediatamente me comuniqué con Colorado Heights University, donde me brindaron toda la información que necesitaba y los pasos a seguir para matricularme. Después de visitar la universidad me quedé muy impresionada con el trato que recibí y con los precios tan bajos que ofrecían. Incluso, la colegiatura era aún más barata que la de un colegio comunitario y estaría recibiendo clases en una universidad privada y con algunos de los profesores que imparten clases en universidades reconocidas de Denver.

Esta oportunidad no podía dejarla pasar. Inmediatamente me matriculé y comencé con mis estudios. Las clases eran pequeñas (no más de 15 alumnos por clase), por lo tanto no tuve problema en ponerme al corriente. Gracias al programa tan completo de la universidad, el pasado 28 de abril recibí mi Licenciatura en Negocios Internacionales (en poco menos de tres años) y ahora voy por la maestría.

Fue una gran oportunidad para demostré que pude y puedo; y que mis hijas pueden ver en mí un modelo, de que cuando se quiere lograr algo, hay que luchar por ello. Siempre con fe, con decisión y con mucho empuje.

 

Próximamente: La belleza de la vocación familiar: ¿Qué forma una familia?

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Este artículo es parte de una serie de artículos publicados en la última edición de la revisa de El Pueblo Católico. Para suscribirte y recibir la revista GRATIS, HAZ CLIC AQUÍ.

 

La felicidad solo se obtiene cuando nos convertimos en lo que estamos llamados a ser: santos. Esta felicidad no es un simple sentimiento, sino que toma la forma de plenitud. Aunque no la podamos alcanzar completamente en la tierra, sí podemos comenzar a vivirla.

Para descubrir qué es verdaderamente la familia y cuál es su misión, debemos volver al principio del ser humano, al Génesis, a la creación. El relato de la creación nos muestra no solo quién es el hombre, sino también por qué Dios lo creó. Esta verdad se refleja no solo en la fe, sino en el mismo cuerpo y alma de todo hombre y mujer.

UN MATRIMONIO: HOMBRE Y MUJER

“Hombre y mujer los creó” GEN 1,27; MT 19,4

El designio de Dios para la familia comienza con la unión de hombre y mujer. El hombre y la mujer se complementan uno al otro en su cuerpo. Están hechos el uno para el otro. Solo en el acto sexual entre hombre y mujer se puede crear algo nuevo: el fruto de un hijo. Solo ellos pueden convertirse verdaderamente en “una sola carne” (Gen 2,23).

 

¿FAMILIAS “NO TRADICIONALES”?

Por eso no puede existir la distinción de familia “tradicional” y “no tradicional”, la cual, en vez de tener a un hombre y una mujer como padres, busca tener padres del mismo sexo. Tal distinción no es posible porque la unión entre personas del mismo sexo no puede ser estrictamente un matrimonio: no se pueden convertir en “una sola carne” porque sus cuerpos no se complementan. Tampoco pueden generar el fruto de un hijo, y no es por causa de un defecto físico, como sucede con parejas estériles, sino porque la falta de complementariedad biológica lo hace imposible como principio.

 

LA FAMILIA ES IMAGEN DE DIOS
“Creó Dios al ser humano a imagen suya” Gen 1,27
“Dios es amor” (I Jn 4,8) y es comunión (Jn 14,10; 14,26). Es un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y al ser creados a su imagen y semejanza, Dios ha escrito en todo nuestro ser esa vocación al amor y a la comunión. Dios nos creó por pura bondad, para que pudiéramos participar en esta comunión de amor.

La felicidad plena yace en esta participación del amor de Dios. Debido a que tenemos un cuerpo, podemos realizar esta vocación a la comunión de dos maneras en esta vida: por medio del matrimonio o la virginidad (o celibato). Ambas son maneras concretas de vivir la verdad del hombre y la mujer, de ser imagen de Dios, a través del don de sí mismo.

 

AMAR PARA SIEMPRE

“Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” GEN 2,23

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle sobre el divorcio, Jesús contestó: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19,8). Los discípulos contestaron alucinados: “Si tal es la condición… no trae cuenta casarse”. Se dieron cuenta de que el matrimonio conlleva una entrega total, fiel y para toda la vida. Se elige un amor exclusivo. Solo con la gracia que Dios da en el sacramento del matrimonio se puede alcanzar el designio que Dios tiene para el matrimonio.

 

PADRES SOLTEROS O DIVORCIADOS

Por diversas circunstancias, muchas familias llegan a encontrarse en situaciones complicadas, enfrentándose a la separación, el divorcio o un embarazo no deseado.

En estas circunstancias, alejarse de Dios no es la respuesta, pues él nos busca como buscó a la samaritana en el pozo para darnos vida nueva en medio de nuestros problemas (Jn 4). Los lazos familiares siguen siendo poderosos y Dios quiere actuar en ellos.

Para las personas que se encuentran en una situación similar, es de mayor importancia pertenecer a una comunidad de fe, donde podrán conocer la fe y encontrar el apoyo y acompañamiento necesario para vivir una vida de santidad. Esto puede implicar recibir el sacramento del matrimonio para las parejas que no se han casado o buscar la nulidad, pues es posible que el matrimonio anterior no haya sido válido.

 

APERTURA A LA VIDA

“Sean fecundos y multiplíquense” Gen. 1,28

En su designio de amor, Dios quiso que, en la entrega de amor entre hombre y mujer, ese amor se desbordara en la concepción de algo nuevo: de un nuevo ser. Sin embargo, en nuestra sociedad, el sentido de la unión sexual se ha perdido, y es común entenderlo solo como un instrumento de placer o sin el don de los hijos.

 

MÁS QUE PLACER

Cuando una persona se entrega en el acto sexual, dona lo más íntimo que tiene. Pero si se hace solo por placer, se usa el lenguaje de amor más alto que existe de manera contradictoria. En realidad, no es una entrega total, como el lenguaje sexual lo sugiere, sino parcial, con condiciones. El acto se rebaja e incluso hiere a la persona. Esta deja que lo más íntimo que tiene se convierta en algo sin sentido, contradiciendo su deseo de amor incondicional. Así se convierte en un pecado “contra su propio cuerpo” (1 Cor 6,18). La entrega total del cuerpo tiene que ir acompañada de una promesa en la que se entrega totalmente una persona a la otra: el matrimonio.

 

ANTICONCEPTIVOS

Por otro lado, muchos matrimonios tienen miedo a tener hijos por varias razones: el compromiso, el costo, el sufrimiento que podrían experimentar, la contaminación del medio ambiente… Por eso recurren a métodos anticonceptivos, dejando que su entrega deje de ser total. La Iglesia recomienda el uso de métodos naturales de planificación familiar, que les permite a los padres ser generosos y responsables sin corromper su entrega total. Para más información sobre este tema, recomendamos la carta pastoral “El esplendor del amor” de el arzobispo Samuel J. Aquila.