¿Sirven las misas de sanación?

Una lectora nos escribió a nuestra página de Facebook formulándonos esta pregunta. Agradecemos a monseñor Jorge de los Santos quien ofrece esta respuesta.

Intento interpretar el sentido la pregunta con la siguiente respuesta:

La Misa de sanación es una Misa o celebración eucarística, en la que se hace énfasis en los carismas y dones del Espíritu Santo, a fin de pedir por la fortaleza física y espiritual que es la salud de los fieles. Son celebraciones en las que se pone un acento especial en las peticiones de salud, porque la fe nos hace esperar este don de Dios, y se pide por la salud sobre todo del alma, pero también del cuerpo. Para algunos, que están ajenos al Movimiento de la Renovación Carismática, pareciera que estos ritos de entusiasmo y alabanzas en los que se invoca al Espíritu Santo, son contrarios a la liturgia católica, sin embargo no es así, la Misa de sanación es un tipo de misas en las que se invoca al Espíritu Santo para que infunda salud física y espiritual a los fieles.

La salud, que es la conservación del buen estado natural de la persona, y esta sanación viene de Dios. En latín, salvación se dice salus, palabra que dio origen al vocablo “salud”. Esto nos indica que la salvación es salud, o sea, la permanencia en un estado óptimo de la persona como don de Dios. Las misas de sanación tienen la intención de pedir a Dios por la recuperación del estado de salud de las personas, salud perdida por causa de la enfermedad física y/o espiritual, y se hace a través de la invocación carismática del Espíritu Santo.

Las misas de sanación, como toda Misa, pueden ser celebradas por cualquier sacerdote ordenado válidamente y que goce de facultades ministeriales, y a las misas de sanación pueden acudir todos los fieles, pero principalmente las personas que necesitan la salud espiritual perdida debido al pecado, a la desesperanza, la falta de fe o la falta de caridad, así como también pueden acudir personas aquejadas por enfermedades corporales. Sabemos que hay fieles que acuden a las misas de sanación como un recurso extremo buscando un milagro que dé solución a los problemas que los aquejan. Ellos deben tener conciencia de que aunque es verdad que Dios interviene en la existencia humana para mejorar la vida, el milagro no es el fin último de las misas de sanación, sino que como toda celebración eucarística, el fin último sea el culto perfecto a Dios por medio del Sacrificio de Jesucristo, ofreciendo a Dios lo que somos y tenemos. Por tanto, sí es recomendable acudir a las misas de sanación si uno tiene un problema de salud, pero no se debe acudir buscando soluciones “mágicas” ni espontáneas. En Dios siempre debemos confiar, pero hay que saber que, no obstante los milagros sí existen, Dios actúa libremente de tal manera que confiamos en Él aceptando su voluntad y no imponiendo la nuestra.

Las misas de sanación deben seguir los lineamientos de la liturgia oficial de la Iglesia. Es muy buena la presencia de la música, de las alabanzas pues su entusiasmo nos acerca a Dios, pero todo esto debe desarrollarse dentro de un marco litúrgico correcto y decoroso.

En una Misa de sanación el Espíritu Santo actúa libremente concediendo sus dones y carismas, es decir, Dios se hace presente con su poder amoroso a través de los sacramentos. Dejémosle la libertad y la iniciativa a Él que nos cambie para bien, que nos sane y que nos haga felices, pues Él quiere que todos los hombres se salven.

La Misa de sanación es válida, pues no es esencialmente diferente a otras misas, de hecho, en esencia, ninguna Misa es diferente, pero en estos casos algunos fieles o grupos de la Renovación Carismática en el Espíritu Santo agregan oraciones adicionales de invocación del Espíritu Santo para pedir el don de la salud.

Próximamente: La belleza de la vocación familiar: ¿Qué forma una familia?

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La felicidad solo se obtiene cuando nos convertimos en lo que estamos llamados a ser: santos. Esta felicidad no es un simple sentimiento, sino que toma la forma de plenitud. Aunque no la podamos alcanzar completamente en la tierra, sí podemos comenzar a vivirla.

Para descubrir qué es verdaderamente la familia y cuál es su misión, debemos volver al principio del ser humano, al Génesis, a la creación. El relato de la creación nos muestra no solo quién es el hombre, sino también por qué Dios lo creó. Esta verdad se refleja no solo en la fe, sino en el mismo cuerpo y alma de todo hombre y mujer.

UN MATRIMONIO: HOMBRE Y MUJER

“Hombre y mujer los creó” GEN 1,27; MT 19,4

El designio de Dios para la familia comienza con la unión de hombre y mujer. El hombre y la mujer se complementan uno al otro en su cuerpo. Están hechos el uno para el otro. Solo en el acto sexual entre hombre y mujer se puede crear algo nuevo: el fruto de un hijo. Solo ellos pueden convertirse verdaderamente en “una sola carne” (Gen 2,23).

 

¿FAMILIAS “NO TRADICIONALES”?

Por eso no puede existir la distinción de familia “tradicional” y “no tradicional”, la cual, en vez de tener a un hombre y una mujer como padres, busca tener padres del mismo sexo. Tal distinción no es posible porque la unión entre personas del mismo sexo no puede ser estrictamente un matrimonio: no se pueden convertir en “una sola carne” porque sus cuerpos no se complementan. Tampoco pueden generar el fruto de un hijo, y no es por causa de un defecto físico, como sucede con parejas estériles, sino porque la falta de complementariedad biológica lo hace imposible como principio.

 

LA FAMILIA ES IMAGEN DE DIOS
“Creó Dios al ser humano a imagen suya” Gen 1,27
“Dios es amor” (I Jn 4,8) y es comunión (Jn 14,10; 14,26). Es un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y al ser creados a su imagen y semejanza, Dios ha escrito en todo nuestro ser esa vocación al amor y a la comunión. Dios nos creó por pura bondad, para que pudiéramos participar en esta comunión de amor.

La felicidad plena yace en esta participación del amor de Dios. Debido a que tenemos un cuerpo, podemos realizar esta vocación a la comunión de dos maneras en esta vida: por medio del matrimonio o la virginidad (o celibato). Ambas son maneras concretas de vivir la verdad del hombre y la mujer, de ser imagen de Dios, a través del don de sí mismo.

 

AMAR PARA SIEMPRE

“Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” GEN 2,23

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle sobre el divorcio, Jesús contestó: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19,8). Los discípulos contestaron alucinados: “Si tal es la condición… no trae cuenta casarse”. Se dieron cuenta de que el matrimonio conlleva una entrega total, fiel y para toda la vida. Se elige un amor exclusivo. Solo con la gracia que Dios da en el sacramento del matrimonio se puede alcanzar el designio que Dios tiene para el matrimonio.

 

PADRES SOLTEROS O DIVORCIADOS

Por diversas circunstancias, muchas familias llegan a encontrarse en situaciones complicadas, enfrentándose a la separación, el divorcio o un embarazo no deseado.

En estas circunstancias, alejarse de Dios no es la respuesta, pues él nos busca como buscó a la samaritana en el pozo para darnos vida nueva en medio de nuestros problemas (Jn 4). Los lazos familiares siguen siendo poderosos y Dios quiere actuar en ellos.

Para las personas que se encuentran en una situación similar, es de mayor importancia pertenecer a una comunidad de fe, donde podrán conocer la fe y encontrar el apoyo y acompañamiento necesario para vivir una vida de santidad. Esto puede implicar recibir el sacramento del matrimonio para las parejas que no se han casado o buscar la nulidad, pues es posible que el matrimonio anterior no haya sido válido.

 

APERTURA A LA VIDA

“Sean fecundos y multiplíquense” Gen. 1,28

En su designio de amor, Dios quiso que, en la entrega de amor entre hombre y mujer, ese amor se desbordara en la concepción de algo nuevo: de un nuevo ser. Sin embargo, en nuestra sociedad, el sentido de la unión sexual se ha perdido, y es común entenderlo solo como un instrumento de placer o sin el don de los hijos.

 

MÁS QUE PLACER

Cuando una persona se entrega en el acto sexual, dona lo más íntimo que tiene. Pero si se hace solo por placer, se usa el lenguaje de amor más alto que existe de manera contradictoria. En realidad, no es una entrega total, como el lenguaje sexual lo sugiere, sino parcial, con condiciones. El acto se rebaja e incluso hiere a la persona. Esta deja que lo más íntimo que tiene se convierta en algo sin sentido, contradiciendo su deseo de amor incondicional. Así se convierte en un pecado “contra su propio cuerpo” (1 Cor 6,18). La entrega total del cuerpo tiene que ir acompañada de una promesa en la que se entrega totalmente una persona a la otra: el matrimonio.

 

ANTICONCEPTIVOS

Por otro lado, muchos matrimonios tienen miedo a tener hijos por varias razones: el compromiso, el costo, el sufrimiento que podrían experimentar, la contaminación del medio ambiente… Por eso recurren a métodos anticonceptivos, dejando que su entrega deje de ser total. La Iglesia recomienda el uso de métodos naturales de planificación familiar, que les permite a los padres ser generosos y responsables sin corromper su entrega total. Para más información sobre este tema, recomendamos la carta pastoral “El esplendor del amor” de el arzobispo Samuel J. Aquila.