Semana Santa, el sentido de cada celebración

Escritor Invitado

Por: Fray Nelson Medina

Estamos próximos a celebrar la Semana Santa. No se trata de unas vacaciones adicionales. Se trata de un tiempo reservado para la contemplación del ministerio central de nuestra fe. No hay otra celebración más importante. Este es un tiempo que nos une a todos los cristianos, que nos convoca a volver a la fuente de donde hemos nacido, un mismo misterio, una misma palabra y una misma fe nos hacen volver los ojos hacia Cristo, único señor de todos.

La Semana Santa como tal empieza con el Domingo de Ramos y culmina con el Domingo de Resurrección. El corazón de la Semana Santa está en lo que llamamos el Triduo Pascual: Jueves, Viernes y Sábado Santo donde celebramos la pasión, muerte y resurrección de Jesús.  A continuación, ofrecemos una breve explicación de cada una de estas celebraciones:

 

Domingo de Ramos

Esta celebración nos recuerda la entrada de Jesus en Jerusalén como Rey y Mesías. Cristo es el rey pacifico, manso, compasivo y justo. En Él se cumplen las promesas hechas al rey David a quien le fue dicho que su trono, su cetro nunca caería y efectivamente, el trono de Jesus descendiente de David jamás caerá. Este día se lee completo el texto de la Pasión según los evangelios sinópticos de Mateo, Marcos o Lucas. Depende del año en el que nos encontremos.

 

Jueves Santo

En la misa de la Cena del Señor celebramos tres cosas: la institución de la Eucaristía, la institución del Orden Sacerdotal y el mandamiento del amor. En el cenáculo Jesucristo celebró por primera vez la Eucaristía con sus discípulos. Por primera vez se pronunciaron aquellas palabras: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros” (Lc. 22, 19a). Por eso, el cuerpo en la Eucaristía es cuerpo para el sacrificio, es cuerpo para la Pascua, es cuerpo que nos alimenta rompiéndose como se rompe el pan. Fue en el cenáculo donde Jesús instituyó por primera vez a los sacerdotes con ese mandamiento: “Haced esto en conmemoración mía” (Lc. 22, 19b), ordenándoles realizar ese gesto maravilloso de donación a Cristo. Les dio a beber la bebida espiritual, su propia sangre. “Esta es la nueva Alianza en mi sangre que será derramada por vosotros” (Lc. 22, 20). Aquellos hombres, recibiendo el precio de su redención, comulgando la sangre que les trae el perdón de los pecados se convierten en testigos de esa sangre a favor de los creyentes de todos los tiempos. El misterio de amor que pide de nosotros gratitud y con la gratitud súplica de perseverancia y fidelidad. En la misa de la Cena del Señor se suele recordar el humilde gesto del lavatorio de los pies. Sabemos por los evangelios lo que sucedió después de la Última Cena: Cristo fue a orar al monte de los Olivos. Allí fue traicionado y entregado por Judas y así quedó en poder de las autoridades judías.

 

 

Viernes Santo

“Cristo habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1). Es el día en que vemos que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos. El Viernes Santo se realiza una acción litúrgica generalmente hacia las 3 p.m. en memoria de la hora en que Jesús dio la vida por nosotros. Por la mañana suele tenerse el Viacrucis, expresión latina que quiere decir camino de la cruz. Además, en muchos lugares se predica en este día el sermón de las Siete Palabras. Es una manera de grabar en nuestra memoria y corazón los afectos que tuvo Cristo antes de expirar. Nuestro Señor fue despojado de sus vestiduras, desnudo como estaban Adán y Eva en el paraíso. Jesús no tiene otra vestidura sacerdotal que sus propias llagas y su propia sangre. Con semejante humillación Jesús abre sus brazos para nosotros. No olvidemos que la cruz era tal vez el peor de los tormentos que el Imperio Romano sabía y podía infligir a un condenado. Era un tormento reservado a los rebeldes, un modo espantosamente drástico de imponer su autoridad, de hacer valer sus derechos, pero especialmente, un modo supremo de sofocar cualquier voluntad contraria a la voluntad del Imperio. Cristo padeció el tormento de la cruz. Esa fue su manera de participar de la tragedia humana hasta las más hondas consecuencias.

 

 

Sábado Santo

Es el día del gran silencio. No hay ninguna celebración litúrgica que sea propia del sábado como tal pues la Iglesia entera guarda a Cristo dormido, después de envolver a Jesús en las vendas y el sudario según la costumbre de los judíos, para despertar con Él a la gloria de la Pascua. También nosotros espiritualmente en este momento y también cuando llegue el Sábado Santo debemos postrar nuestro corazón ante Jesús reconociendo en la muerte de Cristo, la espantosa consecuencia de nuestros pecados pero reconociendo también que el pecado agotó sus fuerzas, que todo el odio se descargó sobre sus hombros, sobre su piel, sobre sus sienes. Esa es la gran celebración que Cristo, despertado por la gloria del Padre, Cristo vivificado por la gracia del Espíritu Cristo Dios, se levanta del sepulcro, se levanta mostrando que el amor vence al odio, que el pequeño vence al soberbio, que la paz vence a la muerte porque hay vida, hay gracia y hay perdón.

Aunque en el Sábado Santo no hay ninguna celebración litúrgica establecida, en muchos lugares se organizan celebraciones piadosas recordando con dolor de amor la dura soledad de la Virgen María. Sabemos que parte del testamento de Cristo fue entregarnos a su Santísima Madre como madre nuestra al acoger a la Virgen María en nuestros corazones y en nuestras casas.

Si el Triduo es el centro de nuestra liturgia, la Vigilia Pascual, que se celebra el sábado en la noche, es el centro de todo el Triduo. La Vigilia Pascual tiene 4 partes: que explicamos a continuación.

 

Partes de la misa de la Vigilia Pascual

 

Liturgia de la Luz

Empieza con la bendición del fuego y con ese momento en el que se enciende la luz nueva, el cirio de la Pascua, aquel que va a presidir todo Bautismo porque la gracia que tenemos en el Bautismo ha nacido de la Pascua, ha nacido de la cruz de nuestro Señor. La cruz de Cristo es la fuente de nuestro Bautismo, por eso la liturgia de la luz.

 

Liturgia de la palabra

Es una extensa presentación de los textos, quizás más bellos, que nos ayudan a describir mejor esa historia de la salvación, ese recorrido desde el Génesis y el Éxodo pasando por los Reyes y los Profetas hasta ver la culminación de la revelación divina en Jesucristo.

 

Liturgia bautismal 

“El que crea y se bautice se salvará” (Mc 16, 16), dijo Jesucristo y luego mandó a los apóstoles a predicar y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La liturgia bautismal es aquella gran celebración en que la Iglesia es madre, bella y fecunda como nunca, entregando a Dios un rebaño extendido, renovado por aquellas aguas que brotaron del costado de Cristo en la cruz.

 

Liturgia eucarística

Nosotros no celebramos la Pascua recordando un gran héroe del pasado. Celebramos la Pascua pagando el precio de nuestra salvación. Permanecemos en la gracia del Señor. Permanecemos en amistad con Él porque Él mismo nos alimenta. Esto es lo que nos recuerda y hace en realidad la liturgia eucarística, especialmente en el día de la Vigilia Pascual. Todo en la Vigilia Pascual está encaminado a proclamar y celebrar que Cristo vive, que ya nada ni nadie tiene poder sobre Él. Así podríamos resumir el Nuevo Testamento. Cristo es el Señor, Jesus de Nazareth constituido por la unción imperecedera, eficaz, santísima del Espíritu Santo. Jesús de Nazareth es el Señor y por consiguiente, su palabra poderosa, su ejemplo maravilloso, su amor que no muere, presiden nuestras vidas y en Él somos más que vencedores. Esta noticia increíble es la victoria sobre todo lo que tenía poder sobre nosotros: el demonio, el pecado, la muerte. La Pascua tiene una fuerza incontenible para proclamar que somos libres. La piedra del sepulcro antiguo, según la usanza de los judíos, no podía ser removida pero Cristo la venció. Jesús vive resucitado, está glorioso, ha vencido a la muerte, somos libres ¡Aleluya!

Próximamente: ¿Un hombre debe amar más a su esposa que a su madre?

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

El hombre que trata a su mujer como una princesa es porque fue educado por una reina.

Este refrán conserva toda una verdad. Hay que agradecer a esas reinas que hayan sabido educar caballeros. ¡Gracias a todas ellas!

Sin embargo hay situaciones en las que parece que “la reina” pretende ser “princesa”. Ahora su hijo ya está casado y parece querer un lugar distinto al que le corresponde como madre. También puede suceder que el hijo siga con “mamitis” y no haya entendido todavía lo que significan aquello de “dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt.19,5).

Y es que no se trata de amar más o de amar menos, de cuantificarlo, sino de que cada uno ocupemos el lugar que nos corresponde en la vida. Por eso, cuando uno se casa, la esposa debe ser la número uno en su vida, la mujer de su vida.

Por otro lado, es importante que la esposa acepte que la mamá siempre será el primer gran amor de su marido. Es la mujer que le dio la vida, que le crió y la que le dio todo el amor que pudo entregarle.

Sé que es un tema sensible por lo que trataré de redactarlo con suma delicadeza y lo haré pensando no solo como madre de solo varones, sino como experta en temas matrimoniales.

Para comenzar debo decir que para mí será una verdadera victoria cuando vea a mis hijos ya casados tratando como reinas a sus mujeres, dándoles su lugar como sus compañeras de vida.  Cuando se casen serán uno por lo que, ¡no seré yo la que les desuna! Mi lugar será siempre el de mamá, nada más.

Lo más triste y doloroso para la esposa es cuando su marido otorga siempre un lugar preferencial a su “mami” poniéndola por encima de ella. Esta situación le hace sentir denigrada, rechazada, pisoteada por el que prometió amarla y protegerla de por vida.

Señores, ningún esposo coherente debe colocar las opiniones o los deseos, gustos o caprichos de su madre por encima de los de su mujer.

Por otro lado, las suegras necesitan ser más inteligentes y nunca criticar a la nuera ni opinar, a no ser que se le pida, sobre diferentes cuestiones que afectan a su vida familiar y/o matrimonial como por ejemplo, el orden de la casa, la alimentación y educación de los niños o el estado de su relación de pareja.

Si una nuera no se siente amada ni aceptada por su suegra difícilmente tendrán una buena relación. Es como si ambas mujeres se sintieran amenazadas una por la otra. Si el marido se va siempre del lado de la mami, la situación se vuelve frustrante para la esposa.

Maridos, ambos amores son igual de importantes: la mamá siempre será su mamá y siempre le deberán respeto y amor. Ella los formó y fue la primera mujer que los amó y los seguirá amando incondicionalmente. Pero a su esposa le deben su total devoción, cuidados, fervor, protección, etc.

Son amores tan distintos y grandes a la vez que no tienen por qué entrar en conflicto. No ha de haber si quiera comparación. Pueden y deben amar a ambas. Su mamá, insisto, siempre será su madre, pero nunca ha de ser motivo para que su esposa se convierta en ex esposa.

Entendamos, no es competencia ni rivalidad, sino poner a cada una en el lugar que por derecho le corresponde. Trabaja y empéñate en tener un súper matrimonio y una súper relación con tu mamá, pero siempre recordando que tu matrimonio debe ser lo primero. Tu mujer, la primera, aún por encima de tus hijos.

Recuerda que libremente prometiste delante de Dios amarla, servirla, protegerla, cuidarla y dar tu vida por ella de ser necesario.

Artículo publicado originalmente en Aleteia.