Rechaza la mediocridad, esfuérzate por la santidad

Arzobispo Aquila

Foto de Artem Kovalev/ Unsplash

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia”, dice el papa Francisco en su nueva exhortación apostólica, Gaudete et Exsultate ¡Qué cierto es! Piensa por ejemplo cómo la madre Teresa atrajo a su ministerio gente de todo el mundo por su santo amor por los enfermos y moribundos.

El documento del Santo Padre significa “hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual”. El mundo necesita santos y esta exhortación apostólica alienta a cada persona a responder a esa necesidad.

Comienza por insistir que ser santo “no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así”.

El papa Francisco describe la santidad sencilla y posible. “Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”, explica.

La llamada del Santo Padre debería sonar familiar para nosotros en la Arquidiócesis de Denver, ya que nos recuerda el reto que San Juan Pablo II dio a los jóvenes en Denver -y en reuniones subsecuentes- durante la Jornada Mundial de la Juventud hace 25 años.

Su mensaje a la juventud el Papa ejemplificaba este reto. “Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás. La Iglesia necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad”.

En Gaudete et Exsultate, el Papa Francisco también trae a casa el impacto único y divinamente planeado de los santos.  “Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio”. escribió

La santidad también es sencilla, explica el Papa. “El designio del Padre es Cristo, y nosotros en él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad plenamente vivida»”.

Y cuando nuestros corazones están llenos de caridad, vemos al mundo y a los demás con diferentes ojos. Somos capaces de ver la santidad alcanzable para los grandes pecadores, para los débiles y vulnerables; no está reservada para “los justos” solamente, como creían los Fariseos en tiempos de Jesús.

El Papa Francisco también enfatiza con razón que nuestra caridad no se puede aplicar de manera selectiva. Por ejemplo, insta a los creyentes a defender consistentemente la vida humana, señalando que la dignidad humana de un no nacido y un refugiado es la misma.

Mi compañero obispo y amigo, el obispo de Lincoln monseñor James Conley, hace una excelente observación en su columna publicada el pasado 13 de abril que puedo también afirmar de mis décadas de actividad provida.

El escribió. “Raramente, o nunca, me he encontrado con católicos que solo toman en serio las vidas de los no nacidos. Cuando me encuentro con gente provida en este país, me doy cuenta de que también son las personas que dirigen las despensas de alimentos de la parroquia, ofreciendo sándwiches a los indigentes incluso mientras oran en clínicas de aborto, adoptan niños y cuidan de sus vecinos. En mi experiencia, el compromiso de proteger la dignidad de los no nacidos se extiende al resto de nuestras vidas…” Esta es exactamente la clase de consistencia a la que el papa Francisco alienta en Gaudete et Exsultate.

La exhortación del papa Francisco también contiene otras facetas, como el hecho de examinarnos a la luz de las Bienaventuranzas como el camino a la santidad, y una sección sobre la oración como el combustible indispensable que llena nuestros corazones con amor por Cristo y por los demás.

Hay mucho de qué decir de la Gaudete et Exsultate, que es una carta escrita a la Iglesia con amor y destinada a ayudarnos a crecer en santidad. Rezo para que cada católico tome de corazón el desafío de llegar a ser santo, confiando en la gracia de Dios para alcanzar lo que de otra manera es imposible.

Concluyo citado a uno de los teólogos favoritos del papa Fráncico, León Bloy: “Solo existe una tristeza, la de no ser santo”.

Traducido del original en ingles por Mavi Barraza

 

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay