¿Qué es la nulidad del matrimonio?

Agradecemos a Mons. Jorge De los Santos, Director Espiritual de Evangelización Hispana de la Arquidiócesis de Denver, por responder a esta pregunta.
Antes hablar sobre la nulidad del matrimonio católico, hay que ver qué es el consentimiento matrimonial válido (causa) y qué es el matrimonio verdadero (efecto). La causa (consentimiento matrimonial) está definida en el canon 1057  del Código de Derecho Canónico:

§1. El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles, consentimiento que ningún poder humano puede suplir.

§2. El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio.

Mientras que el efecto (matrimonio) está definido en el canon 1055 del mismo Código: §1: La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.

§2. Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento. El matrimonio por la Iglesia es indisoluble, hasta que la muerte los separe, es un consorcio para toda la vida.

En el Evangelio de San Marcos Jesús dice: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Pero para que un matrimonio sea válido necesita
de la intención propia en el momento que se intercambian las promesas. Los contrayentes deben tener la intención de unirse en matrimonio, que es una comunión por toda la vida, abierta a la procreación, si alguna de estas razones (unión indisoluble y procreación) son excluidas por la voluntad de cualquiera de los contrayentes, simple y sencillamente no hay matrimonio.

Por ejemplo, según el Código de Derecho Canónico, alguien que no tenía la intención de ser fiel, hace que el matrimonio sea inválido, porque desde el mismo día del intercambio de las promesas, él o ella no pretende cumplir con la fidelidad de por vida que es intrínseca al matrimonio.

O si uno o los dos contrayentes no tienen la intención de procrear, no se casa válidamente. Otro elemento de invalidez sería, por ejemplo, que una de las partes es incapaz del matrimonio (debido a alguna debilidad física, como enfermedad mental o alguna condición psicológica que impide cumplir con el compromiso matrimonial – gran inmadurez, homosexualidad etc.)

Si el matrimonio es válido el día de la boda, la infidelidad u otras cosas posteriores no lo invalidan. Solo es inválido cuando la voluntad de alguna de las partes en el momento de contraer matrimonio, contradice la voluntad de Dios manifestada por la Iglesia. Por lo demás, la Iglesia reconoce todo matrimonio como válido hasta que se demuestre lo contrario. Obviamente, para declarar la nulidad de un matrimonio se considera lo que ocurrió en el momento de producirse el mismo, siendo indiferente lo que haya ocurrido después, durante la vida de este matrimonio.

Ahora, respondiendo a la pregunta de ¿Qué es la anulación del matrimonio? La anulación o más propiamente llamado el “Decreto de Nulidad”, es cuando el Tribunal de la Iglesia, por medio de un proceso o juicio, encuentra que en el momento del intercambio de las promesas falta algún elemento esencial para que un matrimonio sea válido. Ninguna de estas condiciones debe ser asumida, sino que deben ser probadas.

Nulidad, en términos generales, significa la inexistencia de un acto, un Decreto de Nulidad de matrimonio no es un “divorcio por la Iglesia”, no disuelve el matrimonio. Es un juicio en donde se llega a la conclusión de que el matrimonio nunca existió. Si se hace mal uso del proceso con engaño, esto sería muy grave para esa persona que así lo hiciera.

Si el Decreto de Nulidad es otorgado, la pareja queda libre para casarse válidamente cumpliendo todos los elementos esenciales del matrimonio.

La persona que tenga dudas sobre su situación matrimonial, que desee regresar a los sacramentos después de un divorcio y nuevo matrimonio civil (sin haber obtenido una anulación), o que desee explicaciones sobre este tema, debe buscar consejo de su párroco, o en el mejor de los casos, buscar la orientación del Tribunal de su Diócesis, para que puedan examinar su matrimonio.

La complejidad de estos temas requiere de una atención personal y muy especifica. En un proceso de nulidad matrimonial naturalmente, el
Tribunal Diocesano sólo puede dar una de estas dos respuestas, reconociendo la nulidad o la validez del Sacramento.

Próximamente: Dios nunca se cansa de hablarte

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Es realmente una maravilla que tengamos el don de la Biblia, a través del cual Dios nos habla, nos convence, nos sana y nos nutre en nuestro viaje. En reconocimiento de la importancia de las Escrituras, el 26 de enero la Iglesia celebrará el primer “Domingo de la Palabra de Dios”.

La Palabra de Dios es esencial para nuestra identidad como cristianos. Nos da fuerza, sanación y nutrición. El Catecismo habla de las Escrituras como el lugar donde “la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (CIC, 104). Es fácil perder de vista lo bendecidos que somos de tener este poderoso regalo, este alimento espiritual.

¿Cuántos de nosotros podemos decir que en el último día o semana hemos leído estas palabras santas y transformadoras que Dios nos ha dirigido? ¿Amamos la Palabra de Dios y permitimos que se escriba en nuestra mente y corazón al leerla en oración y con frecuencia? ¿es la Palabra de Dios parte del tejido de nuestras vidas?

El gran predicador san Juan Crisóstomo dio una homilía sobre Mateo 2 en la que preguntó a las personas reunidas en la iglesia: ¿Quién puede repetir un salmo o cualquier otra porción de las Escrituras?

Miró a su alrededor y observó que “no había ni una” sola persona que pudiera responder. El argumento que escuchó con mayor frecuencia fue: “No soy … un monje, sino que tengo esposa e hijos, y el cuidado de mi hogar”.

San Juan Crisóstomo respondió que creer que leer la Biblia era solo para monjes es lo que los había llevado a la ruina, ya que aquellos que están en el mundo “reciben heridas diariamente” y tienen la mayor necesidad del medicamento de la Palabra de Dios. Como sabemos, los que tienen heridas y no las tratan, se infectan, y si no se tratan, pueden morir.

Consciente de la importancia vital de las Escrituras, el Papa Francisco anunció recientemente en su Carta Apostólica, Aperuit Illis, que el 26 de enero de 2020, el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, será el primer día en que toda la Iglesia observe el “Domingo de la Palabra de Dios”. Este día, escribió, debe estar marcado por la “celebración, estudio y divulgación de la palabra de Dios” (Aperuit Illis, 3).

Sin embargo, el Papa advierte que un día dedicado a la Biblia “no debe verse como un evento anual sino más bien como un evento durante todo el año, ya que necesitamos crecer urgentemente en nuestro conocimiento y amor de las Escrituras y del Señor resucitado” (AI, 8), para que nuestros corazones se purifiquen por su verdad y nuestros ojos se abran a nuestros pecados.

Entre las prácticas que frecuentemente recomiendo a las personas para promover una vida de conversión continua están la participación regular en los sacramentos y la oración diaria con las Escrituras. Específicamente, te alentó a la práctica de la Lectio Divina, que implica meditar en las Escrituras al involucrar tus pensamientos, imaginación, emociones y deseos mientras lees. El objetivo de Lectio Divina es principalmente experimentar un encuentro íntimo con Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. A través de este encuentro, todo nuestro ser se somete más estrechamente a Dios, recibiendo y creyendo cada vez más en el amor del Padre por nosotros de una manera personal y particular, aumentando así nuestro amor y conocimiento de las tres personas de la Santísima Trinidad.

Esta experiencia de escuchar la voz de Dios y familiarizarse con sus movimientos dentro de nosotros, cambia la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Pronto, nos volvemos mucho más atentos a su presencia en nuestras relaciones, en la creación y especialmente dentro de la Misa. “En este sentido, la lectura en oración de la Sagrada Escritura actúa como la puerta de entrada a un nuevo Edén, donde el hombre una vez más vive en la presencia consciente de su Hacedor y Salvador” (Sacraments Through Scripture: A Still Small Voice, p.4).

Sé que cuanto más leo y rezo con las Escrituras, y especialmente con los Evangelios, más se convierten en una palabra viva que penetra en mi corazón, de modo que me convenzo más del amor personal del Padre por mí.

Mientras lees esta columna, te animo a que pienses en cómo puedes usar el “Domingo de la Palabra de Dios” como una oportunidad para pedirle a Dios un amor más profundo por su Palabra y aumentar tu deseo de conocerlo a través de las Escrituras. San Jerónimo enseñaba que “la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”. Cuando conocemos a Jesús a través de la Biblia, realmente somos transformados y experimentamos alegría, incluso en tiempos de prueba o sufrimiento. Que cada uno de nosotros experimente un renovado amor por la Biblia para que seamos verdaderos discípulos que lleven a Cristo a los confines de la tierra.

Imagen destacada de Josh Applegate | Unsplash