¡Qué buenos son los Santos!

Obispo Jorge Rodríguez

Así se titula el libro de Pedro María Iraolagoitia que leí cuando era joven. El P. Pedro María dice en la introducción del libro: “El autor confiesa que ha incurrido en omisiones lamentables. Aquí faltan santos. Y faltan porque, gracias a Dios, hay santos a barullo. Ya dice el Apocalipsis que son un gentío que nadie podía contar. El autor sabe que va a recibir cartas llenas de santa indignación, en las que se le increpará por no haber puesto, por ejemplo, a San Emeterio, que es un santo de calibre, si los hay, y además, patrono del pueblo del que escribe la carta. Sepa el amable comunicante que, el autor, al leer su carta, se pondrá colorado hasta la raíz del pelo, le pedirá perdón y luego gritará con todas sus fuerzas: ¡Viva San Emeterio! P. M. I.”

Espero que no me pase lo mismo porque deseo escribir sobre Todos los Santos, cuyos nombres escritos en el cielo, solo los sabe Dios. Lo interesante es que nosotros conocemos algunos de esos nombres, y quisiera pedirles su ayuda para hacer una lista.

Se trata de todas esas personas santas que la iglesia celebra el 1 de noviembre cada año. El papa Francisco en su exhortación apostólica Alégrense y Regocíjense “nos invita a reconocer que tenemos ‘una nube tan ingente de testigos’ (12,1) que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta. Y entre ellos puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cf. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor. Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión” (nn. 3-4).

Conocemos los nombres e historias de muchos santos canonizados que están en el cielo. Conocemos muchas personas aquí en la tierra que podemos considerar santas por su amor a Cristo y su caridad cristiana. Pero hay otros muchos que ya no están con nosotros, pero cuyas almas ya están en el cielo porque son santos.

La Iglesia enseña que “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo…. Definimos con la autoridad apostólica: que, según la disposición general de Dios, las almas de todos los santos … y de todos los demás fieles muertos después de recibir el Bautismo de Cristo en los que no había nada que purificar cuando murieron …; o en caso de que tuvieran o tengan algo que purificar, una vez que estén purificadas después de la muerte… estuvieron, están y estarán en el cielo, en el Reino de los cielos y paraíso celestial con Cristo, admitidos en la compañía de los ángeles… Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’” (Cf. CIC 1023-2014).

Entre ellos, estoy seguro de que podría estar tu abuelita, tu padre, tu hermano, tu madre, un amigo, tu catequista, y muchos santos más que, no solamente celebramos el 1 de noviembre, sino que -como dice el Papa- mantienen con nosotros lazos de amor y comunión todos los días. ¡Qué maravilla contar con tantos aliados -familiares y amigos- que desde el cielo nos ayudan por el amor que nos tienen!

De veras, ¡qué buenos son los Santos! Cuenta con ellos porque están con Dios, y parte de su corazón se quedó con nosotros cuando nos dejaron. ¡Y qué ganas de verlos otra vez, radiantes y llenos de la luz de Cristo!

Próximamente: ¿Un hombre debe amar más a su esposa que a su madre?

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

El hombre que trata a su mujer como una princesa es porque fue educado por una reina.

Este refrán conserva toda una verdad. Hay que agradecer a esas reinas que hayan sabido educar caballeros. ¡Gracias a todas ellas!

Sin embargo hay situaciones en las que parece que “la reina” pretende ser “princesa”. Ahora su hijo ya está casado y parece querer un lugar distinto al que le corresponde como madre. También puede suceder que el hijo siga con “mamitis” y no haya entendido todavía lo que significan aquello de “dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne” (Mt.19,5).

Y es que no se trata de amar más o de amar menos, de cuantificarlo, sino de que cada uno ocupemos el lugar que nos corresponde en la vida. Por eso, cuando uno se casa, la esposa debe ser la número uno en su vida, la mujer de su vida.

Por otro lado, es importante que la esposa acepte que la mamá siempre será el primer gran amor de su marido. Es la mujer que le dio la vida, que le crió y la que le dio todo el amor que pudo entregarle.

Sé que es un tema sensible por lo que trataré de redactarlo con suma delicadeza y lo haré pensando no solo como madre de solo varones, sino como experta en temas matrimoniales.

Para comenzar debo decir que para mí será una verdadera victoria cuando vea a mis hijos ya casados tratando como reinas a sus mujeres, dándoles su lugar como sus compañeras de vida.  Cuando se casen serán uno por lo que, ¡no seré yo la que les desuna! Mi lugar será siempre el de mamá, nada más.

Lo más triste y doloroso para la esposa es cuando su marido otorga siempre un lugar preferencial a su “mami” poniéndola por encima de ella. Esta situación le hace sentir denigrada, rechazada, pisoteada por el que prometió amarla y protegerla de por vida.

Señores, ningún esposo coherente debe colocar las opiniones o los deseos, gustos o caprichos de su madre por encima de los de su mujer.

Por otro lado, las suegras necesitan ser más inteligentes y nunca criticar a la nuera ni opinar, a no ser que se le pida, sobre diferentes cuestiones que afectan a su vida familiar y/o matrimonial como por ejemplo, el orden de la casa, la alimentación y educación de los niños o el estado de su relación de pareja.

Si una nuera no se siente amada ni aceptada por su suegra difícilmente tendrán una buena relación. Es como si ambas mujeres se sintieran amenazadas una por la otra. Si el marido se va siempre del lado de la mami, la situación se vuelve frustrante para la esposa.

Maridos, ambos amores son igual de importantes: la mamá siempre será su mamá y siempre le deberán respeto y amor. Ella los formó y fue la primera mujer que los amó y los seguirá amando incondicionalmente. Pero a su esposa le deben su total devoción, cuidados, fervor, protección, etc.

Son amores tan distintos y grandes a la vez que no tienen por qué entrar en conflicto. No ha de haber si quiera comparación. Pueden y deben amar a ambas. Su mamá, insisto, siempre será su madre, pero nunca ha de ser motivo para que su esposa se convierta en ex esposa.

Entendamos, no es competencia ni rivalidad, sino poner a cada una en el lugar que por derecho le corresponde. Trabaja y empéñate en tener un súper matrimonio y una súper relación con tu mamá, pero siempre recordando que tu matrimonio debe ser lo primero. Tu mujer, la primera, aún por encima de tus hijos.

Recuerda que libremente prometiste delante de Dios amarla, servirla, protegerla, cuidarla y dar tu vida por ella de ser necesario.

Artículo publicado originalmente en Aleteia.