¿Puede Cristo mandarnos a odiar?

Escritor Invitado

Por: Padre Ángel Pérez-López. El padre Ángel, PhD, es párroco de St. Cajetan en Denver y profesor adjunto en el seminario St. John Vianney.

Algunas palabras de Cristo son más difíciles de entender que otras. Por ejemplo, en el Evangelio, Jesús nos enseña: “Si alguno viene a mí sin odiar a su padre, a su madre, a su esposa e hijos, a sus hermanos y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”. ¿Cómo puede Cristo mandarnos a odiar?

El contexto de esta exhortación es la gran división que nuestro Señor trae (cf. Lc 12,51). No hay vía media. O estamos con Cristo o contra Él (cf. Lc 11,23; Ap 3,16). O amamos a Dios sobre todas las cosas y personas, o no lo hacemos. O amamos a Dios hasta el punto de despreciar todo lo que nos separa de Él, o nos amamos a nosotros mismos hasta el punto de despreciar al Señor. Estos dos amores fundaron, como enseña San Agustín, dos ciudades distintas: la ciudad celestial de Dios y la ciudad terrena de los hombres (cf. De Civitate Dei, XIV, cap. 28).

Ahora bien, por naturaleza, amamos el bien y odiamos el mal. Pero Dios no manda algo contrario a la misma naturaleza que Él ha creado. El orden de la gracia perfecciona el orden de la naturaleza, pero no lo contradice o se le opone. En otras palabras, la gracia se opone al pecado, pero no a la naturaleza. Por tanto, la petición de Jesús debe requerirnos odiar algo verdaderamente malo y pecaminoso, algo que nos separa de Dios y del amor debido a nuestro Señor.

Es, en este sentido, que Dios nos manda odiar padre, madre, esposa, marido, hijos, hermanos, etc. Obviamente, no tenemos que odiar la bondad natural de ninguno de ellos, sino lo que es malo y pecaminoso en nuestra relación con ellos, lo que nos separa del Señor. Amarlos más de lo que amamos a Dios sería moralmente malo. Sería pecaminoso. Constituiría un obstáculo para nuestra pertenencia al reino de Dios. Nos separaría de Jesús. Consecuentemente, esa tendencia idólatra debe ser odiada por amor a Cristo. Por este motivo, Santo Tomás de Aquino enseña que “no se nos manda odiar a nuestros parientes por ser parientes, sino sólo porque nos estorban para amar a Dios. Bajo este aspecto no son parientes, sino enemigos” (Summa Theologiae II–II, q.  26, a. 7, ad 1).

Con frecuencia, el mayor de los obstáculos a la hora de seguir al Señor es nuestra propia voluntad. Nos cuesta mucho dársela a Cristo. Al principio, somos incapaces de hacerlo. En efecto, nadie puede dar lo que no tiene. Muchas veces, nuestra voluntad no es de nuestra total pertenencia, sino que está esclavizada por nuestras pasiones o deseos. En otras palabras, experimentamos un cautiverio de los pecados de debilidad. Aunque conocemos el bien que queremos, terminamos haciendo el mal que aborrecemos (cf. Rm 7,14–25). Otras veces, en cambio, estamos tan llenos de nosotros mismos que vivimos de manera egoísta, haciendo un ídolo de nuestra voluntad al pedirle que nos conceda la felicidad última y perfecta. Pero como solo Dios puede ser nuestro fin último, al pedir esta felicidad a nuestra voluntad, la convertimos en nuestro pequeño “dios”. Para salvarnos de todo esto, Cristo ha muerto por nosotros para que no vivamos más para nosotros mismos sino para Él (cf. 2Cor 5,15; 1Thes 5,10).

En este sentido, nuestro Señor nos manda que nos odiemos a nosotros mismos. No porque tengamos que odiar nuestra bondad natural, sino porque Dios quiere que odiemos lo que es malo en nosotros, lo que es pecaminoso, lo que nos separa de Él. Estas tendencias idólatras que hemos mencionado son malas y pecaminosas. Nos separan del Señor. Por tanto, deben odiarse por amor a Cristo.

 

 

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¿Qué tiene que ver Santa Cecilia con la música?

Una virgen de una ilustre noble familia romana unida tradicionalmente al arte musical

Escritor Invitado

Santa Cecilia virgen y mártir; su culto es muy popular y antiguo desde la época de los primeros cristianos, además porque es patrona de los músicos como así también de los poetas.

Se sabe muy poco de ella y gracias a las “Actas de Santa Cecilia” escritas en latín, que aparecieron hacia el año 480 lo que indicaba que la iglesia romana ya la conmemoraba.

Según este texto, Cecilia había sido una virgen de una ilustre noble familia romana, quien se había convertido al cristianismo desde su infancia, y cuyas prácticas y devociones eran muy fervorosas. Sus padres, que no compartían sus pensamientos, la dieron en matrimonio a un noble joven pagano, de nombre Valeriano.

Cuando, tras la celebración del matrimonio, la pareja se había retirado a la cámara nupcial, Cecilia dijo a Valeriano que ella había entregado su virginidad a Dios y que un ángel celosamente guardaba su cuerpo; por consiguiente, Valeriano debía tener el cuidado de no violar su virginidad. Valeriano pidió ver al ángel, después de lo cual Cecilia lo envió a encontrarse con el papa Urbano I.

Según la tradición, transcurrió así:

– Cecilia: Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio, si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí.

– Valeriano: Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides.

– Cecilia: Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo, verás al ángel.

Valeriano obedeció y fue al encuentro de Urbano I, el papa lo bautizó y Valeriano regresó como cristiano ante Cecilia. Entonces se apareció un ángel a los dos y los coronó como esposos con rosas y azucenas. Cuando Tiburcio, el hermano de Valeriano, se acercó a ellos, también fue convertido al cristianismo y a partir de entonces vivió con ellos en la misma casa, en completa pureza.

Martirio

El prefecto Turcio Almaquio condenó a ambos hermanos a la muerte. El funcionario del prefecto, Máximo, fue designado para ejecutar la sentencia. Pero se convirtió al cristianismo y sufrió el martirio con los dos hermanos. Cecilia enterró sus restos en una tumba cristiana. Luego la propia Cecilia fue buscada por los funcionarios del prefecto. Fue condenada a morir ahogada en el baño de su propia casa.

Como sobrevivió, la pusieron en un recipiente con agua hirviendo, pero también permaneció ilesa en el ardiente cuarto. Por eso el prefecto decidió que la decapitaran allí mismo. El ejecutor dejó caer su espada tres veces pero no pudo separar la cabeza del tronco. Huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Cecilia vivió tres días más, dio limosnas a los pobres y dispuso que después de su muerte su casa debía dedicarse como templo.

Por mucho tiempo el cuerpo de la santa no fue encontrado, hasta que en el 820 fue hallado en las catacumbas de San Calixto, milagrosamente intacto y envuelto en una túnica bordada en oro, papa Pascual I hizo transportar su cuerpo donde es ahora la Basílica de Santa Cecilia en Trastevere, la casa donde vivía con Valeriano.

La Basílica de Santa Cecilia, ubicada en la plaza del mismo nombre, se encuentra sobre la casa de la mártir romana Cecilia y su esposo Valeriano.

 

Basílica de Santa Cecilia in Trastevere de Roma

En el 1559 el cardenal Sfondrati, durante una nueva restauración de la basílica, hace exhumar el cuerpo de la santa para evaluar el estado de conservación, y se lo encontró todavía en perfecto estado con un velo que cubría sus cabellos, su cara mirando al suelo, con la marcas de sangre y de tres heridas en el cuello y lo que más llamaba la atención es la posición de los dedos de su manos, indicando la Santísima Trinidad.

Sobre el pedestal de la estatua el escultor puso la siguiente inscripción: “He aquí a Cecilia, virgen, a quien yo vi incorrupta en el sepulcro. Esculpí para vosotros, en mármol, esta imagen de la santa en la postura en que la vi.”

Estatua de mármol de Santa Cecilia en su tumba debajo del altar en la basílica de Santa Cecilia de Trastevere en Roma.

Santa Cecilia y la música

Fue el papa Gregorio XIII quien declaró Patrona de la música y de los músicos en 1584 a santa Cecilia, a causa de la gran popularidad que había adquirido la asociación de esta mártir con la música.

Son varios los motivos entre mitos y leyendas que llevan a la relación de la santa con la música:

Algunos piensan porque se dice que cuando se casó por deseo de su padre (a pesar de haber decidido ofrecer su virginidad al Señor), el día de su boda, mientras los músicos tocaban, ella cantaba a Dios en su corazón.

Probablemente también sea, porque desde muy joven y de acuerdo con las costumbres y tradiciones de las familias patricias romanas, Cecilia debió iniciarse y tocar algún instrumento musical, como la lira, la cítara o algún tipo de arpa de las utilizadas por las damas de la sociedad romana.

Por otro lado, el texto del Acta de Santa Cecilia dice:

“Vino el día en que el matrimonio se celebró, y, mientras sonaban los instrumentos musicales, ella (la virgen Cecilia) en su corazón a su único Señor cantaba [diciendo]: Haz, Señor, mi corazón y mi cuerpo inmaculados y no sea yo defraudada <que es una paráfrasis del salmo LXX: In te Dómine speravi; non confundar in aeternum.”

Más allá del vínculo que pueda tener la santa con la música lo más importante en ella, es que murió defendiendo su fe cristiana como tantos mártires en la actualidad.

 

Artículo publicado originalmente en Aleteia.