¿Por qué quedarnos en la iglesia?

Escritor Invitado

Por Jared Staudt.

Hay muchas personas que abandonaron la Iglesia o que actualmente están considerando irse debido a los escándalos de las últimas décadas. Hemos sentido dolor e ira justa hacia nuestros líderes y hemos sufrido vergüenza por su traición. Para algunos, los informes del gran jurado y la falta de responsabilidad de los obispos han sido la gota que derramó el vaso. Es difícil culpar a la gente por sentirse de esta manera, pero tenemos que preguntar con Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir?” (Juan 6:68).

Esta pregunta surge después de que muchos discípulos se alejaran de Jesús tras su doctrina sobre la Eucaristía, y es precisamente la Eucaristía la que debería estar en el centro de cualquier respuesta a la crisis. Pedro responde a su propia pregunta: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). La Iglesia es el propio cuerpo de Jesús en el mundo, y nosotros somos miembros de su cuerpo místico, que nos da la vida eterna al consumir su propia carne en la santa misa. Sin la Eucaristía, ¿dónde estaría la presencia de Jesús en la carne, el corazón de la Iglesia?

El obispo Robert Barron hace eco de la pregunta de Pedro en su reciente libro de estilo folleto, con más de un millón de copias impresas, Carta a una iglesia que sufre: un obispo habla sobre la crisis de los abusos sexuales. Él recurre a la Biblia y a la historia de la Iglesia para buscar una perspectiva sobre la crisis. Debido a la centralidad de la Eucaristía en la Iglesia, la traición de algunos de nuestros sacerdotes y obispos adquiere mayor importancia. Actúan en persona Cristo en la misa, ofreciendo el sacrificio de Cristo en la cruz al Padre, y dependemos de ellos para nuestra vida sacramental.

Afortunadamente, la validez de los sacramentos no depende de la impecabilidad de los sacerdotes, sino de la santidad de Dios. Sin embargo, Barron señala que dichos sacerdotes no saldrán fácilmente de esto, dadas las palabras extremadamente duras de Jesús a los que llevan a los niños por mal camino:

“Y el que acoja a un niño como este en mi nombre, a mi me acoge. Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo hundiesen en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que haya escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viniere el escándalo! (Mt 18: 5-8)

Barron también hace referencia al castigo de Elí, en 1 Samuel 2-4, quien como sacerdote y juez de Israel vio a sus propios hijos, que también eran sacerdotes, abusar de la gente. Barron argumenta que esta escena nos da el mejor ejemplo del castigo de Dios por permitir que suceda el abuso y no corregirlo.

Barron también mira la tumultuosa historia de la Iglesia para ver el contexto de la crisis actual. Aunque la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo, hace referencia a la afirmación de san Pablo de que llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro, como lo demuestra la debilidad humana de los cristianos a lo largo de la historia. De hecho, esta debilidad manifiesta la gracia del Señor que guía y preserva a la Iglesia a pesar de nosotros. Barron cita a Belloc diciendo que una prueba del fundamento divino de la Iglesia “podría encontrarse en el hecho de que ninguna institución meramente humana, conducida con tan astuta imbecilidad, habría durado una quincena” (43). Las herejías, los papas pecaminosos y la perversidad sexual no han destruido fundamentalmente la obra del Señor, incluso si han rechazado a muchas personas. Dios ha prometido permanecer con su Iglesia y su providencia nos guiará especialmente en los momentos oscuros.

La crisis nos desafía y plantea la pregunta de por qué somos católicos. La mayoría de nosotros hemos nacido católicos y podemos dar por sentada nuestra fe como algo que hemos heredado de nuestros padres. Podemos ver el pertenecer a la Iglesia como membresía en una organización voluntaria. No obstante, nuestra vida como miembros del Cuerpo de Cristo es un regalo de Dios que cambia nuestra identidad y nos une a Dios y a nuestros hermanos cristianos. A medida que experimentamos desafíos a la fe, se nos da una oportunidad para abrazar esta identidad aún más fuertemente, no como algo que depende de mí mismo o de cualquier otra persona en la Iglesia, sino de Dios. Vamos a la Iglesia para honrarlo y agradecerle, y para recibir su gracia, no para ser parte de una organización humana.

La Iglesia es una familia unida por Dios, pero como cualquier familia, experimentamos el dolor causado por los nuestros y por los pecados de los demás. Como familia, no podemos renunciar el uno al otro, más bien tenemos que “quedarnos y luchar” como Barron nos alienta, ayudándonos mutuamente a ser fieles a la misión que Jesús nos dio: amarnos unos a otros como él nos ha amado y para compartir las buenas nuevas de su salvación.

Credíto: Josh Applegate en Unsplash

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay