¿Por qué la Iglesia Católica tiene “santos”?

Vladimir Mauricio-Perez

La mayoría de los católicos crecimos viendo altares y velas al pie de estatuas o imágenes de santos en nuestra parroquia o casa, y así nos criamos llamando solo a ciertos individuos ya fallecidos con el título de “santos”.

Sin embargo, al leer las Sagradas Escrituras, el católico se puede confundir al tropezar con el hecho de que a los primeros cristianos se les otorgaba el título de “santos”. El mismo san Pablo escribe: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús… a los santosde Colosas, hermanos fieles de Cristo” (Col 1, 1-2).

Eso nos puede hacer dudar sobre por qué la Iglesia ha decidido llamar “santos” solo a ciertas personas que ya pasaron de este mundo y vivieron una vida ejemplar.

Para entender este uso de la palabra “santo” debemos analizar la doctrina o enseñanza conocida como “la comunión de los santos”, que decimos en el Credo de los Apóstoles.

Significado de la palabra “santo” y la “comunión de los santos”

La Iglesia enseña que “la comunión de los santos es precisamente la Iglesia” (CIC 946-962).

La palabra “santo” proviene del latín “sanctus” y se refiere a algo o alguien que ha sido apartado, dedicado o consagrado a Dios.

San Pablo llama a los cristianos “santos” porque estos han sido apartados y han recibido la gracia santificante del bautismo. Ya no son como el resto del mundo.

Sin embargo, la doctrina de la comunión de los santos es más que eso. Se basa en la enseñanza que todos los bautizados forman un Cuerpo en Cristo (Rom 12, 15; 1 Cor 12, 12-27).

Y debido a que forman un solo Cuerpo, “el bien de los unos se comunica a los otros”.

Es por eso que, como lo explica el Catecismo, la frase “comunión de los santos” ha tenido dos significados relacionados entre sí desde los primeros siglos del cristianismo: “comunión en las cosas santas” y “comunión entre las personas santas”.

El primer significado explica que los bienes espirituales que se comunican a través del Cuerpo incluyen la fe recibida de los apóstoles, la diversidad de carismas, la caridad y los sacramentos -sobretodo la eucaristía, “porque ella es la que lleva la comunión a su culminación”-.

Los “santos” en el cielo, la tierra y el purgatorio

El segundo significado habla sobre la comunión entre las personas santas, y es este el que más tiene que ver con nuestra pregunta.

Es decir, todas las personas “santas” o que han sido apartadas por la gracia del bautismo están en comunión por pertenecer al mismo Cuerpo, que es la Iglesia, incluso aquellos que ya han fallecido.

Por esta razón, la “comunión de los santos” va más allá de los que viven en la tierra, e incluye a los que ya pasaron de esta vida. Estas manifestaciones de la Iglesia, o el Cuerpo, se conocen como la Iglesia Militante (en la tierra), Purgante (en el purgatorio) y Triunfante (en el cielo).

Estas tres distinciones son profundamente bíblicas y nos ayudan a ver por qué la Iglesia solo otorga a ciertos miembros el título de “santos”.

Los santos en el cielo

El mismo Pablo distingue claramente entre los “santos” que aún están en la tierra y los que ya están en el cielo: “Le pedimos también que los fortalezca plenamente con su glorioso poder… gracias al Padre, que los hizo capaces de participar en la herencia de los santos en la luz” (Col 1, 11-12).

Estos “santos en la luz” -o los santos que han recibido la “herencia luminosa”, como dicen otras traducciones- son los que ya han pasado de este mundo y disfrutan de la luz de Dios. Según san Pablo, estos santos son los que ya poseen toda la “herencia,” y los “santos” en la tierra solo “participan”, es decir, “tienen alguna parte” en ella, aunque no completamente.

En otras palabras, los “santos” en el cielo -la Iglesia Triunfante- poseen la santidad completa que proviene de Cristo porque están en completa unión con él. Lo que nosotros vemos “como en un espejo”, ellos ven “cara a cara” en la visión beatífica (1 Cor 13, 12).

Es por esto que la Iglesia no se equivoca al recordar a los santos en el cielo con gran estima y veneración. Ellos ya están en la presencia de Dios y son “partícipes de la naturaleza divina” completamente (2 Pe 1, 4). Ellos han “llegado a la meta” y han recibido la “corona de gloria” (2 Tim 4, 7-8).

Los “santos” en la tierra

La Iglesia Militante está formada por los cristianos bautizados que en la tierra y que aún no han llegado a la meta, sino que lo recorren como peregrinos. En cierto modo pueden disfrutar del cielo, pues Jesús se les hace presente, especialmente en la Eucaristía. Sin embargo, esta unión no es aún completa.

Como estamos en comunión con los “santos” en el cielo, estos pueden orar e interceder por nosotros ante Dios.

Los “santos” en el purgatorio

Hay entre los cristianos algunos que también han fallecido pero que aún no están disfrutando completamente de “la herencia de los santos en la luz”. Estos forman parte de la Iglesia purgante en el purgatorio (1 Cor 3, 15; 2 Mac 12, 43-46), pues aún no han alcanzado la perfección necesaria para ver a Dios cara a cara, ya que “nada impuro entrará en [el cielo]” (Ap 21, 27).

Por esta razón la Iglesia llama a los fieles a practicar la penitencia y mortificación aquí en la tierra para que puedan ser purificados aquí y entrar en el cielo después de la muerte.

Como formamos parte del mismo Cuerpo, estamos llamados a orar por ellos “para que queden librados del pecado” (2 Mac 12, 46), y ellos también pueden orar por nosotros, ya que seguimos estando en comunión (CIC 958).

Nuestra relación con los santos

La Iglesia no pretende tener una lista de todos los santos en el cielo. Si bien, algún pariente nuestro fallecido puede estar disfrutando de la visión beatifica. Sin embargo, aun así debemos orar por ellos para que sean moldeados a la perfección, pues en realidad no sabremos por seguro si están en el cielo al menos que la Iglesia lo confirme por medio de un proceso largo.

Lo que sí sabemos es que aquellos que han llegado a la meta y han sido victoriosos no son indiferentes a nuestros problemas. Al contrario, como forman parte de la misma Iglesia, siempre están atentos a nuestros oraciones para ayudarnos a llegar al cielo con ellos por medio de su intercesión.

 

Fuentes:

Catholic Encyclopedia

Catholic Answers

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

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