¿Para qué sirve el sacramento de la Confirmación?

Estamos en época de confirmaciones y primeras comuniones en la Arquidiócesis de Denver. Por ello muchas personas se hacen esta pregunta. 

La Confirmación hace parte de los tres sacramentos de iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía). Así, en el Bautismo nacen para la vida de Cristo; en la Confirmación se fortalecen y en la Eucaristía se alimentan para alcanzar la vida eterna para avanzar hacia la perfección de la caridad.

Fue Cristo mismo quien instituyó este sacramento al prometer la efusión del Espíritu sobre sus discípulos: “Cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis una fuerza que os hará ser mis testigos” (Hch 1, 8).

La gracia que obtenemos en el Bautismo es fortificada en la Confirmación de la siguiente manera:

— Nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir “Abbá, Padre”.

— Nos une más firmemente a Cristo.

— Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo.

— Hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia.

— Nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.

El Papa Francisco señaló la importancia del Espíritu Santo y del sacramento de la Confirmación para mantener la unidad de la Iglesia. “El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: Es el autor de la diversidad, pero al mismo tiempo es el creador de la unidad”.

El Santo Padre destacó la importancia de acudir bien preparados al sacramento de la Confirmación: “La venida del Espíritu exige corazones recogidos en oración. Tras la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, extendiendo sus manos sobre los confirmandos, suplica a Dios que infunda su Santo Espíritu Paráclito”.

“Uno solo es el Espíritu –explicó el Pontífice–, pero al venir a nosotros, nos da sus dones: sabiduría, intelecto, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios”.

El Pontífice detalló en su catequesis el significado de los gestos concretos de la Confirmación: “Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del Bautismo se transmite por medio de la imposición de manos. A este gesto bíblico, para expresar mejor la efusión del Espíritu que impregna a quienes lo reciben, desde el principio se le ha añadido la unción del óleo perfumado, llamado crisma, que permanece en uso hasta el día de hoy, tanto en oriente como en occidente”.

“El óleo es la sustancia terapéutica y cosmética que, en contacto con la piel del cuerpo, cura y perfuma las heridas que sirve para expresar la acción del Espíritu que consagra e impregna a los bautizados, embelleciéndolos con sus carismas”.

“El Espíritu Santo es el don invisible, y el crisma es la señal visible”, insistió el Papa. Por último, Su Santidad afirmó que “al recibir en la frente el signo de la cruz con el óleo perfumado, el confirmando también recibe la impronta espiritual indeleble, el ‘carácter’, que lo confirma de forma más perfectamente a Cristo y les concede la gracia de propagar entre los hombres su buen perfume”.

Fuentes: Catecismo de la Iglesia Católica y audiencia general del Papa Francisco 23 de mayo de 2018. 

Próximamente: Las posadas: más que una simple tradición

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Las posadas son una celebración dedicada a conmemorar la peregrinación que hicieron José y María de Nazaret a Belén en busca de un refugio seguro donde María pudiera dar a luz al niño Jesús. Al no encontrar alojamiento en Belén, José y María se vieron obligados a buscar refugio en un establo, donde nació el niño Dios. Actualmente, la celebración del peregrinaje comienza el 16 de diciembre y termina el 24 de diciembre con la llegada de Jesús.

Aunque algunos países latinoamericanos ya han acogido esta tradición, el origen de las posadas se remonta a los tiempos de la conquista de México, por lo que es una tradición que se ha dado a conocer principalmente en la cultura mexicana.

Durante estos nueve días, cada noche se lleva a cabo una representación de José y María montados en un burro y buscando un refugio. Tanto adultos como niños participan en la procesión, la cual comienza con la visita a hogares seleccionados donde un grupo que representa a los peregrinos piden “posada” o alojamiento. En cada parada de la procesión se leen pasajes de las Escrituras y se cantan las letanías para pedir posada.

Tradicionalmente, los anfitriones de estos hogares niegan el alojamiento a los peregrinos hasta que el grupo llega a la casa designada y puede ingresar. El rezo del rosario también se incorpora durante la procesión. Posteriormente, se ofrece comida a los asistentes, los niños rompen piñatas y reciben un “bolo” que consiste en una bolsita con caramelos. Las piñatas generalmente están hechas en forma de una estrella, que simboliza a la estrella que guio a los tres Reyes Magos hasta el pesebre donde se encontraba el niño Dios.

La tradición continúa cada noche en una casa diferente. La última noche, la víspera de Navidad, generalmente se celebra una misa de media noche (Misa de Gallo) en la que se celebra la llegada del niño Jesús.

Esta práctica ha cobrado varias formas a través de los tiempos. En muchos lugares ahora se acostumbra pedir posada en una sola casa, por lo que no hay una procesión. Por esta razón el rezo del rosario también se realiza antes o después de pedir posada.

El origen de esta celebración única se remonta a los tiempos de la conquista en México. Antes de la llegada de los españoles, los aztecas celebraban durante el mes de diciembre la llegada de “Huitzilopochtli” que consideraban el dios de la guerra. Las fiestas comenzaban el día 6 y duraban 20 días. El día 24 por la noche y durante el transcurso del día 25, había festejos en todas las casas en los cuales se ofrecía comida a los invitados y unas estatuas pequeñas de pasta llamada “tzoalt”.

Los misioneros que llegaron a México a finales del siglo XVI aprovecharon la costumbre para inculcarles el espíritu evangélico a los indígenas y le dieron a su celebración un sentido cristiano, lo que serviría como una preparación para recibir a Jesús el día de Navidad.

Con este propósito, fray Diego de Soria, un misionero agustino, obtuvo permiso del Papa Sixto V en 1585 para celebrar nueve misas antes de navidad, conocidas como las “misas de aguinaldo”, del 16 al 24 de diciembre. Durante estas celebraciones eucarísticas, se leían pasajes y escenas de la navidad. Para hacerlas más atractivas y amenas, se les agregaron luces de bengala, cohetes y villancicos, y posteriormente la piñata en forma de estrella. Los asistentes también recibían un pequeño regalo conocido como “aguinaldo”, de ahí la prestación que se da en México a los trabajadores durante las fiestas navideñas.

Con el tiempo, las posadas se comenzaron a celebrar en vecindarios y en casas para llevarlas a un entorno familiar. La celebración ha ido cambiando poco a poco y se le han ido agregando elementos que en ocasiones dependen de la región.

Más que una simple tradición, las posadas son un medio para preparar con alegría y oración nuestro corazón para la venida de Jesucristo, y para recordar lo que vivieron durante su peregrinaje José y María.