Nuestra dignidad dada por Dios debe configurar nuestras leyes

Arzobispo Aquila

Varias noticias recientes nos han presentado historias de inmigrantes y refugiados cuya dignidad impartida por Dios se está menospreciando o está subyugada a un sistema de leyes que fallan al no tomar en cuenta esa dignidad.

Estoy seguro de que muchos de ustedes, al igual que yo, sintieron mucha tristeza al ver las imágenes de Óscar Martínez y su hija, Angie Valeria, de casi dos años, ahogados en las aguas del Río Grande. Y estos inmigrantes salvadoreños son solo dos de los miles de inmigrantes que están huyendo de la violencia, del crimen, de los gobiernos fallidos y de la pobreza abrumadora en su tierra natal.

Como católicos, debemos exhortar a nuestros líderes electos a tratar a estas personas de una manera que respete su dignidad dada por Dios. Cuando Jesús describe el juicio de las naciones, él mismo se identifica con extranjeros como estos, que están necesitados: “era forastero y me acogieron, estaba desnudo y me vistieron” (Mt 25,35-36).

La pregunta que todos debemos afrontar es esta: “¿Cómo acojo al extranjero necesitado con el que me encuentro?” Y debido a que la cuestión de inmigración es también una cuestión legal: “¿Cómo estoy exhortando a mis representantes políticos a aprobar reformas que aborden la crisis migratoria y que a la vez respeten la dignidad de cada persona y las necesidades legítimas de nuestro país de proteger sus fronteras?”

La mayoría de nosotros (que vivimos en este país) venimos de familias inmigrantes. Nuestro país se ha beneficiado por muchos años de los dones y talentos de los inmigrantes, y es parte de nuestra fe tratarlos con dignidad y respeto. El hecho de que las leyes de inmigración y asilo en nuestro país no han cambiado en décadas muestra claramente cómo nuestros líderes políticos, de ambos bandos en el congreso, han fallado drásticamente en cumplir con sus responsabilidades. Este fallo en sí no solo muestra una falta de respeto a los inmigrantes y refugiados que acuden a nosotros en busca de ayuda, sino también a los ciudadanos estadounidenses que tienen que cargar con el peso de esta inacción. Sin una respuesta adecuada a esta crisis, se compromete la seguridad de nuestros conciudadanos en las regiones fronterizas y de aquellos que patrullan nuestra frontera.

No podemos ser indiferentes al sufrimiento de nuestro prójimo y de nuestros ciudadanos. Cristo nos llama a ser como el Buen Samaritano, quien se detuvo y cuidó del hombre judío que había sido golpeado por unos bandidos y dejado por muerto. En una audiencia general en octubre de 2016, el Papa Francisco nos ofreció su dirección sobre cómo responder a la difícil situación de los inmigrantes. “Queridos hermanos y hermanas, no caigamos en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, indiferentes a las necesidades de los hermanos y preocupados sólo de nuestros intereses”.

“Y la otra cosa es vestir a quien está desnudo: ¿qué quiere decir si no devolver la dignidad a quien la ha perdido?”, el Papa preguntó. “Es precisamente en la medida en la cual nos abrimos a los demás que la vida se vuelve fecunda, la sociedad vuelve a adquirir la paz y las personas recuperan su plena dignidad”.

Las leyes de inmigración legal de nuestro país se deben reformar de manera comprehensiva. Los políticos de ambos bandos deben quitarse el velo de sus ideologías y políticas de los ojos, así como el de la costumbre de añadir cosas a proyectos de ley que no tienen nada que ver con la ley. Hemos fallado por más de 25 años en producir leyes de inmigración que respeten la dignidad otorgada por Dios de cada ser humano. El sistema vigente es tan complejo y largo que anima a aquellos cuya seguridad o bienestar corre peligro, a ignorarlo, a veces con consecuencias trágicas. Nuestros representantes electos necesitan escucharnos decir que la dignidad de cada persona que acude a nosotros se debe respetar, porque Dios nos dio esa dignidad y no podemos arrebatársela a nadie.

Colorado fue testigo del trabajo heroico de Santa Francisca Cabrini, quien dedicó su vida a ayudar a los inmigrantes en los Estados Unidos, fundando escuelas, orfanatos y hospitales para cuidar de ellos, conforme a su dignidad dada por Dios. Que ella interceda por nosotros y por nuestros funcionarios electos, mientras intentamos responder a aquellos forasteros necesitados que han huido de sus hogares.

Foto de John Moore/Getty Images

Próximamente: Santa Inés, Mártir; patrona de las jóvenes, las novias y la pureza

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El 21 de enero se celebra la Fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias, las prometidas en matrimonio, de la pureza y de los jardineros. En relación a la Santa surgió la costumbre de los corderos blancos, cuya lana se utiliza para hacer los palios de los Arzobispos.

Su nombre latino es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero. Según la leyenda más conocida, Santa Inés era una joven hermosa, rica y pretendida por muchos nobles romanos. No aceptó a ninguno, aduciendo que ya estaba comprometida con Cristo, y la acusaron de ser cristiana.

Fue llevada a un prostíbulo, pero unos ángeles y señales celestes la protegieron. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada en el año 304.

Constantina, la hija de Constantino, le edificó una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

En el tratado de San Ambrosio sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que Santa Inés murió a los doce años. Antes de su martirio se mantuvo “inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas”.

“No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”, dijo San Ambrosio.

Se dice que el verdugo hizo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos desearon casarse con ella, pero Santa Inés respondió: “sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”.

La Santa oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluyó San Ambrosio.

A Santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros, en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos y rodeada de una pira, espada, palma y lirios.

 

Artículo publicado originalmente en AciPrensa.