No es el tipo correcto de homilía fúnebre

Escritor Invitado

Por: Mary Beth Bonacci

Hubo el mes pasado una polémica en la Arquidiócesis de Detroit sobre una homilía fúnebre.

En caso de que no hayas escuchado al respecto, aquí lo resumo. Un joven de dieciocho años se suicidó el pasado 4 de diciembre. El padre Don LaCuesta celebró la misa fúnebre. Su homilía estuvo enfocada en el tema del suicidio y la salvación. Habló de las enseñanzas de la Iglesia, del pecado del suicidio, y sobre la misericordia de Dios. Los padres del joven estuvieron muy preocupados por el contenido de la homilía, al punto que el padre del joven se dirigió al padre LaCuesta y le pidió detenerla. Ahora, el padre LaCuesta se ha disculpado, y por el momento se le ha prohibido llevar acabo homilías fúnebres y todas sus homilías están siendo revisadas. Mientras tanto, los padres del joven han pedido que sea apartado del sacerdocio.

He escrito bastante sobre el desenfoque entre “funeral”, y la “celebración de vida”, que son dos entidades completamente diferentes. Parece que esas dos entidades se enfrentaron violentamente en este funeral.

Hablemos de los padres del joven primero. No los conozco, pero decir que estaban sufriendo sería una subestimación total. He perdido a amigos y familiares por el suicidio. Es un sufrimiento como ningún otro. Es repentino, brutal, es una combinación de enojo con el que se fue, con culpa de sí mismo por no reconocer las señales adecuadamente.

Cuando mezclas eso con la angustia de tener que sepultar a un hijo, tienes una receta para un sufrimiento horrible, ciego, debilitante. Estoy segura de que estaban envueltos en confusión.

Y, para hacer la situación más complicada, no fueron claramente catequizados sobre las enseñanzas de la Iglesia acerca del suicidio.

Ahora veamos al padre LaCuesta. Por todo lo que he visto, me da la impresión de que es muy sincero, muy bien intencionado y probablemente un sacerdote muy santo. Él entiende bien las enseñanzas de la Iglesia, y quiso usarlas para llevar alivio a esta familia.

He leído su homilía. Es hermosa en muchos aspectos. Es teológicamente correcta. Creo que sería una maravillosa meditación sobre el suicidio, que puede ser presentada en una conferencia, en un lugar lleno de personas que no estén de luto. Pudo haber sido apropiada para un funeral, si todos los congregantes hubieran sido bien educados en la enseñanza de la Iglesia y estuvieran sentados ahí consumidos por la preocupación del destino eterno de los difuntos. Pero fue la homilía errónea para esta ocasión.

La homilía del padre LaCuesta estaba centrada completamente en las circunstancias que envolvían la muerte de este joven. Ahora, soy una firme creyente en todo lo que enseña la Iglesia y una firme oponente a la canonización perpetua de los difuntos que vemos en los funerales católicos hoy en día.

Pero si hubiera escuchado esa homilía en el funeral de uno de mis seres queridos, me hubiera sentido por lo menos extremadamente incómoda. Fue mucho para los afligidos padres y familiares de joven. Fue discordante. La teología fue adecuada, pero no estaban en una situación emocional adecuada para poder escucharla ni procesarla.

Escucharon la mera posibilidad de que su hijo pudo haber perdido su eterna salvación, y en lugar de asentir en reconocimiento de este aspecto de la enseñanza de la Iglesia, sus mentes confundidas dijeron: “Espera, ¿qué? Y, en su conmoción y angustia, no escucharon nada del mensaje de amor y misericordia que vino después.

He visto a muchos en las redes sociales decir que, lo quisieran o no, este era el mensaje que necesitaban escuchar. Tal vez. Pero cómo y cuándo lo escuchen importa. Y hacérselos llegar en público, mientras estaban en profundamente afligidos, cautivos y esperando escuchar algo muy diferente no es amoroso ni compasivo.

Y la prueba está de que el mensaje, lejos de haber sido exitoso, ha tenido el efecto opuesto. Se han ido completamente en otra dirección, atacando a la Iglesia en los medios y exigiendo (sin razón) que el padre LaCuesta sea retirado de las órdenes sagradas.

Me imagino que la familia esperaba un mensaje de “celebración de la vida”. Hasta he visto reportes de que se reunieron por adelantado con el padre LaCuesta y le dijeron cómo querían la homilía. Si esto es cierto, entonces obviamente la homilía fue inapropiada en todos los sentidos. Un sacerdote nunca debe permitir que su homilía sea compuesta por alguien más.   Sin embargo, tampoco se debe “engañar” a los padres que se encuentran de luto prometiéndoles una homilía y entregando otra.

Todas las homilías fúnebres son delicadas. Pero, francamente, a menos que el homilista conozca a la desconsolada familia muy bien, no creo que una homilía de suicidio deba ser muy diferente a cualquier otra homilía fúnebre

Amamos a los difuntos. Los encomendamos a la gran misericordia de Dios. Quizá en una manera general explicar la diferencia del propósito entre un “funeral” y una “celebración de vida”. Hablar sobre el purgatorio y cómo todos necesitamos oraciones para el reposo de nuestra alma después de la muerte. No hay necesidad de redundar excesivamente en la manera que murió, o en el pecado particular del difunto. A menos de que pueda hacerse de una manera muy hermosa y artística. Esto, es una habilidad muy rara en un homilista.

Mi punto es que el padre LaCuesta trató, muy sinceramente, de evangelizar a esas personas. Todos estamos llamados, por el gran mandamiento de Jesús, de ir y hacer discípulos. De evangelizar. Y al hacer eso, debemos también de ser sensibles. Debemos tomar en consideración el estado físico, emocional, y espiritual de la persona con la que estamos hablando. Estamos, a pesar de todo, comunicando un mensaje de amor. Necesitamos ser amorosos. Necesitamos pedir al Espíritu Santo que iluminé y guie nuestras palabras.

Y, cuando nos equivoquemos, debemos reconocerlo, buscar el perdón y continuar adelante.

Para leer la homilía completa (en inglés) visita:

https://aod.app.box.com/s/ngg1ycyol23ykx3hr9vr13umkai9dg39

 

Próximamente: Santa Inés, Mártir; patrona de las jóvenes, las novias y la pureza

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El 21 de enero se celebra la Fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias, las prometidas en matrimonio, de la pureza y de los jardineros. En relación a la Santa surgió la costumbre de los corderos blancos, cuya lana se utiliza para hacer los palios de los Arzobispos.

Su nombre latino es “Agnes”, asociado a “agnus” que significa cordero. Según la leyenda más conocida, Santa Inés era una joven hermosa, rica y pretendida por muchos nobles romanos. No aceptó a ninguno, aduciendo que ya estaba comprometida con Cristo, y la acusaron de ser cristiana.

Fue llevada a un prostíbulo, pero unos ángeles y señales celestes la protegieron. Entonces la pusieron en una hoguera que no la quemó. Finalmente, fue decapitada en el año 304.

Constantina, la hija de Constantino, le edificó una basílica en la Vía Nomentana y su fiesta se comenzó a celebrar a mediados del siglo IV.

En el tratado de San Ambrosio sobre las vírgenes, se lee que por tradición se sabe que Santa Inés murió a los doce años. Antes de su martirio se mantuvo “inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas”.

“No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”, dijo San Ambrosio.

Se dice que el verdugo hizo lo posible para asustarla y atraerla con halagos porque muchos desearon casarse con ella, pero Santa Inés respondió: “sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”.

La Santa oró y doblegó la cerviz ante el verdugo que le temblaba la diestra para dar el golpe, pero ella permanecía serena. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluyó San Ambrosio.

A Santa Inés se le representa como una niña o señorita orando, con diadema en la cabeza y una especie de estola sobre los hombros, en alusión al palio. Va acompañada de un cordero a sus pies o en sus brazos y rodeada de una pira, espada, palma y lirios.

 

Artículo publicado originalmente en AciPrensa.