Mensaje de los obispos de Denver a la comunidad hispana

Tras conocer el resultado de las elecciones presidenciales en EEUU

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Por: Arzobispo Samuel Aquila y obispo Jorge Rodríguez

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo de la comunidad hispana inmigrante:

Sabemos que con el resultado de las elecciones esta semana, se ha suscitado preocupación y temor en la comunidad hispana, especialmente en nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. Como sus Obispos, queremos en este momento expresarles nuestra solidaridad y cariño e invitarlos a confiar en Dios. Él es Padre providente y cuidará de todos nosotros, como protegió a San José y a la Virgen María cuando tuvieron que emigrar a Egipto, con su recién nacido en brazos. Los católicos hispanos que han emigrado Estados Unidos, a menudo bajo circunstancias igualmente peligrosas, son un don para nuestra Iglesia y nuestro país.

Ciertamente algunas afirmaciones hechas durante la campaña electoral sobre el futuro de la comunidad inmigrante hispana son preocupantes. Al mismo tiempo, es importante tener en cuenta que nuestro Gobierno no reside en una sola persona, sino en un sistema democrático de derecho. También sabemos que los Estados Unidos de América es un país fundado por emigrantes y basado en principios de libertad, respeto, y de oportunidades para todos. De igual manera, está compuesto por muchos hombres y mujeres que comparten grandes valores humanos y poseen buen corazón. Queremos asegurarles que la Iglesia del Norte de Colorado está con ustedes y continuará abogando por estos valores en busca de una reforma migratoria integral. Una reforma que debió haber pasado hace años.

Cuando los pueblos de Latinoamérica estaban atravesando por momentos de inseguridad y despojamiento, Dios envió a su Madre para confortar a sus “hijos más pequeños”. En esa ocasión en el Tepeyac, la Virgencita dijo: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas…. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre?”

Pedimos a Dios Nuestro Señor que estas palabras de nuestra Madre resuenen hoy fuertemente en el corazón de nuestra comunidad hispana llenándonos de fortaleza, confianza, esperanza y paz. También pedimos que nuestros líderes asuman la verdad del mensaje de la Virgen: que todas las personas – sin importar su situación- son hijos de Dios. Los encomendamos a ustedes, a nuestros líderes y a nuestra Arquidiócesis, a Nuestra Señora de Guadalupe, sabiendo por la fe que contamos con una madre amorosa.

Con nuestras oraciones y bendición,

Exmo. Mons. Samuel J. Aquila
Arzobispo de Denver

Exmo. Mons. Jorge Rodríguez
Obispo Auxiliar de Denver

Próximamente: La belleza de la vocación familiar: ¿Qué forma una familia?

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La felicidad solo se obtiene cuando nos convertimos en lo que estamos llamados a ser: santos. Esta felicidad no es un simple sentimiento, sino que toma la forma de plenitud. Aunque no la podamos alcanzar completamente en la tierra, sí podemos comenzar a vivirla.

Para descubrir qué es verdaderamente la familia y cuál es su misión, debemos volver al principio del ser humano, al Génesis, a la creación. El relato de la creación nos muestra no solo quién es el hombre, sino también por qué Dios lo creó. Esta verdad se refleja no solo en la fe, sino en el mismo cuerpo y alma de todo hombre y mujer.

UN MATRIMONIO: HOMBRE Y MUJER

“Hombre y mujer los creó” GEN 1,27; MT 19,4

El designio de Dios para la familia comienza con la unión de hombre y mujer. El hombre y la mujer se complementan uno al otro en su cuerpo. Están hechos el uno para el otro. Solo en el acto sexual entre hombre y mujer se puede crear algo nuevo: el fruto de un hijo. Solo ellos pueden convertirse verdaderamente en “una sola carne” (Gen 2,23).

 

¿FAMILIAS “NO TRADICIONALES”?

Por eso no puede existir la distinción de familia “tradicional” y “no tradicional”, la cual, en vez de tener a un hombre y una mujer como padres, busca tener padres del mismo sexo. Tal distinción no es posible porque la unión entre personas del mismo sexo no puede ser estrictamente un matrimonio: no se pueden convertir en “una sola carne” porque sus cuerpos no se complementan. Tampoco pueden generar el fruto de un hijo, y no es por causa de un defecto físico, como sucede con parejas estériles, sino porque la falta de complementariedad biológica lo hace imposible como principio.

 

LA FAMILIA ES IMAGEN DE DIOS
“Creó Dios al ser humano a imagen suya” Gen 1,27
“Dios es amor” (I Jn 4,8) y es comunión (Jn 14,10; 14,26). Es un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y al ser creados a su imagen y semejanza, Dios ha escrito en todo nuestro ser esa vocación al amor y a la comunión. Dios nos creó por pura bondad, para que pudiéramos participar en esta comunión de amor.

La felicidad plena yace en esta participación del amor de Dios. Debido a que tenemos un cuerpo, podemos realizar esta vocación a la comunión de dos maneras en esta vida: por medio del matrimonio o la virginidad (o celibato). Ambas son maneras concretas de vivir la verdad del hombre y la mujer, de ser imagen de Dios, a través del don de sí mismo.

 

AMAR PARA SIEMPRE

“Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” GEN 2,23

Cuando los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle sobre el divorcio, Jesús contestó: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19,8). Los discípulos contestaron alucinados: “Si tal es la condición… no trae cuenta casarse”. Se dieron cuenta de que el matrimonio conlleva una entrega total, fiel y para toda la vida. Se elige un amor exclusivo. Solo con la gracia que Dios da en el sacramento del matrimonio se puede alcanzar el designio que Dios tiene para el matrimonio.

 

PADRES SOLTEROS O DIVORCIADOS

Por diversas circunstancias, muchas familias llegan a encontrarse en situaciones complicadas, enfrentándose a la separación, el divorcio o un embarazo no deseado.

En estas circunstancias, alejarse de Dios no es la respuesta, pues él nos busca como buscó a la samaritana en el pozo para darnos vida nueva en medio de nuestros problemas (Jn 4). Los lazos familiares siguen siendo poderosos y Dios quiere actuar en ellos.

Para las personas que se encuentran en una situación similar, es de mayor importancia pertenecer a una comunidad de fe, donde podrán conocer la fe y encontrar el apoyo y acompañamiento necesario para vivir una vida de santidad. Esto puede implicar recibir el sacramento del matrimonio para las parejas que no se han casado o buscar la nulidad, pues es posible que el matrimonio anterior no haya sido válido.

 

APERTURA A LA VIDA

“Sean fecundos y multiplíquense” Gen. 1,28

En su designio de amor, Dios quiso que, en la entrega de amor entre hombre y mujer, ese amor se desbordara en la concepción de algo nuevo: de un nuevo ser. Sin embargo, en nuestra sociedad, el sentido de la unión sexual se ha perdido, y es común entenderlo solo como un instrumento de placer o sin el don de los hijos.

 

MÁS QUE PLACER

Cuando una persona se entrega en el acto sexual, dona lo más íntimo que tiene. Pero si se hace solo por placer, se usa el lenguaje de amor más alto que existe de manera contradictoria. En realidad, no es una entrega total, como el lenguaje sexual lo sugiere, sino parcial, con condiciones. El acto se rebaja e incluso hiere a la persona. Esta deja que lo más íntimo que tiene se convierta en algo sin sentido, contradiciendo su deseo de amor incondicional. Así se convierte en un pecado “contra su propio cuerpo” (1 Cor 6,18). La entrega total del cuerpo tiene que ir acompañada de una promesa en la que se entrega totalmente una persona a la otra: el matrimonio.

 

ANTICONCEPTIVOS

Por otro lado, muchos matrimonios tienen miedo a tener hijos por varias razones: el compromiso, el costo, el sufrimiento que podrían experimentar, la contaminación del medio ambiente… Por eso recurren a métodos anticonceptivos, dejando que su entrega deje de ser total. La Iglesia recomienda el uso de métodos naturales de planificación familiar, que les permite a los padres ser generosos y responsables sin corromper su entrega total. Para más información sobre este tema, recomendamos la carta pastoral “El esplendor del amor” de el arzobispo Samuel J. Aquila.