“Los muros de la ciudad se derrumbarán” (Josué 6, 5)

Obispo Jorge Rodríguez

Hoy no se habla de otra cosa en los medios hispanos, especialmente en los círculos mexicano y centroamericano. El presidente de los Estados Unidos ha decretado con una orden ejecutiva la construcción del muro en la frontera mexicano-estadounidense. Siguiente rubro en los medios de comunicación es la exigencia de hacer pagar a México por la construcción. Completa el cuadro la sombra de la deportación. Todo parece indicar que el temor que nos embargaba en noviembre comienza a tomar cuerpo.

Pienso que nadie niega el derecho de cualquier país de asegurar sus fronteras: lo hace Estados Unidos y lo hace México también. Nadie puede negar la importancia de mantener la legalidad para la promoción del bien común. Cada país tiene su propia legislación inmigratoria y la tratan de aplicar regularmente. Lo que sí se puede cuestionar es el modo de aplicar la ley en las diversas circunstancias del entramado inmigratorio. Y esto lo digo por dos razones: porque estas fronteras y estas leyes no tratan de intercambio comercial de productos materiales, sino de seres humanos, hijos de Dios, hermanos nuestros y posesores de una dignidad y derechos inalienables. Y segundo, porque -como nos enseñó Jesús al decirnos que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27), refiriéndose a la ley – ésta es solamente un instrumento al servicio de la dignidad humana, no su patrona inflexible.

En su encíclica “Rico en Misericordia”, San Juan Pablo II decía que la Iglesia comparte el profundo y ardiente deseo de una vida en la justicia, pero poco más adelante él hace notar que: “La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor, plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta aserción: summum ius, summa iniuria (suma ley, suma injusticia). Tal afirmación … indica solamente, en otro aspecto, la necesidad de recurrir a las fuerzas del espíritu, más profundas aún, que condicionan el orden mismo de la justicia” (n. 12).

Construir un muro de cemento y las relaciones entre los Estados es algo que corresponde a los políticos y a los ingenieros. Lo que a mí me preocupa es la construcción de un muro en los corazones. Me preocupa que esta situación pudiera llevar a nuestro país a olvidar sus raíces y perder su identidad. Así nos lo dijo el Papa Francisco en Filadelfia: “Cuando un país está determinado a permanecer fiel a sus principios, a esos principios fundacionales, basados en el respeto a la dignidad humana, se fortalece y se renueva. Cuando un país guarda la memoria de sus raíces, sigue creciendo, se renueva y sigue asumiendo en su seno nuevos pueblos y nueva gente que viene a él” (26 de septiembre de 2015).

El racismo, la intolerancia y la xenofobia u odio a los extranjeros, entre otros son muros del corazón derivados de la misma matriz: el egoísmo. El corazón construye un muro a su alrededor para no tener que abrirse al otro, para no dejar entrar el otro, para no tener que compartir con el otro, para no ver el dolor del otro y desentenderse de él.

Ese muro no le deja ver la dura realidad humana del inmigrante, su hermano, que como dejo el Papa Francisco “ha emigrado a este país con un gran costo personal, pero con la esperanza de construir una nueva vida”. La gran mayoría de los emigrantes ha venido en busca de seguridad, trabajo, pan, medicina y educación para sus hijos. Todos ellos derechos inalienables de la dignidad humana. Ellos también tienen derecho a “la vida, la libertad y a la búsqueda de la felicidad”, como dice la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, añadiendo que estos son derechos que el Creador ha dado a todos los seres humanos, y que los gobiernos son creados para proteger.

El problema es que muchos entraron ilegalmente, rompiendo las leyes migratorias. Aquí es donde la casuística se hace abundante: ¿traídos de niños? ¿romper las familias? ¿después de tantos años de vivir y contribuir a la prosperidad de este país? ¿escapando de la violencia y de la muerte? Por la complejidad del panorama, por la compasión que merecen los inmigrantes en esta situación, por la dignidad y derechos humanos, y por el amor cristiano que les tenemos, los obispos de los Estados Unidos abogamos y pedimos que, más que un muro de cemento y deportaciones masivas se afronte el problema con una reforma migratoria integral, que atienda con humanismo y compasión las diversas situaciones del inmigrante en nuestro país.

Nosotros haremos todo lo posible por ayudarlos a enfrentar esta situación que se está fraguando. Pero hay algo que todos podemos hacer ya desde ahora: rezar. Recordemos la historia de Jericó y cómo el poder de Dios hizo caer sus murallas. El poder de Dios derribará los muros de los corazones para que el Espíritu Santo, como viento impetuoso, circule libremente en nuestro país derribando las barreras del egoísmo y todos esos muros de contención que impiden el amor.

 

Próximamente: Dios nunca se cansa de hablarte

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Es realmente una maravilla que tengamos el don de la Biblia, a través del cual Dios nos habla, nos convence, nos sana y nos nutre en nuestro viaje. En reconocimiento de la importancia de las Escrituras, el 26 de enero la Iglesia celebrará el primer “Domingo de la Palabra de Dios”.

La Palabra de Dios es esencial para nuestra identidad como cristianos. Nos da fuerza, sanación y nutrición. El Catecismo habla de las Escrituras como el lugar donde “la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (CIC, 104). Es fácil perder de vista lo bendecidos que somos de tener este poderoso regalo, este alimento espiritual.

¿Cuántos de nosotros podemos decir que en el último día o semana hemos leído estas palabras santas y transformadoras que Dios nos ha dirigido? ¿Amamos la Palabra de Dios y permitimos que se escriba en nuestra mente y corazón al leerla en oración y con frecuencia? ¿es la Palabra de Dios parte del tejido de nuestras vidas?

El gran predicador san Juan Crisóstomo dio una homilía sobre Mateo 2 en la que preguntó a las personas reunidas en la iglesia: ¿Quién puede repetir un salmo o cualquier otra porción de las Escrituras?

Miró a su alrededor y observó que “no había ni una” sola persona que pudiera responder. El argumento que escuchó con mayor frecuencia fue: “No soy … un monje, sino que tengo esposa e hijos, y el cuidado de mi hogar”.

San Juan Crisóstomo respondió que creer que leer la Biblia era solo para monjes es lo que los había llevado a la ruina, ya que aquellos que están en el mundo “reciben heridas diariamente” y tienen la mayor necesidad del medicamento de la Palabra de Dios. Como sabemos, los que tienen heridas y no las tratan, se infectan, y si no se tratan, pueden morir.

Consciente de la importancia vital de las Escrituras, el Papa Francisco anunció recientemente en su Carta Apostólica, Aperuit Illis, que el 26 de enero de 2020, el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, será el primer día en que toda la Iglesia observe el “Domingo de la Palabra de Dios”. Este día, escribió, debe estar marcado por la “celebración, estudio y divulgación de la palabra de Dios” (Aperuit Illis, 3).

Sin embargo, el Papa advierte que un día dedicado a la Biblia “no debe verse como un evento anual sino más bien como un evento durante todo el año, ya que necesitamos crecer urgentemente en nuestro conocimiento y amor de las Escrituras y del Señor resucitado” (AI, 8), para que nuestros corazones se purifiquen por su verdad y nuestros ojos se abran a nuestros pecados.

Entre las prácticas que frecuentemente recomiendo a las personas para promover una vida de conversión continua están la participación regular en los sacramentos y la oración diaria con las Escrituras. Específicamente, te alentó a la práctica de la Lectio Divina, que implica meditar en las Escrituras al involucrar tus pensamientos, imaginación, emociones y deseos mientras lees. El objetivo de Lectio Divina es principalmente experimentar un encuentro íntimo con Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. A través de este encuentro, todo nuestro ser se somete más estrechamente a Dios, recibiendo y creyendo cada vez más en el amor del Padre por nosotros de una manera personal y particular, aumentando así nuestro amor y conocimiento de las tres personas de la Santísima Trinidad.

Esta experiencia de escuchar la voz de Dios y familiarizarse con sus movimientos dentro de nosotros, cambia la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Pronto, nos volvemos mucho más atentos a su presencia en nuestras relaciones, en la creación y especialmente dentro de la Misa. “En este sentido, la lectura en oración de la Sagrada Escritura actúa como la puerta de entrada a un nuevo Edén, donde el hombre una vez más vive en la presencia consciente de su Hacedor y Salvador” (Sacraments Through Scripture: A Still Small Voice, p.4).

Sé que cuanto más leo y rezo con las Escrituras, y especialmente con los Evangelios, más se convierten en una palabra viva que penetra en mi corazón, de modo que me convenzo más del amor personal del Padre por mí.

Mientras lees esta columna, te animo a que pienses en cómo puedes usar el “Domingo de la Palabra de Dios” como una oportunidad para pedirle a Dios un amor más profundo por su Palabra y aumentar tu deseo de conocerlo a través de las Escrituras. San Jerónimo enseñaba que “la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”. Cuando conocemos a Jesús a través de la Biblia, realmente somos transformados y experimentamos alegría, incluso en tiempos de prueba o sufrimiento. Que cada uno de nosotros experimente un renovado amor por la Biblia para que seamos verdaderos discípulos que lleven a Cristo a los confines de la tierra.

Imagen destacada de Josh Applegate | Unsplash