Iglesia en Colorado se pronuncia tras aprobación del suicidio asistido

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La decisión que los votantes de Colorado han tomado para legalizar el suicidio asistido a través de la Proposición 106 es una gran parodia de la compasión y elección para los enfermos, los pobres, los ancianos y nuestros residentes más vulnerables.

Los defensores del suicidio asistido sostienen que las personas que están en las últimas fases de una enfermedad terminal deberían tener el derecho a elegir cuándo morir y hacerlo en sus propios términos.

Pero matar, no importa con que motivo, nunca es un asunto privado; tiene siempre un impacto en los demás e implicaciones más amplias.

Como católicos, creemos que toda vida es preciosa, y Dios, como autor de la vida, es su soberano. Incluso para las personas sin creencias religiosas, la lógica tras el suicidio asistido debería ser profundamente preocupante.

Debemos clarificar lo que la aprobación de la Proposición 106 significa para la gente de Colorado.

La Proposición 106 no legaliza “la ayuda médica en moribundos” la Proposición 106 legaliza la capacidad de un doctor de prescribir una receta con el único propósito de matar a un ser humano y capacita a las compañías de seguros a rehusar el tratamiento de pacientes que ellos consideren terminales.

El único efecto que la Proposición 106 va a tener en nuestro estado será el de hacer más profundas las líneas divisorias entre razas, etnias e ingresos en nuestra sociedad y atrincherarnos más profundamente en una cultura que ofrece una falsa compasión marginando a los más vulnerables. Como dice el Papa Francisco, lo único que consigue esto es llevar adelante una cultura “del descarte”.

La misión que tenemos como ciudadanos de Colorado debería ser ayudar a la gente a vivir con dignidad — no ofrecer a la gente más opciones para quitarse la vida. Desafortunadamente, un error gravísimo, que alterará las vidas de generaciones de habitantes de Colorado, se ha convertido en Ley.

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay