GUADALUPE: El milagro que cambió la historia

Las Apariciones

Este artículo es parte de una serie de artículos publicados en la última edición de la revisa de El Pueblo Católico. Para suscribirte y recibir la revista GRATIS, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Contexto cultural e histórico

Antes de la llegada de los españoles al Estado mexica, los habitantes de Tenochtitlan, hoy Ciudad de México, creían en diferentes dioses que guiaban por completo su estilo de vida. Según sus creencias, para evitar la muerte del sol tenían que realizar sacrificios humanos todos los días, ofreciendo la sangre humana a sus dioses, porque solo así se les proporcionaba la energía vital. Para los aztecas, la forma de ganar la gloria no era por cómo se vivía, sino por cómo se moría.

 

La Conquista y su impacto

Luego de la conquista, los españoles impusieron la religión católica, y cambiaron poco a poco las formas de vida y costumbres de los aztecas. No obstante, el reto más grande fue establecer la religión cristianan como única y dominante. Las diferencias que se crearon al intentar convertir a los indígenas provocaron conflictos dentro de la Iglesia y frecuentes enfrentamientos entre los defensores de los indígenas, los colonizadores y los gobernantes.

Por lo general, los indígenas no confiaban en los españoles y no querían nada que viniera de ellos, ya que estos a menudo los trataban con rudeza. Su situación empeoraba. Se encontraban en medio de una crisis profunda y al borde de la desesperación: el mundo no se había terminado después de la interrupción de los sacrificios como suponían, habían perdido domino de su tierra, sufrían de enfermedades y humillaciones y se sentían traicionados por sus dioses.

 

San Juan Diego

Alrededor del año 1524, aparecieron las primeras familias indígenas en recibir el bautismo por los misioneros franciscanos. Entre estos, se encontraba Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien cambió su nombre nativo a “Juan Diego” al ser bautizado junto con su esposa María Lucía. Ambos también recibieron el sacramento del matrimonio.

Juan Diego Cuauhtlatoatzin nació en 1474 en Cuauhtitlán, en la señoría de Texcoco, y era un indio macehual, es decir, de clase social baja, solo por encima de los esclavos. Luego de la muerte de su esposa en 1529, Juan Diego se dedicó a llevar una vida cristiana viviendo con su tío Juan Bernardino, un hombre de edad avanzada.

Fue en este contexto clave que la Virgen María decidió aparecerse a Juan Diego, cambiando así el rumbo histórico de una tierra que comenzaba una nueva era.

 

Los primeros misioneros

Las primeras congregaciones religiosas que habían llegado a la Nueva España a convertir al pueblo, entre ellos los franciscanos, poco a poco fueron introduciendo el bautismo, evangelizando a los nativos e incluso luchando para que se reconociera su dignidad. Los franciscanos se preocupaban por educar a los indígenas, creían que nadie podía convertirlos de una manera más efectiva y los veían como futuros cristianos y sacerdotes.

 

Las Apariciones

En la mañana del sábado 9 de diciembre de 1531, sucedió algo que le dio un giro a la fe tanto de los indígenas como de los españoles. Juan Diego se encontraba camino a la iglesia de los misioneros franciscanos en Tlatelolco desde su casa en Tulpetlac donde vivía con su tío Bernardino, cuando sucedió lo inesperado.

 

PRIMERA APARICIÓN: SÁBADO 9 DE DICIEMBRE, EN LA MADRUGADA

Al amanecer, cruzaba el cerro del Tepeyac cuando de pronto escuchó el canto de los pájaros y una dulce voz que lo llamaba por su nombre: “Juanito, Juan Dieguito”. Luego de seguir la voz que lo llamaba, vio a una hermosa doncella de pie, que le pidió que fuera con el obispo para pedirle un templo en el llano diciéndole:

“Sábelo, ten por cierto, hijo mío, el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive, dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada”.

De inmediato, Juan Diego fue a ver al obispo Juan de Zumárraga para comunicarle la petición de la Virgen. Sin embargo, luego de escuchar lo sucedido, este se mostró incrédulo y lo citó para que volviera otro día.

 

SEGUNDA APARICIÓN: SÁBADO 9 DE DICIEMBRE, APROXIMADAMENTE A LAS 5 DE LA TARDE

Tras la incredulidad del obispo, Juan Diego volvió al cerro del Tepeyac donde se encontraba la Virgen, y le pidió que escogiera a otro mensajero noble, a quien el obispo le creyera. Pero la Virgen una vez más le confirmó su misión y le ordenó que insistiera el día siguiente:

“Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargué que lleven mi aliento, mi palabra, para que efectúen mi voluntad; pero es necesario que tú, personalmente vayas, ruegues por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo”.

 

TERCERA APARICIÓN: DOMINGO 10 DE DICIEMBRE, COMO A LAS 3 DE LA TARDE

Luego de darle el mensaje al obispo por segunda vez, este no le creyó y le ordenó pedirle una señal a la Virgen. Juan Diego volvió a encontrarse con la Virgen en la cumbre del Tepeyac. Una vez escuchada su respuesta, la Virgen le pidió a Juan Diego que volviera al día siguiente para recibir la señal que llevaría al obispo:

“Bien está, hijito mío, volverás mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará”.

 

CUARTA APARICIÓN: MARTES 12 DE DICIEMBRE, MUY DE MADRUGADA

Al día siguiente, cuando Juan Diego debía llevar la señal al obispo, ya no volvió, ya que la enfermedad de su tío Juan Bernardino había empeorado. Ante la gravedad de la salud de su tío, Juan Diego salió a buscar a un sacerdote. Rodeó el cerro para que la Virgen no lo encontrara, pero ella salió a su encuentro y lo tranquilizó diciéndole:

“¿No estoy aquí, yo, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, te perturbe. Que no te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya está bueno”.

Luego lo envió a la cumbre a cortar las rosas que serían la señal para el obispo, y a su regreso le dijo:

“Mi hijito el menor, estas diversas flores son la prueba, la señal que llevarás al obispo; de mi parte le dirás que vea en ellas mi deseo, y que por ello realice mi querer, mi voluntad”.

¿Sabías que…?

El Nican Mopohua es el documento histórico que relata las apariciones de la Virgen de Guadalupe a san Juan Diego. El relato fue escrito en lengua náhuatl por Antonio Valeriano, un sabio indígena quien se cree recibió la historia del mismo Juan Diego antes de su muerte en 1548, como sugieren archivos históricos.

 

Visita al obispo

Después de su encuentro en el cerro del Tepeyac, Juan Diego se dirigió hasta la casa del obispo Zumárraga para darle el mensaje y entregarle la prueba. Cuando finalmente logró estar frente al obispo le dijo:

“Señor mío, gobernante, ya hice, ya llevé a cabo según me mandaste; así fui a decirle a la Señora mi Ama, la Niña Celestial, Santa María, la Amada Madre de Dios, que pedías una prueba para poder creerme, para que le hicieras su casita sagrada, en donde te la pedía que la levantaras”. Juan Diego le contó lo que sucedió cuando la Virgen lo envió hasta la cumbre del cerro para cortar las flores:

“…me dijo que de su parte te las diera, y que ya así yo probaría, que vieras la señal que le pedías para realizar su amada voluntad, y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi mensaje. Aquí las tienes, hazme el favor de recibirlas”.

Luego desplegó su manta, de donde cayeron al suelo las rosas preciosas, y en la tilma apareció su imagen sagrada. Al ver esto, el obispo y todos los presentes se arrodillaron y admiraron el milagro que estaban presenciando. El obispo con llanto y tristeza le pidió perdón por no haberle creído desde un principio.

¿Sabías que…?

En 1527, Fray Juan de Zumárraga, un misionero franciscano, fue nombrado “protector de los indígenas” y años después se convirtió en el primer obispo de lo que hoy en día es la Ciudad de México.

 

Construcción

Tras el gran suceso del milagro guadalupano, el obispo Zumárraga de inmediato ordenó la construcción de una ermita, donde Juan Diego vivió el resto de sus días custodiando la imagen de la venerada Reina del Cielo. Los indígenas llegaban de todas partes para ver a la Madre del Cielo plasmada sobre la tilma de un indio como ellos.

En 1622 la ermita cedió su lugar al primer templo de la Virgen de Guadalupe edificado en el lugar donde sucedieron las apariciones. En 1709 comenzó la construcción de la primera Basílica de Guadalupe, la cual funcionó por varios años, pero su estructura fue afectada por la construcción del vecino convento de las Capuchinas.

En 1976 una nueva y moderna estructura fue construida para cubrir las necesidades de los miles de peregrinos que la visitan diariamente. La imagen original de la Virgen de Guadalupe fue trasladada a lo que hoy conocemos como “La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe” donde permanece hasta el día de hoy. Su diseño fue inspirado por el milagro, pues el techo azul-verde representa el manto de la Virgen que tiene a sus hijos bajo su protección.

Próximamente: Dios nunca se cansa de hablarte

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Es realmente una maravilla que tengamos el don de la Biblia, a través del cual Dios nos habla, nos convence, nos sana y nos nutre en nuestro viaje. En reconocimiento de la importancia de las Escrituras, el 26 de enero la Iglesia celebrará el primer “Domingo de la Palabra de Dios”.

La Palabra de Dios es esencial para nuestra identidad como cristianos. Nos da fuerza, sanación y nutrición. El Catecismo habla de las Escrituras como el lugar donde “la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios” (CIC, 104). Es fácil perder de vista lo bendecidos que somos de tener este poderoso regalo, este alimento espiritual.

¿Cuántos de nosotros podemos decir que en el último día o semana hemos leído estas palabras santas y transformadoras que Dios nos ha dirigido? ¿Amamos la Palabra de Dios y permitimos que se escriba en nuestra mente y corazón al leerla en oración y con frecuencia? ¿es la Palabra de Dios parte del tejido de nuestras vidas?

El gran predicador san Juan Crisóstomo dio una homilía sobre Mateo 2 en la que preguntó a las personas reunidas en la iglesia: ¿Quién puede repetir un salmo o cualquier otra porción de las Escrituras?

Miró a su alrededor y observó que “no había ni una” sola persona que pudiera responder. El argumento que escuchó con mayor frecuencia fue: “No soy … un monje, sino que tengo esposa e hijos, y el cuidado de mi hogar”.

San Juan Crisóstomo respondió que creer que leer la Biblia era solo para monjes es lo que los había llevado a la ruina, ya que aquellos que están en el mundo “reciben heridas diariamente” y tienen la mayor necesidad del medicamento de la Palabra de Dios. Como sabemos, los que tienen heridas y no las tratan, se infectan, y si no se tratan, pueden morir.

Consciente de la importancia vital de las Escrituras, el Papa Francisco anunció recientemente en su Carta Apostólica, Aperuit Illis, que el 26 de enero de 2020, el Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, será el primer día en que toda la Iglesia observe el “Domingo de la Palabra de Dios”. Este día, escribió, debe estar marcado por la “celebración, estudio y divulgación de la palabra de Dios” (Aperuit Illis, 3).

Sin embargo, el Papa advierte que un día dedicado a la Biblia “no debe verse como un evento anual sino más bien como un evento durante todo el año, ya que necesitamos crecer urgentemente en nuestro conocimiento y amor de las Escrituras y del Señor resucitado” (AI, 8), para que nuestros corazones se purifiquen por su verdad y nuestros ojos se abran a nuestros pecados.

Entre las prácticas que frecuentemente recomiendo a las personas para promover una vida de conversión continua están la participación regular en los sacramentos y la oración diaria con las Escrituras. Específicamente, te alentó a la práctica de la Lectio Divina, que implica meditar en las Escrituras al involucrar tus pensamientos, imaginación, emociones y deseos mientras lees. El objetivo de Lectio Divina es principalmente experimentar un encuentro íntimo con Jesucristo, el Padre y el Espíritu Santo. A través de este encuentro, todo nuestro ser se somete más estrechamente a Dios, recibiendo y creyendo cada vez más en el amor del Padre por nosotros de una manera personal y particular, aumentando así nuestro amor y conocimiento de las tres personas de la Santísima Trinidad.

Esta experiencia de escuchar la voz de Dios y familiarizarse con sus movimientos dentro de nosotros, cambia la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Pronto, nos volvemos mucho más atentos a su presencia en nuestras relaciones, en la creación y especialmente dentro de la Misa. “En este sentido, la lectura en oración de la Sagrada Escritura actúa como la puerta de entrada a un nuevo Edén, donde el hombre una vez más vive en la presencia consciente de su Hacedor y Salvador” (Sacraments Through Scripture: A Still Small Voice, p.4).

Sé que cuanto más leo y rezo con las Escrituras, y especialmente con los Evangelios, más se convierten en una palabra viva que penetra en mi corazón, de modo que me convenzo más del amor personal del Padre por mí.

Mientras lees esta columna, te animo a que pienses en cómo puedes usar el “Domingo de la Palabra de Dios” como una oportunidad para pedirle a Dios un amor más profundo por su Palabra y aumentar tu deseo de conocerlo a través de las Escrituras. San Jerónimo enseñaba que “la ignorancia de las Escrituras es la ignorancia de Cristo”. Cuando conocemos a Jesús a través de la Biblia, realmente somos transformados y experimentamos alegría, incluso en tiempos de prueba o sufrimiento. Que cada uno de nosotros experimente un renovado amor por la Biblia para que seamos verdaderos discípulos que lleven a Cristo a los confines de la tierra.

Imagen destacada de Josh Applegate | Unsplash