Fe: El antídoto para la desesperación

Arzobispo Aquila

“Las aguas han subido y las tormentas severas están sobre nosotros”, predicó una vez San Juan Crisóstomo, “pero no tengamos miedo de ahogarnos pues estamos firmes y sobre roca.  Deja que el mar se enfurezca, pues no puede romper la roca. Deja que las olas suban, porque estas no pueden hundir la barca de Jesús”. Muchos de nosotros necesitamos escuchar estas palabras en tiempos de prueba, cuando nos sentimos destrozados por los pecados cometidos contra niños y adolescentes inocentes y nos confrontamos con la tentación de la desesperación.

En la página web denominada “Promesa”, en mi más reciente columna y en muchos otros escritos me he centrado en lo que la Iglesia en el norte de Colorado sigue haciendo para prevenir el abuso de menores en la arquidiócesis. Ese trabajo es esencial y debe continuar llevándose a cabo con una vigilancia constante. Pero hay otro esfuerzo que es importante que la Iglesia tenga en cuenta en estos tiempos turbulentos. Debemos recordar y vivir la verdad de que “la barca de Jesús” no puede hundirse, incluso cuando pareciera que está en peligro.

Ciertamente, la fiesta de la Exaltación de la Cruz, la cual celebramos el 14 de septiembre, Yo diría: nos enseña cómo sobrellevar las dificultades con fe. Mientras Él enfrentó la prospectiva de su muerte en el huerto de Getsemaní, Jesús dijo: “Padre, si quieres aparta de mí esta copa. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. (Lc. 22, 42). Y sabemos que pocos minutos después, Jesús, confiando en el Padre, se permitió a sí mismo ser traicionado por Judas y ser eventualmente crucificado. La naturaleza humana tiende a retroceder ante el sufrimiento, pero iluminada por la gracia de Dios, puede fortalecer y hacer más profunda nuestra fe cuando se elige este camino por amor.

También pienso en el momento en que Jesús les dijo a los discípulos que cruzaran el lago y fueron vencidos por una tormenta que hizo que las olas fueran tan altas que llenaron la barca de agua, poniendo en peligro a todos los que estaban a la deriva. Los discípulos, “acercándose le despertaron. ‘Maestro, Mestro ¡nos hundimos!’. Él, habiéndose despertado increpó al viento y al oleaje que amainaron y sobrevino la bonanza. Entonces Él les dijo: ´¿Dónde está vuestra fe?´. (Lc. 8, 24 – 25).

En tiempos como este Jesús nos llama a pedir el don de una fe más profunda, a no desesperarnos. Esta no es una enseñanza fácil de Cristo, pero es esencial. Durante la tormenta, Jesús no invoca la fortaleza de la construcción de la barca o la cercanía de la orilla para mantener seguros a sus discípulos. No. Él les señala la fe, su poder salvador en lugar mostrarles un lugar donde puedan encontrar su seguridad. De manera similar, nuestra fe es verdadera, no por la fortaleza de las instituciones, los miembros de la jerarquía, los sacerdotes o laicos. Nuestra fe es en Jesucristo y en el poder salvador de su cruz. ¡Él es la piedra angular!

Y reflexionando en la cruz, San Andrés de Creta comenzó diciendo: “Quien posee la cruz posee un tesoro. Y al decir tesoro, quiero significar el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original”.

La Iglesia está pasando por un período de intensa purificación y durante estos tiempos difíciles es importante que pongamos nuestra esperanza en el lugar correcto. En Jesucristo y en su eterno sacrificio por nosotros. “La cruz”, en palabras de San Andrés de Creta “Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; y el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en sal­vación universal para todo el mundo”.

Solo Jesús puede curar las heridas de las personas sexualmente abusadas. Solo Jesús puede llevar a la Iglesia a lo que debe ser y solo Jesús puede hacer que, tanto los clérigos como los laicos sean santos. Para recibir el don de su amor, misericordia y sanación, debemos poner nuestra completa confianza en Él, en su poder y autoridad como Dios. El desea solo nuestro bien; Él es nuestro Señor y Dios, nuestro Salvador y nuestro amigo. Que el Espíritu Santo nos conceda a cada uno de nosotros una mayor fe en estos tiempos. Una fe que reconozca la roca en la que estamos de pie ¡Jesucristo! ¡Amén!

 

Próximamente: Las posadas: más que una simple tradición

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Las posadas son una celebración dedicada a conmemorar la peregrinación que hicieron José y María de Nazaret a Belén en busca de un refugio seguro donde María pudiera dar a luz al niño Jesús. Al no encontrar alojamiento en Belén, José y María se vieron obligados a buscar refugio en un establo, donde nació el niño Dios. Actualmente, la celebración del peregrinaje comienza el 16 de diciembre y termina el 24 de diciembre con la llegada de Jesús.

Aunque algunos países latinoamericanos ya han acogido esta tradición, el origen de las posadas se remonta a los tiempos de la conquista de México, por lo que es una tradición que se ha dado a conocer principalmente en la cultura mexicana.

Durante estos nueve días, cada noche se lleva a cabo una representación de José y María montados en un burro y buscando un refugio. Tanto adultos como niños participan en la procesión, la cual comienza con la visita a hogares seleccionados donde un grupo que representa a los peregrinos piden “posada” o alojamiento. En cada parada de la procesión se leen pasajes de las Escrituras y se cantan las letanías para pedir posada.

Tradicionalmente, los anfitriones de estos hogares niegan el alojamiento a los peregrinos hasta que el grupo llega a la casa designada y puede ingresar. El rezo del rosario también se incorpora durante la procesión. Posteriormente, se ofrece comida a los asistentes, los niños rompen piñatas y reciben un “bolo” que consiste en una bolsita con caramelos. Las piñatas generalmente están hechas en forma de una estrella, que simboliza a la estrella que guio a los tres Reyes Magos hasta el pesebre donde se encontraba el niño Dios.

La tradición continúa cada noche en una casa diferente. La última noche, la víspera de Navidad, generalmente se celebra una misa de media noche (Misa de Gallo) en la que se celebra la llegada del niño Jesús.

Esta práctica ha cobrado varias formas a través de los tiempos. En muchos lugares ahora se acostumbra pedir posada en una sola casa, por lo que no hay una procesión. Por esta razón el rezo del rosario también se realiza antes o después de pedir posada.

El origen de esta celebración única se remonta a los tiempos de la conquista en México. Antes de la llegada de los españoles, los aztecas celebraban durante el mes de diciembre la llegada de “Huitzilopochtli” que consideraban el dios de la guerra. Las fiestas comenzaban el día 6 y duraban 20 días. El día 24 por la noche y durante el transcurso del día 25, había festejos en todas las casas en los cuales se ofrecía comida a los invitados y unas estatuas pequeñas de pasta llamada “tzoalt”.

Los misioneros que llegaron a México a finales del siglo XVI aprovecharon la costumbre para inculcarles el espíritu evangélico a los indígenas y le dieron a su celebración un sentido cristiano, lo que serviría como una preparación para recibir a Jesús el día de Navidad.

Con este propósito, fray Diego de Soria, un misionero agustino, obtuvo permiso del Papa Sixto V en 1585 para celebrar nueve misas antes de navidad, conocidas como las “misas de aguinaldo”, del 16 al 24 de diciembre. Durante estas celebraciones eucarísticas, se leían pasajes y escenas de la navidad. Para hacerlas más atractivas y amenas, se les agregaron luces de bengala, cohetes y villancicos, y posteriormente la piñata en forma de estrella. Los asistentes también recibían un pequeño regalo conocido como “aguinaldo”, de ahí la prestación que se da en México a los trabajadores durante las fiestas navideñas.

Con el tiempo, las posadas se comenzaron a celebrar en vecindarios y en casas para llevarlas a un entorno familiar. La celebración ha ido cambiando poco a poco y se le han ido agregando elementos que en ocasiones dependen de la región.

Más que una simple tradición, las posadas son un medio para preparar con alegría y oración nuestro corazón para la venida de Jesucristo, y para recordar lo que vivieron durante su peregrinaje José y María.