Esperanado alegremente: Que en el Adviento tu espera sea intencional

Aaron Lambert

Durante los últimos años, se ha dicho que aproximadamente el 60 por ciento de los lectores de noticias solo leen los titulares. Eso significa que por cada cuatro de ustedes que lean esto, otros seis solo vieron el titular de arriba, ya sea fuera en su correo electrónico o en las redes sociales, pero en realidad no hicieron clic en el artículo para leerlo.

En cierto modo, esta simple estadística refleja el estado de la sociedad actual y cómo a ninguno de nosotros nos gusta esperar, por nada. Ya sea que estemos sentados en un semáforo, esperando en la fila de un restaurante o sufriendo durante los comerciales esperando que nuestro show de televisión favorito regrese, muchos de nosotros tenemos la necesidad constante de estar haciendo algo mientras esperamos. No nos conformamos con solo esperar, con simplemente ser.

Los teléfonos inteligentes parecen ser la distracción predeterminada en estos días. En lugar de mirar hacia arriba y observar el mundo que nos rodea mientras esperamos, bajamos la mirada. En lugar de entablar una conversación con un compañero que también encuentra esperando, navegamos a través de publicaciones en Facebook e Instagram.

Entonces, durante este tiempo de Adviento, ¿qué mejor momento para recordarnos de qué se trata el acto de esperar?, y lo que es más importante, ¿cómo esperar bien?

Esperar pacientemente

Práctica y espiritualmente hablando, el Adviento es un tiempo de espera. A medida que entramos en el ajetreo de las vacaciones de navidad, comenzamos a contar con entusiasmo los días que faltan para la Navidad. Regularmente, esos días están llenos de compras, cocina y planificación, todo en preparación para la celebración inminente.

Existen dos formas en las que las personas generalmente abordan este periodo de preparación, la cual también podría llamarse un periodo de espera. Una es con emoción y con mucho afán.  Emoción por los familiares que vienen de otra ciudad, emoción por ver los rostros de los niños la mañana de Navidad y emoción por la temporada en general. La otra es con temor e inquietud, temor por todo lo que se tiene que cocinar, temor por recibir a los suegros y una sensación general de querer que la temporada termine incluso antes de que comience.

Espiritualmente, todos enfrentamos estos mismos sentimientos. Oramos constantemente, presentamos nuestras peticiones al Señor, esperando una respuesta de él. Algunas veces nos emocionamos al pensar lo que él tiene guardado para nosotros, otras no. Pero es ese periodo de espera de él, lo que en ocasiones puede ser lo más intenso.

San Agustín tiene algo que decirnos sobre este tiempo de espera.

“Si Dios parece ser lento en responder, es porque esta preparando un mejor regalo. Él no nos negará. Dios retiene aquello para lo que aún no estas listo. Él quiere que tengas vivo el deseo por sus mayores dones. Por lo tanto, reza siempre y no te desanimes”, escribió.

Hay dos lecciones que podemos aprender de Agustín. La primera es que esperar no es algo a lo que debemos temer. En esta era de gratificación instantánea, donde podemos responder correos electrónicos en nuestros teléfonos inteligentes y pedir cualquier envío literalmente a la puerta de nuestra casa en dos días, la espera se ha convertido en algo molesto e inconveniente. Lo que se ha perdido es que, en cierto sentido, esperar es una forma de sufrimiento. Y como cristianos, estamos llamados a unir nuestros sufrimientos a Cristo, no importa qué tan mínimo parezca ese sufrimiento. ¿Esperar en un semáforo? No saques tu teléfono, en cambio, disfruta del momento, pon música y agradece a Dios por otro día.

La segunda lección de San Agustín es que no tenemos el control, Dios lo tiene. ¿Por qué le enseñamos a nuestros hijos el concepto de la paciencia? Es porque a pesar de todos nuestros esfuerzos por eliminarla, sabemos que esperar es una parte inherente y necesaria de la vida. Como señala San Agustín, Dios no nos negará, tampoco nos defraudará. Quiere que deseemos sus dones, y a veces, para que el deseo se haga realidad es necesario esperar. Algunas veces, esperar puede ser difícil, pero al hacerlo, podemos apreciar mejor y regocijarnos en el cumplimiento de esos deseos.

Esperando esperanzados

La palabra “esperar” también es raíz de la palabra esperanza.

El mismo acto de esperar implica que algún tipo de recompensa o satisfacción se aproxima. Algunas veces sabes cuándo llegará lo que estamos esperando: el paquete que ordenamos de Amazon hace dos días, el lanzamiento de la próxima película de Star Wars o el nacimiento de un niño. Sin embargo, en otras ocasiones, nuestra esperanza está puesta en algo completamente desconocido: los resultados de un examen médico, una oferta de trabajo muy necesaria o el regreso de un ser querido que sirve en el extranjero.

La espera cotidiana y mundana que todos hacemos no siempre se realiza fácilmente, y a veces nos sentimos decepcionados o hasta destrozados. Sin embargo, como cristianos, estamos en espera de algo más grande de lo que podemos imaginarnos, y sabemos que esta espera no es en vano. El Adviento es un ferviente recordatorio de esto, ya que semana tras semana nos acercamos a la llegada de la Navidad, el nacimiento del Mesías, Jesucristo.

Pero de una manera aun más grande, esperamos la venida de Jesucristo. Nos encontramos con él cada semana en la Eucaristía durante la misa, pero todavía lo esperamos. Los apóstoles también lo esperaron después que ascendió al cielo. Caminaron junto con él, fueron enseñados por él y se reencontraron con él en el aposento alto después de la resurrección, haciendo que su esperanza a su regreso fuera mucho más palpable que la nuestra hoy en día.

En su sabiduría San Pablo escribió mucho sobre la esperanza y la espera del regreso de Cristo en sus cartas. En Romanos 8 escribe:

“Porque nuestra salvación está relacionada con la esperanza. En efecto, si esperamos algo que se ve, eso no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero si esperamos lo que no vemos, hemos de aguardar con paciencia” (Rom 8: 24-25).

Estas palabras son quizás aun mas pertinentes hoy que en su momento. El Adviento nos recuerda que nuestra esperanza está en Jesucristo, y que nuestra esperanza no es en vano.

No sirve de nada inquietarse y preocuparse mientras esperamos, ya sea en la fila de auto servicio de Chick-Fil-A o en un esquema más amplio de espera a nuestro salvador. La espera no debe ser vista como una pérdida de tiempo o algo innecesario, sino como una oportunidad para disfrutar el presente que Dios nos ha dado y aprovecharlo al máximo, tal como lo hacemos durante el Adviento.

Esperando alegremente

Es con un espíritu de paciencia y esperanza que entramos en el tiempo de Adviento. No obstante, mientras nos acercamos a la Navidad, hay otro espíritu que deberíamos proyectar, uno aún más importante que la esperanza y la paciencia.

El tercer domingo de Adviento es conocido como el domingo “Gaudete”, que literalmente significa “domingo de la alegría”. Está señalado en la liturgia por el color rosa, y se hizo para ser una celebración de la cercanía de la venida del Señor en Navidad la semana siguiente. En ese punto, la casa está preparada, las comidas están planificadas, los regalos están envueltos… ¿y ahora qué?

¡Ahora es el momento de estar alegres! La alegría es lo que nos lleva a través de toda la espera que hacemos durante el Adviento, y es lo que nos lleva a través de toda la espera que hacemos en nuestra vida. No importa lo difícil que sea la espera, todos tenemos algo grande que esperar en nuestro encuentro con Cristo.

En Juan 16, Jesús les habla a sus apóstoles sobre su inminente muerte y resurrección.

“También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se llenarán de alegría y nadie se las podrá quitar” (Jn. 16:22).

Conocemos el resto de la historia, y sabemos que nuestra espera no es en vano. Así que espera bien, espera intencionalmente, y no permitas que la espera se lleve tu alegría en este tiempo de Adviento.

 

Próximamente: Sé renovado esta cuaresma a través del ayuno

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Una cosa interesante sobre los tiempos litúrgicos de la Iglesia es que, a pesar de que suceden aproximadamente al mismo tiempo todos los años, todavía logran acercarse sigilosamente a nosotros.

La Cuaresma comenzó esta semana. No importa que la mayoría de nosotros probablemente en estos momentos no estemos completamente recuperados de la locura de la temporada navideña; es el momento de entrar en lo que posiblemente sea la temporada más importante del año litúrgico. Ah, y se supone que debemos orar bastante y ser extremadamente reverentes e intencionales en cómo nos acercamos a la Cuaresma. Teniendo en cuenta todas las otras cosas que suceden en nuestra vida, no es gran cosa, ¿verdad?

No te preocupes: no estás solo sintiéndote un poco abrumado ante esta idea. Pero vamos un paso más allá y agreguemos un poco de glaseado a ese pastel en forma de ayuno (fuera de broma). El ayuno es una práctica antigua que precede incluso al cristianismo y es común en casi todas las religiones del mundo. De hecho, el acto de ayunar se menciona más veces en la Biblia que el bautismo. En los últimos tiempos, se ha hablado mucho sobre los beneficios físicos del ayuno (pérdida de peso, un sistema inmunológico más fuerte, una regeneración celular más efectiva), pero es importante para nosotros recordar que el ayuno es, ante todo, una disciplina espiritual, una que está destinada a alterar el hilo que nos conecta con nuestro amoroso Creador.

Es cierto que las reglas para el ayuno durante la Cuaresma se han aflojado a lo largo de los siglos. No es una exageración decir que, en el tiempo de los apóstoles, el ayuno era algo difícil para los discípulos de Jesucristo. En aquel entonces, ayunar durante la Cuaresma significaba practicar el ayuno durante los 40 días previos a la fiesta de Pascua. Si bien muchos de nosotros podemos temblar ante la idea de no comer nada de sustento verdadero durante más de cinco semanas, hay algo que decir con el espíritu de negarnos a nosotros mismos nuestros placeres habituales durante la temporada de Cuaresma como una forma de acercarnos al que puede proporcionar un verdadero alimento y satisfacción.

El acto de ayunar puede ayudar a fomentar en nosotros tres características que, en última instancia, hacen de la Cuaresma no solo una temporada penitencial, sino también una de renovación.

Ascetismo

La palabra “ascetismo” proviene del griego askesis, que significa práctica, ejercicio corporal y, sobre todo, entrenamiento deportivo. Esencialmente, es el acto de autodisciplina rigurosa y evitar la indulgencia excesiva, con el objetivo de inculcar en uno mismo un sentido de autocontrol y virtud. En su forma más básica, el ayuno es un tipo de ascetismo; negándonos voluntariamente las comodidades cotidianas de la vida en un esfuerzo por unir nuestros espíritus más estrechamente con los de Cristo.

Por supuesto, la práctica del ascetismo es contracultural en casi todos los sentidos. Vivimos en un mundo donde nuestras necesidades y deseos se satisfacen a pedido, y abstenerse voluntariamente de uno de estos parece una propuesta absurda para el desconocido. Pero es interesante, traer de vuelta la raíz griega de esta palabra, pensar en cómo los mejores atletas del mundo implementan esta práctica. Piensa en el intenso entrenamiento, las estrictas restricciones dietéticas y las largas horas de trabajo que realizan para ser lo mejor en lo que hacen. Sí, es probable que a veces sea insoportablemente difícil, pero en el fondo saben que su incomodidad tiene un propósito.

La sociedad nos dice que el sufrimiento y la incomodidad son cosas malas que deben evitarse a toda costa. Pero nosotros, como cristianos, miramos el ejemplo de nuestro Señor, quien voluntariamente fue llevado a su muerte en el Calvario, asumió un sufrimiento indescriptible y se hizo sentir como menos que un hombre. A través de su sufrimiento, la humanidad fue redimida, y debido a su victoria, nosotros también podemos encontrar la redención y la renovación en nuestras propias pruebas. Al practicar el ascetismo durante la Cuaresma y abandonar esas cosas en las que encontramos consuelo (azúcar, Netflix, tecnología o cualquier otro vicio), no solo nos recuerdan el sacrificio que Cristo hizo por nosotros, sino que estamos fortaleciendo los músculos de la fuerza de voluntad y la virtud que llévanos más cerca del Señor y, en última instancia, la verdadera alegría y la paz.

Humildad

“La humildad es para las diversas virtudes lo que la cadena es en un rosario. Quite la cadena y las cuentas se dispersan; elimina la humildad y todas las virtudes se desvanecen”.

San Juan Vianney ha sido citado diciendo esto, y es una ilustración simple pero efectiva de cómo toda la virtud fluye de la humildad. Para usar una metáfora, si el ascetismo es lo que es, por ejemplo, aprender un nuevo instrumento, entonces la humildad es la notable mejora y dominio de ese instrumento a lo largo del tiempo.

Al observar la Cuaresma rápidamente, nos sentimos humildes bastante rápido. Nada nos hace reflexionar sobre nuestra propia mortalidad y quebrantamiento como el gruñido bajo de un estómago hambriento. Y, sin embargo, al ofrecer este diminuto sufrimiento durante la Cuaresma y permitir que el Señor lo tome, se hace evidente cuánto confiamos en él no solo para proporcionar las diversas disposiciones de nuestra vida, sino también para dar sentido a nuestros diversos sufrimientos. La humanidad, a pesar de todas sus maravillas y brillantez, no puede sostenerse sin las provisiones de Dios.

Desde un punto de vista más práctico, tampoco hay daño en el ayuno de los alimentos y la tecnología para recordarnos los diferentes ámbitos de la vida de las personas. Es fácil dar por hecho todas las comodidades de nuestras vidas acogedoras, pero la Cuaresma presenta especialmente una gran oportunidad para recordar a las personas que viven en países del tercer mundo o incluso en la misma calle. En lugar de comprar dos “Big Macs” para el almuerzo, ¿por qué no darle uno a la mujer que sostiene un cartel en esa intersección?

Al mantener una disposición de humildad, aprovechamos el núcleo mismo de lo que significa hacerse a imagen y semejanza de Dios.

Libertad

Entonces, a través del ayuno, te has comprometido a una práctica de ascetismo para la Cuaresma, estás cosechando los beneficios de ser humilde y te sientes bastante bien contigo mismo. ¿Ahora qué?

En definitiva, existe una profunda libertad que proviene del ayuno. El padre Richard Simon de Relevant Radio dijo en un episodio de su programa en mayo del 2019:

“El ayuno es un ejercicio de libertad. El propósito de esto es entrenar tu voluntad para hacer la voluntad de Dios. Para entrenar tu voluntad de obedecer al Señor. La libertad es el requisito absoluto para la vida cristiana. La mayoría de la gente piensa que la libertad yace en obtener lo que quieren, pero no entienden que no quieren lo que dicen que quieren, son sus pasiones las que los controlan.

“Son sus deseos, su hambre, sus preferencias lo que quieren, lo que quieren cuando lo quieren”, continuó. “El ‘yo’ no es libre. El ‘yo’ está sujeto a este tipo de bombardeo de la naturaleza humana debilitada, pero el ayuno se trata de la libertad”.

La verdadera libertad, según la definición de Dios, no es la capacidad de decir “sí” a sus propios deseos cuando lo desee, es la disciplina de decir sí a los deseos del Señor para ti. Por lo tanto, a medida que avanzamos en la temporada de Cuaresma y nos preparamos para la celebración de la Pascua, ayunamos en memoria de la imagen perfecta de la verdadera libertad: Cristo crucificado en la cruz.

Una de las lecciones del tiempo de Cuaresma es que nosotros también somos capaces de lograr esta libertad. Al fortalecer nuestra voluntad a través de la práctica del ayuno, podemos crecer en humildad, de donde fluye toda la otra virtud. En nuestra humildad, encontramos la libertad de hacer la voluntad del Señor para nuestras vidas. Y en esa libertad, esperando con los brazos abiertos, está la dulce renovación que nuestras almas anhelan: renovación en el amor de Cristo que se niega a sí mismo, humilde y libremente dado.