El disfrute de las estaciones de la vida

Escritor Invitado

(Foto de Gilberto Parada)

Por: Brianna Heldt

Cuando las prácticas de natación llegan a su término y los niños guardan sus trajes de baño significa que el verano ha terminado.

Y es que cuando estás sentada cerca de la alberca, o relajándote en un parque es fácil creer que los cálidos días de verano durarán para siempre. Últimamente he estado reflexionando el concepto de las estaciones. También tenemos los tiempos litúrgicos (o estaciones, como se diría en inglés) de la Iglesia, que son esenciales para el florecimiento del alma. Y hay estaciones de crianza, de matrimonio, y de la vida en general. Invierno y primavera, verano y otoño, una estación que da paso a la próxima.

Estoy embarazada de nuestro décimo hijo (mi sexto hijo biológico, ya que también tenemos cuatro adoptivos) y tengo tres adolescentes. Esta etapa deliciosamente extraña de la maternidad me ha hecho reflexionar sobre la estación en la que me encuentro: bebés y teteros junto al drama de los adolescentes y el comienzo de la escuela preparatoria. El tiempo de irse a la cama temprano ha quedado muy lejos (¿por qué los adolescentes quieren irse a dormir tan tarde?). También ha quedado atrás el tiempo en que la pregunta más difícil que tenía que contestar era si un niño podía comer más galletas de animalitos con su vaso de leche. Aún me hacen esas adorables preguntas, pero ahora las valoro más porque también estoy lidiando con cosas más complicadas.

La cultura nos dice que se supone que la maternidad es una “estación” relativamente corta. La gente se sorprende al descubrir, por ejemplo, que mi hija, que está en preparatoria, tiene una hermana menor de dos años, o que mis hijos gemelos de 13 años están muy contentos de recibir a su hermano bebé a finales de noviembre. La noción de que un matrimonio pueda pasar por diferentes “estaciones” mientras continúan recibiendo niños -ya sea biológicos, adoptados, o de crianza- es bastante extraña en estos días.

Pero hay dones y alegrías que se encuentran al pasar por cada “estación” como familia. Hasta en las estaciones más difíciles -independientemente de cómo sea para cada individuo- sabemos que Jesús quiere nuestro “sí” todos los días. Ese “sí” parecía diferente cuando yo a los 22 años estaba dando a luz a nuestra hija mayor o cuando tenía 24 y volaba de regreso a casa con nuestros gemelos recién adoptados, y en los años en que sufrimos nuestros tres abortos espontáneos. Y se ve diferente ahora, a mi “avanzada edad materna” de 37 años.

No hay garantías de que cada nueva estación será como se espera. Cada etapa tiene sus propios desafíos y tristezas. Y Dios será fiel al usarlas para nuestra santificación, si así lo permitimos.

En lugar de ver una “estación” y preocuparse o afligirse por un nuevo año escolar, un trabajo, o una nueva etapa de crianza debemos avanzar con esperanza y con fe. Dios nos da “estaciones” para nuestro propio bien, para que aprendamos, cambiemos, y crezcamos. Algunas serán más difíciles que otras, y algunas parecerán más un desierto, pero así es en algunas estaciones. Nos estiran. Nos exigen cambio. Y nos traen una nueva vida.

Ha llegado el otoño. Hoy tengo a mis hijos en tres diferentes escuelas – cuatro, si cuentas a los que reciben educación en casa. También están los deportes, las actividades de la parroquia, y ¡el nuevo bebé que llegará en noviembre! Estamos en una estación de rápido movimiento, que no tardará en desacelerarse. Es una estación marcada por todo, desde un plan de nacimiento, hasta el trabajar como escritora independiente, y ayudar a mi hija el comienzo de la escuela preparatoria.

Mi oración como madre es, sobre todo, permanecer arraigada en mi fe, con ojos lo suficientemente abiertos para ver la belleza, los dones, y las oportunidades de crecimiento que Dios me dará -en esta estación mixta, llena de amor y rápidamente fugaz.

Próximamente: Las posadas: más que una simple tradición

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Las posadas son una celebración dedicada a conmemorar la peregrinación que hicieron José y María de Nazaret a Belén en busca de un refugio seguro donde María pudiera dar a luz al niño Jesús. Al no encontrar alojamiento en Belén, José y María se vieron obligados a buscar refugio en un establo, donde nació el niño Dios. Actualmente, la celebración del peregrinaje comienza el 16 de diciembre y termina el 24 de diciembre con la llegada de Jesús.

Aunque algunos países latinoamericanos ya han acogido esta tradición, el origen de las posadas se remonta a los tiempos de la conquista de México, por lo que es una tradición que se ha dado a conocer principalmente en la cultura mexicana.

Durante estos nueve días, cada noche se lleva a cabo una representación de José y María montados en un burro y buscando un refugio. Tanto adultos como niños participan en la procesión, la cual comienza con la visita a hogares seleccionados donde un grupo que representa a los peregrinos piden “posada” o alojamiento. En cada parada de la procesión se leen pasajes de las Escrituras y se cantan las letanías para pedir posada.

Tradicionalmente, los anfitriones de estos hogares niegan el alojamiento a los peregrinos hasta que el grupo llega a la casa designada y puede ingresar. El rezo del rosario también se incorpora durante la procesión. Posteriormente, se ofrece comida a los asistentes, los niños rompen piñatas y reciben un “bolo” que consiste en una bolsita con caramelos. Las piñatas generalmente están hechas en forma de una estrella, que simboliza a la estrella que guio a los tres Reyes Magos hasta el pesebre donde se encontraba el niño Dios.

La tradición continúa cada noche en una casa diferente. La última noche, la víspera de Navidad, generalmente se celebra una misa de media noche (Misa de Gallo) en la que se celebra la llegada del niño Jesús.

Esta práctica ha cobrado varias formas a través de los tiempos. En muchos lugares ahora se acostumbra pedir posada en una sola casa, por lo que no hay una procesión. Por esta razón el rezo del rosario también se realiza antes o después de pedir posada.

El origen de esta celebración única se remonta a los tiempos de la conquista en México. Antes de la llegada de los españoles, los aztecas celebraban durante el mes de diciembre la llegada de “Huitzilopochtli” que consideraban el dios de la guerra. Las fiestas comenzaban el día 6 y duraban 20 días. El día 24 por la noche y durante el transcurso del día 25, había festejos en todas las casas en los cuales se ofrecía comida a los invitados y unas estatuas pequeñas de pasta llamada “tzoalt”.

Los misioneros que llegaron a México a finales del siglo XVI aprovecharon la costumbre para inculcarles el espíritu evangélico a los indígenas y le dieron a su celebración un sentido cristiano, lo que serviría como una preparación para recibir a Jesús el día de Navidad.

Con este propósito, fray Diego de Soria, un misionero agustino, obtuvo permiso del Papa Sixto V en 1585 para celebrar nueve misas antes de navidad, conocidas como las “misas de aguinaldo”, del 16 al 24 de diciembre. Durante estas celebraciones eucarísticas, se leían pasajes y escenas de la navidad. Para hacerlas más atractivas y amenas, se les agregaron luces de bengala, cohetes y villancicos, y posteriormente la piñata en forma de estrella. Los asistentes también recibían un pequeño regalo conocido como “aguinaldo”, de ahí la prestación que se da en México a los trabajadores durante las fiestas navideñas.

Con el tiempo, las posadas se comenzaron a celebrar en vecindarios y en casas para llevarlas a un entorno familiar. La celebración ha ido cambiando poco a poco y se le han ido agregando elementos que en ocasiones dependen de la región.

Más que una simple tradición, las posadas son un medio para preparar con alegría y oración nuestro corazón para la venida de Jesucristo, y para recordar lo que vivieron durante su peregrinaje José y María.