Cómo hacer una cruz de una hoja de palma

Aaron Lambert

Aprende a hacer una cruz con la hoja de palma que recibirás en la misa del Domingo de Ramos, usando las instrucciones paso a paso que se encuentran a continuación. Y por favor, ¡no uses esto como excusa para no prestar atención durante la misa!

Comencemos.

1. Dobla el extremo puntiagudo de la palma hacia atrás 3/4 hacia abajo.

2. Coloca la palma en una superficie plana verticalmente con el extremo puntiagudo en la parte inferior, dobla el extremo puntiagudo hacia la derecha en ángulo recto.


3. Coloca la palma de la mano en una superficie plana verticalmente con el extremo puntiagudo en la parte superior, dobla el extremo puntiagudo hacia abajo del lado opuesto a tu cuerpo, dejando un par de centímetros de espacio para formar el primer brazo de la cruz.


4. Coloca la palma de la mano en una superficie plana con el extremo puntiagudo en la parte inferior, dobla el extremo puntiagudo hacia arriba y deja unos centímetros para formar el otro brazo de la cruz, haciéndolo del mismo tamaño en longitud con el otro brazo.


5. Doble el extremo puntiagudo de la palma hacia atrás y en diagonal para prepararlo para enredarlo alrededor la cruz para asegurarlo.


6. Gira la cruz hacia el frente y doble el extremo puntiagudo de la cruz en diagonal y con firmeza sobre la parte frontal de la cruz.


7. Dobla el extremo puntiagudo hacia atrás diagonalmente.


8. Tira del extremo puntiagudo hacia los lados, recto hacia atrás, y luego en el frente de nuevo en diagonal para que se forme una “X”.


9. En la parte posterior, dobla el extremo restante de la palma hacia arriba y colócalo detrás de la línea lateral, formando un lazo, y tira de él con fuerza.


10. Continúa enrollando hasta que esté corto y limpio (use cinta adhesiva si es necesario).

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay