Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Carmen Elena Villa

El día de los muertos, una tradición mexicana que toma la fiesta católica de los fieles difuntos (2 de noviembre) y la mezcla con las culturas étnicas mexica, maya, purépecha y totonaca, las cuales incluían en sus propios calendarios uno o varios días en el año para honrar a sus ancestros que habían partido a la otra vida. Una celebración que surge como resultado del encuentro entre dos mundos.

Así los mexicanos arman altares con manteles coloridos, adornados flores y en los que están presentes las fotos de los que ya no están, las calaveras para recordar que la muerte es nuestro destino inevitable y el pan dulce, que agregaron los españoles a esta tradición y que representa la Eucaristía.

Disney – Pixar quiso tomar en cuenta la celebración del Día de los Muertos, muy presente también en Estados Unidos, especialmente en las zonas (como Colorado) en las que se concentran grandes grupos de inmigrantes mexicanos, para crear una película que, en medio de un argumento entretenido, rindiera un homenaje a la memoria de quienes han partido.

Su protagonista, el pequeño Miguel, se vale de este día para buscar quién es y de dónde viene. A pesar de pertenecer a una familia en la que tradicionalmente todos son zapateros (y pareciera que nacen destinados exclusivamente a este oficio), Miguel se da cuenta de que tiene una vena musical muy fuerte y quisiera, desde el fondo de su corazón, dedicarse a ello.

Por esto busca inscribirse para participar en un concurso de música que se da en su pueblo con ocasión del Día de los Muertos. Sin embargo, descubre en los miembros de su familia una fuerte (y exagerada) oposición a que él desarrolle ese talento innato.

Pero Miguel no descansa y emprende un viaje al mundo de los muertos, en el que se encontrará con nuevos amigos (como Héctor, quien se rehúsa a caer en el olvido en la tierra de los vivos) y con grandes sorpresas sobre su historia familiar y sobre su pasado, que darán un giro a su vida y a la de quienes le rodean (tanto en la tierra de los vivos como en la de los muertos).

Esta película de animación, además de destacar y dar a conocer al mundo una fuerte tradición mexicana, destaca otros valores como la unidad familiar, la sabiduría de los ancianos y el cuidado necesario que se debe tener con ellos. También te recuerda cómo puedes, aún en estado de aparente coma, tener experiencias que te hagan vivir de nuevo y perdonar aquellos momentos del pasado que nunca terminaste de entender y que a lo mejor te tienen atado a este mundo con amarguras y resentimientos.

No es una película religiosa y la concepción del más allá dista mucho del cielo, donde reposan las almas que en vida actuaron conforme al plan de Dios o que lograron arrepentirse antes de morir, de aquellos pecados que los pudiesen haber privado de la vida eterna. En el cielo todas las almas viven para siempre en unión plena con Dios más allá de si son o no recordados en la tierra.

Aun así, Coco es una película para hacer memoria de los que ya no están, para enorgullecernos de nuestras raíces y para descubrir que parte de quienes somos, es fruto de nuestra historia y de la de nuestros ancestros.

Próximamente: ¿Cómo puedo perdonar a alguien que me ha hecho daño a mí o a un ser querido?

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Todos sufrimos, de vez en cuando, situaciones de injusticia, humillaciones, rechazos, ofensas, maltratos, abusos y agresiones, que nos provocan reacciones de resentimiento que llegan hasta el odio y deseos de venganza. A veces las sufrimos, pero a veces somos nosotros los que las infringimos. En ocasiones necesitamos perdonar y frecuentemente necesitamos ser perdonados.

El perdón nace de uno, de una decisión que toma uno, algo interno que uno elige. Pero perdonar no es automático y no es cuestión de solo querer hacerlo, muchas personas querrían perdonar pero no pueden hacerlo, como muchos también querrían ser ricos y no solo por desearlo ya lo lograron. Así el perdón: no basta con desearlo, hay que trabajar para ello. Primero que nada se deben cultivar virtudes en la vida como: el amor, la comprensión, la generosidad, la humildad, la misericordia, el abrirse a la gracia de Dios, por mencionar algunas. Por lo tanto, el poder perdonar es consecuencia no solo de un deseo sino de una vida virtuosa como lo requiere nuestra fe Católica.

Jesús nos dice que debemos perdonar hasta setenta veces siete, que es decir prácticamente siempre:

“Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mt 18:21-22).

El perdón se ha convertido en nuestra sociedad en señal de debilidad y cobardía, pero la verdad es que sólo es capaz de perdonar quien tiene grandeza de corazón, y el mejor ejemplo lo encontramos en Jesús; el perdón es esencial para cristianismo y para el verdadero amor. Es necesario perdonar a los demás, para poder ser completamente libre. Si no somos capaces de perdonar seguiremos viviendo aferrados al pasado; vamos arrastrando resentimientos que nos oprimen el corazón sin ser capaces de amar porque alguien nos engañó, sin ser capaces de confiar porque alguien nos traicionó, sin ser capaces de aceptar a los demás porque alguien nos rechazó; en definitiva, sin permitirnos crecer ni ser felices, sin tener paz en el corazón ni alegría en el espíritu, sin tener luz ni disfrutar de la vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. Superar las ofensas es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida.

Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un gran alivio. Significa optar por la vida y ponerse en el camino de la salvación:

“Porque si ustedes  perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres sus ofensas, tampoco su Padre los perdonará a ustedes ofensas” (Mt 6:14-15).

 

Image by Daniel Reche from Pixabay